Las ramificaciones del terror en el sur tucumano.

*Por Ana Jemio

El Operativo Independencia, lanzado en febrero de 1975, constituyó el inicio del genocidio en la provincia de Tucumán. A partir del testimonio de un lugareño secuestrado, Ana Jemio analiza la función estratégica del campamento militar de Tres Almacenes y explora las capilaridades del entramado represivo que buscó disciplinar, perseguir y ejercer el control de los cuerpos hacia afuera de los Centros Clandestinos de Detención.

Foto: Fondo documental Tucumán Arde. Archivo Nacional de la Memoria

Yo lo que me acuerdo es que me han sacado para el monte (…) Estábamos durmiendo. Han venido, han entrado con el jeep hasta ahí [señala] y golpeaban la puerta de allá. Después, los otros han venido por acá, encañonándonos. Tres jeeps eran (…) Vienen aquí, primero me sacan a mí para allá, para el monte. Me ponía uno de aquí la carabina; de allá también otro, aquí una pistola; y el otro con un cuchillo, un machete. Que les diga la verdad, si yo estaba metido con los extremistas. Y yo les decía que no. Y ellos decían “sí, vos estás metido aquí con los extremistas” (…) Y a mí me han pegado ese día, me han pegado en la cabeza, pero no me han lastimado, me han golpeado. Y bueno, yo he perdido el conocimiento, después como a las… qué sé yo a qué hora he vuelto, como a las 6 de la mañana más o menos (…) Ahí me tenían a mí, pero no me han llevado preso para la policía, no. Aquí nomás (Nino –pseudónimo–, entrevista GIGET, marzo de 2006).

Así cuenta Nino su secuestro, ocurrido durante 1975 en Tres Almacenes, un paraje con unas pocas casas que queda al sur de la provincia de Tucumán, en el departamento de Famaillá.

También cuenta que no lo llevaron preso a la policía. En verdad, hubiese sido extraño que eso sucediera: desde que se lanzó el Operativo Independencia en Tucumán en febrero de 1975, la represión estatal cambió su modus operandi. Los presos e incluso los asesinados menguaron y el centro de la actividad represiva se concentró en el secuestro y trasladado de personas a Centros Clandestinos de Detención. Solo una pequeña parte de ellos eran llevados luego a cárceles legales donde figuraban como presos legalizados. La mayor parte eran o bien ejecutados clandestinamente y sus cuerpos desaparecidos, o bien liberados sin más luego de haber atravesado torturas e interrogatorios.

Ni a la policía, ni a ninguno de los 3 Centros Clandestinos de Detención que quedaban cerca, muy cerca de su casa fue llevado Nino. Lo tuvieron “aquí nomás”, dice, y señala un montón de árboles, un pedazo de verde que podría ser cualquier otra parte del piedemonte tucumano. Ese dedo que señala, ese relato, y un recorte de una revista del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) son los únicos rastros que encontré hasta ahora del campamento militar que montó el Ejército en Tres Almacenes, ese paraje en el que siguen viviendo hoy Nino y su esposa, Valle.

Recién hace unos 10 años, cuenta Valle, pusieron luz eléctrica para las pocas casas que hay a la orilla de esa calle de tierra de Tres Almacenes. Al final de la calle se instalaron los militares en 1975:

Estaban desparramados, así andaban (…) Ahí comían, dormían, hacían mate en jarro, todo en el camión (Valle –pseudónimo–, entrevista GIGET, marzo de 2006).

En Estrella Roja, el ERP explicaba que el Ejército había instalado ese campamento para custodiar el camino que unía la base militar principal de la zona, ubicada dentro de la propiedad privada del Ingenio Fronterita, con la base secundaria ubicada dentro de otra propiedad privada: la de la Citrícola San Miguel, en la finca Montegrande.

Esa lectura desentrañaba una estrategia militar que, en efecto, existía. Pero junto con ella, existía otra estrategia de más largo aliento. De un modo alegórico, se puede decir que esta otra estrategia buscaba destruir un camino, aquel que unía a los trabajadores el Ingenio Fronterita con los de la Citrícola San Miguel. El intento de destrucción de ese camino se hizo a través del terror.

Datología
Qué: Artículo colaboración Regista Haroldo Conti: “Las ramificaciones del terror en el sur tucumano”.
*Quién: Ana Jemio, periodista.

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