Estallido social en el Chile neoliberal II: Represión, agenda social y la presión social que no cesa.

* Por Mario Garcés. 

La presión social sigue activa en Chile, cuando ya se cumplen 14 días del estallido social, que se inició el 18 de octubre pasado. La situación fue evolucionando vertiginosamente, tanto desde el punto de vista del gobierno como desde el pueblo movilizado hasta culminar en “la mayor marcha de Chile” el viernes 26 de octubre con 1,2 millones de personas, según cifras oficiales, en torno a la Plaza Italia, en el centro de Santiago. Con posterioridad a este suceso, con nuevas formas –cabildos, asambleas y marchas- la presión social no cede.

Los medios de comunicación, en todos estos días de agitación y movilización han invisibilizado la protesta en los barrios populares de Santiago. Sesgaron la información y concentraron sus miradas en las clases medias que se manifestaban “pacíficamente” mientras que del pueblo destacaron los saqueos y “la violencia”, es decir lo que, a juicio de los medios, no se debe hacer y que solo merece ser condenado.

Los grandes medios, especialmente la televisión, en manos de grandes empresas, han actuado como aliados del gobierno y del discurso oficial, haciéndose parte de una definición política, que no cuestiona el orden sistémico pre establecido, sino que favorece solo algunas reformas. La movilización popular, en este sentido, ha circulado por las redes sociales que han jugado un papel relevante en esta crisis. Sin embargo, las redes que juegan un rol en la agitación, el testimonio directo de algunos protagonistas, las denuncias de violación a los DDHH, la noticia de último minuto, no tienen la capacidad de los grandes medios de producir análisis del conjunto o de las totalidades discursivas que acompañan a los acontecimientos. Este papel lo cumplen parcialmente algunos medios alternativos (radios, populares, sitios web) así como algunos intelectuales que producen columnas de opinión.

Las disputas interpretativas cobran, sin lugar a dudas, mucha importancia, habida cuenta del carácter interesado, maniqueo, manipulador, si no alienante de los grandes medios de comunicación. Tal vez, entre los muchos campos en disputa, uno de los más relevantes sea el papel que han jugado y están jugando los sectores populares en la actual crisis, o el “pueblo” que ha retornado al espacio público como “categoría política”, luego de largos años de silencio. Al negar o manipular los medios de comunicación el protagonismo popular, lo excluyen de la deliberación y las definiciones políticas que hoy están en juego en la sociedad chilena. Por esta vía, los medios realizan una operación de salvataje de la clase política y de las instituciones del Estado, agudamente desprestigiadas y deslegitimadas en los últimos años

Toda esta larga introducción para decir algo, tal vez de perogrullo, la protesta social que se desencadenó en Chile a partir del 18 de octubre ha sido un fenómeno masivo, de grandes proporciones que tomó diversas formas en la mayor parte de los barrios de Santiago y también en las regiones. El pueblo “caceroleó”, salió a sus calles y avenidas, se reunió en sus plazas, reactivó sus tradiciones comunitarias, organizó actividades para los niños, revivió “Ollas Populares”, almuerzos colectivos, actos culturales, así como sus propias comunicaciones vía WhatsApp del vecindario o “poblacionales”. La memoria de la lucha en contra de la dictadura afloró, irrumpió y reanimó el encuentro con los vecinos y los sentidos colectivos y comunitarios, visiblemente debilitados en la prolongada y nunca acabada transición a la democracia.

Es verdad que, al mismo tiempo que se generaba y masificada este fenómeno popular en los barrios y “poblaciones” chilenas, tanto en Santiago como en las provincias, la movilización sostenida, especialmente por los jóvenes, que se concentraban en el centro de la ciudad o hacia las plazas de las comunas actuaban como un conjunto de “bengalas” que iluminaban y estimulaban a mantener viva la protesta.

Los jóvenes, sin embargo, no constituyen un actor homogéneo. Se pueden reconocer “corrientes entre ellos”, desde los grupos anarquistas (y, en particular nuestros “capuchas” o encapuchados) hasta los animan a los nuevos movimientos sociales (mapuche, feminismo, ambientalistas) y los nuevos partidos del Frente Amplio, pasando por los que recién se incorporan a las luchas sociales y políticas. Unos sueñan con la “revolución”; otros imaginan una sociedad más justa basada en derechos sociales reconocidos y validados por el Estado; otros ven la posibilidad de sensibilizar a la sociedad sobre los nuevos temas y lenguajes que emergen de la sociedad civil (la crítica al patriarcado, al extractivismo, al racismo y la discriminación).
¿Cuál es el principal significado de esta enorme rebelión de los chilenos, que nadie pudo prever en su forma y en su magnitud?
Una línea interpretativa, relativamente consensual es que los chilenos se cansaron de las desigualdades y los abusos; otra, que corean los manifestantes en las marchas que refuerzan y enriquecen la línea anterior es la que indicó certeramente que “no fueron los 30 pesos, sino los 30 años”, es decir simbólicamente se culpó a la transición dirigida y organizada por la clase política, escindida del pueblo (La Concertación y la Derecha, ambas promotoras de la “democracia de los acuerdos” que quiere decir algo así como, solo podemos cambiar aquello que produce consenso entre la centroizquierda y la centroderecha). Pero, no solo eso, los manifestantes que desfilan por plazas y avenidas chilenas, gritan como barra brava “Despertó, despertó, Chile despertó”.

¿Cómo interpretar este sentir popular y ciudadano?
Se podría sostener que un ciclo de la historia social y política se cierra y que quienes busquen prolongarlo repitiendo las formas históricas de la transición a la democracia (leáse Concertación o Nueva Mayoría y Chile Vamos) lo harán como “farsa”1 o como “comedia” Pero, seguidamente habrá que afirmar que el horizonte de un cambio social hay que construirlo, ahora sí, democráticamente. ¿Esto significa el “derrumbe del modelo”? Difícil de prever, aunque hay indicios que el “modelo neoliberal” debe ser modificado (y más allá de un capitalismo más humano o de “humanizar el capitalismo” como sostuvieron algunos intelectuales socialistas “renovados” – o “renegados”- a mediados de los años noventa).

Mi hipótesis es que lo que está en juego en el Chile de hoy -en medio del estallido social- es la apertura de un proceso de “reactivación democrática” (tal vez sería necesaria una genuina “revolución democrática”, una posibilidad hasta cierto punto, inédita o negada más de una vez en la historia de la sociedad chilena). La ciudadanía y el pueblo, rechazan a la actual “clase política” y quieren ser escuchados y tomados en cuenta en la toma de decisiones en el Estado; quieren, de algún modo, tomar su destino en sus propias manos; quieren ser protagonistas de los cambios que se estiman necesarios de producir en el corto y en el mediano y largo plazo.

En este sentido, el horizonte más “revolucionario”, más político y más transformador de la actual coyuntura de movilización social es la posibilidad de avanzar hacia una Asamblea Constituyente. Esto significa cambiar la Constitución heredada de la dictadura a través del ejercicio de la soberanía popular para definir colectivamente el tipo de país que queremos construir y los procedimientos para un genuino ejercicio de la democracia. Por cierto, que no se puede afirmar que esto ocurrirá inevitablemente. Lo único que se puede afirmar que ello es parte de las disputas políticas del tiempo venidero y que alcanzar estas metas dependerá de los grados de animación, movilización, organización y unidad del propio pueblo.

La estrategia del gobierno: Represión y agenda social.
Muchos analistas coinciden en que la estrategia el gobierno ha sido correr detrás de los acontecimientos; otros dicen que el gobierno va dos o tres días atrasado. Si bien se puede admitir esta percepción, como veremos más en detalle, también hay que tener en cuenta que la estrategia del gobierno ha sido la más o menos clásica fórmula del “garrote y la zanahoria”, es decir, represión sostenida y apertura limitada hacia a los actores políticos tradicionales, para negociar, hacer algunas concesiones y atender muy parcialmente algunas de las demandas populares.
Hasta el lunes 21 Piñera apostó a la línea dura, estado de sitio, toque de queda, ninguna concesión práctica y su famosa “declaración de guerra” al vandalismo, la delincuencia y a la 1 Aludo a la famosa metáfora de Marx en El Dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa” supuesta “operación organizada y planificada” de los violentistas. La declaración de guerra fue en cierto modo la “guinda de la torta” de la estrategia represiva, ya que inevitablemente se entendió que estaba en guerra con los ciudadanos movilizados. Dicho de otro modo, Piñera le declaró la guerra al pueblo de Chile. Las reacciones no se hicieron esperar y la primera y más simbólica fue la del general a cargo de la Zona en Estado de Emergencia de Santiago, quien declaró a la mañana siguiente que él “era un hombre feliz y que no estaba en guerra con nadie”. Doble estupor de la ciudadanía: el jefe político del Estado, o sea el presidente de la República, les declaraba la guerra y el jefe militar lo desmentía o se desmarcaba de la “guerra de Piñera”.

Había que rectificar, de tal modo que, en la próxima aparición pública de Piñera, pidió disculpas, declaró que había escuchado a la ciudadanía y propuso una “agenda social”, que partía por congelar el alza en las tarifas del Metro, y además una serie de medidas, como reajuste a las pensiones de los jubilados, un ingreso mínimo de 350 mil pesos, estabilizar precios de las tarifas eléctricas, mejoras en la salud y en los precios de los medicamentos, aumentos de impuestos a las rentas más altas, bajar la dieta parlamentarias y de los altos cargos en la administración pública.
Acto seguido Piñera convocó a los jefes de los partidos políticos para reunirse con él en La Moneda y acordar un rápido trámite de algunas de sus medidas en el Parlamento. Sin embargo, la agenda social de Piñera no encontró gran acogida en los sectores populares y de la clase media movilizada, al menos por cuatro razones. La primera y tal vez la más poderosa, es la baja credibilidad del gobierno y del parlamento en la mayoría de la población; la segunda es que no se creó ningún mecanismo de consulta al propio pueblo y sus organizaciones sociales; la tercera, que las medidas más inmediatas no modifican de modo sustantivo los abusos tarifarios (que ya son muy altos y no basta con congelar las tarifas), los reajustes a las pensiones son muy poco significativos y otras de las medidas propuestas, suponen largo trámite parlamentario; la cuarta razón, un poco más técnica y política es que ninguna de las medidas propuestas afecta al modelo neoliberal y todos los mayores gastos correrán por cuenta del Estado, sin tocar a las empresas y al gran capital.

Durante toda la semana, el discurso del gobierno, del presidente y sus voceros, insistieron en el valor de la “agenda social” y más todavía, en que se estaría generando un nuevo “pacto social” en Chile. Hasta ahora este discurso no termina de convencer a los grupos movilizados, de tal modo, que el sábado 26 Piñera anunció que había solicitado la renuncia al conjunto de sus ministros.

Se tomó el presidente todo el fin de semana y recién el lunes 28 al mediodía presentó su nuevo gabinete, con algunos cambios en sus propios equipos de conducción política y económica. En la tarde del mismo día lunes, nuevas y masivas manifestaciones se desarrollaron en Santiago, que culminaron con un incendio en pleno centro de Santiago, cuando Carabineros bloqueo el paso de los manifestantes antes de que llegaran a las inmediaciones de la Moneda. Entonces, la vocera del nuevo gabinete, llamó a “condenar la  violencia” y pidió “tiempo” para poner en práctica la nueva agenda social del gobierno. La televisión se sumó en coro a condenar la violencia.
En el intertanto, el estado de emergencia se mantenía y el toque de queda en Santiago, siguió activo hasta ser levantado el día sábado 26. En rigor, durante la semana del 21 al 26 de octubre se fueron decretando estados de emergencia en diversas ciudades, de norte a sur del país, con toque de queda incluido. Es decir, mientras el gobierno difundía y defendía su “agenda social” paralelamente la represión se incrementaba y crecía el número de víctimas fatales, de heridos y detenidos, evidenciándose crueles y manifiestas violaciones a los Derechos Humanos. Por cierto, la represión tampoco favorece la escasa credibilidad del gobierno.

Graves violaciones a los Derechos Humanos
Para el domingo 27 el número de víctimas fatales alcanzaba a 19 personas, el lunes 28, según informó la prensa, el Instituto Nacional de Derechos Humanos (INHD), consignaba que, desde la noche del 17 de octubre, se habían registrado:
* 1.132 personas heridas, entre ellas 68 niños, niñas y adolescentes, lo que pudo establecer a través de la observación directa de los funcionarios del organismo en 50 hospitales a lo largo del país.

* De las personas heridas por disparos, 571 fueron por arma de fuego y 24 por balines. Además, hay 127 personas con lesiones oculares. En ese punto, cuatro personas tuvieron pérdida o estallido de su globo ocular.

* El INDH informó además, sobre la cantidad de querellas y recursos de amparo que han interpuesto: 101 acciones judiciales, dentro de las cuales 18 son querellas por torturas y tratos crueles con violencia sexual, mientras que 5 son querellas por homicidio.

* El informe menciona que hay 231 víctimas por violencia a manos de agentes del Estado. En tanto, el número de personas detenidas hasta este lunes se cifra en 3.243.

* Uno de los casos que destacó el INDH, es la denuncia de abuso sexual de un estudiante de Medicina en Pedro Aguirre Cerda. Esta persona “fue detenido por personal de Carabineros, quienes además de insultarle y golpearle reiteradamente por ser homosexual, le imputaron un delito de robo en lugar no habitado”.

El día 30 de octubre, en medio de este contexto de movilizaciones sociales y de violaciones masivas a los DDHH, Piñera anunció al mundo la decisión de suspender la reunión de la APEC y de la COP 25 en Santiago. Esta última, abordaría el cambio climático y el creciente deterioro ambiental en el nivel global. Algunos analistas han sostenido que Piñera necesita sacar a Chile de la atención mundial no solo por los fracasos visibles de las fórmulas neoliberales, en el que suponía “un país modelo y ejemplar” sino que por las dificultades que enfrentaría para justificar ante el mundo la violación de los DDHH.

Las graves violaciones a los Derechos Humanos se han ido revelando paulatinamente y cada día que pasa, sube el número de víctimas y detenidos (de hecho, el número de detenidos, que consigna el INDH; al viernes 31 de octubre ya supera las cuatro mil personas) y se empiezan a conocer casos de “represión selectiva” (personas que son detenidas en sus lugares de residencia). Es decir, muy probablemente, a la represión masiva, en el contexto de manifestaciones públicas, siga una fase selectiva, como ocurrió más de una vez en la larga dictadura de Pinochet. En realidad, aunque suene fuerte decirlo de este modo, el gobierno de Piñera no solo devolvió a la memoria de los chilenos la experiencia de la dictadura, sino que, de modo fáctico, nos retrotrajo a un tiempo de represiones que pensábamos superado. Pero, más todavía, algunos analistas admiten ciertas “innovaciones” en la represión que se asemejan a la de otros países como los disparos al cuerpo y al rostro de los manifestantes. Al día de hoy se han denunciado 140 casos de daños oculares.

Los sectores movilizados: La presión social no cesa.
El principal actor del estallido social de octubre ha sido el pueblo chileno. La afirmación, sostenible, por cierto, es un poco general por lo que resulta necesario distinguir actores, repertorios de acción, territorios, sectores sociales implicados, así como también fases que han ido marcando ciertas tonalidades de la movilización.
Al menos cuatro fases se pueden identificar con alguna claridad:
1. La de los estudiantes secundarios, del 14 al 18 de octubre, que llamaron a evadir el pago de boletos e ingresaron a las estaciones del Metro. La protesta en las estaciones del Metro se radicalizó la tarde del 17 con la destrucción de torniquetes y el 18 obligó al cierre de estaciones que desarticularon en pocas horas todo el sistema de transporte púbico de Santiago. Los actores fundamentales en esta etapa fueron los estudiantes.

2. La del estallido social, del viernes 18 a la noche hasta el lunes 21. En esta fase, se sucedieron la quema de estaciones del Metro, los saqueos a supermercados y farmacias y las marchas en distintas comunas de Santiago. Los actores y los repertorios de acción se multiplicaron. A los estudiantes se sumaron los sectores populares –especialmente jóvenes- y la policía fue superada por los manifestantes. El Metro suspendió sus operaciones y la quema de estaciones impactó profundamente en la ciudadanía, ya sea para lamentar los sucesos como para estimular nuevas movilizaciones, especialmente los saqueos a supermercados y farmacias. Los medios de comunicación y la sociedad, en un sentido más amplio, reconocieron que se había producido un estallido social que nadie podía prever. Saltaron todas las alarmas.

3. La de la expansión de la protesta a las provincias, prácticamente desde el domingo 20 hasta el 25 de octubre, con una intensidad creciente en Valparaíso y Concepción, pero que como un reguero de pólvora se fue instalando en la mayoría de las grandes ciudades chilenas. Paralelamente, en Santiago, declinaron los saqueos, con militares en las calles, pero se mantuvieron las manifestaciones en plazas (Plaza Italia y Plaza Ñuñoa especialmente), avenidas del barrio alto de la capital (donde residen las clases medias acomodadas) y un gran número de “poblaciones” y barrios populares de Santiago. Esta fase culminó con la convocatoria a la “la marcha más grande de Chile” que congregó –el viernes 25- en torno a la Plaza Italia, según cifras oficiales a 1,2 millones de personas. Muy probablemente la marcha congregó a un millón y medio o más de santiaguinos.

Diversos personeros de gobierno, incluido el presidente Piñera, buscaron apropiarse retóricamente de la marcha del viernes 25, valorando su carácter pacífico y transversal (“ni de izquierda ni de derecha” como afirmaron algunos), insistiendo que las autoridades y los políticos habían escuchado el mensaje de la ciudadanía.
4. Con posterioridad a la “marcha más grande de Chile” las movilizaciones han continuado, con diversa intensidad, tanto en Santiago como en las provincias. Los jóvenes siguen siendo el actor más permanentemente activo, pero durante la semana del 27 de octubre al viernes 1 de noviembre, los gremios de la salud, la educación, la administración pública han convocado y protagonizado sus propias marchas por el centro de Santiago. La CUT y la Central Clasista de los Trabadores también se movilizan, pero hay que admitir que con una tasa de sindicalización que en Chile no supera el 12% de la fuerza de trabajo, sus capacidades de acción son débiles, amén de las disputas partidarias que el sindicalismo no supera fácilmente.

La plaza Italia sigue siendo el lugar de encuentro y del inicio de marchas que buscan dirigirse hasta La Moneda, por la Avenida Alameda. De este modo, a pesar del inevitable desgaste que implica mantener vivas las movilizaciones por varios días, las iniciativas del gobierno por volver a “la normalidad”, la presión social no cesa ni cede; la ciudad funciona a media marcha, con el Metro parcialmente restituido y los supermercados y una variedad de negocios (cafés, restaurantes, etc.) atendiendo en horarios restringidos.

Pero, con todo, la mayor novedad de esta fase es que se comienzan a multiplicar las asambleas y “cabildos”, en algunos casos sectoriales, los trabajadores de la cultura, o la hinchada de Colo-Colo, pero más masivamente en distintos barrios populares y de clase media de Santiago y de las regiones. Se inicia de este modo un vasto proceso de deliberación social y político en que se comparten diagnósticos, se identifican demandas, se proponen cambios y se va afianzando la propuesta de una Asamblea Constituyente.

Las zonas oscuras o semi-oscuras del estallido social.
En todas las fases de la movilización, hay “zonas oscuras” o semi-oscuras. La más oscura es la participación de la propia policía en saqueos, barricadas e incendios atribuidos luego a los manifestantes “violentistas” (en las redes circulan mini videos en que se observa a Carabineros en este tipo de acciones). También se han generado dudas acerca de por qué Carabineros se replegó o abandonó ciertas zonas de conflicto (por ejemplo, la Estación del Metro de Maipú en la tarde de día 18 de octubre). ¿Fue superado realmente por los manifestantes? ¿O hay otras razones? Una hipótesis plausible, es que “se dejó hacer” para justificar el estado de emergencia y la “guerra” que pronto declararía Piñera.

Otra zona semi-oscura y poco trabajada, aunque fácil de imaginar es el papel que jugaron los “narcos” en el momento más álgido de los saqueos y ataques a locales comerciales. Todo indica que sus “soldados” –como llaman los narcos a sus jóvenes que realizan acciones operativas- se movilizaron activamente.
No obstante, estas zonas semi-oscuras, tampoco se puede afirmar que los saqueos fueron obra solo de los “violentistas”, la policía y el narco y menos todavía atribuirlos al “lumpen” y la anomía (dos conceptos a los que recurren muchos analistas evitando comprender las dinámicas populares). Los saqueos en varias etapas fueron una forma en que diversos grupos populares “le pasaron la cuenta” a la desigualdad, el creciente endeudamiento y la promoción del consumo estimulado por las lógicas neoliberales que recorren a la sociedad chilena.

También existen esas zonas de manipulación manifiesta como aquellas que han atribuido el estallido a fuerzas “venezolanas y cubanas”, altamente calificadas para realizar acciones de boicot y terrorismo, financiadas por Maduro (y el narcotráfico, agregan otros) que habrían ingresado al país para provocar la crisis. El diario La Tercera que se hizo eco de estas versiones, tuvo que desmentirlas prontamente. Esta es la versión más extrema, pero hay otras que matizan el mismo argumento, indicando, como la ha hecho el propio Piñera, que este estallido fue el producto de la acción previamente organizada y planificada de “fuerzas violentistas” que no se definen y que quedan al arbitrio de la imaginación de quienes le dan algún crédito. No faltan ciudadanos bien intencionados, que necesitan de alguna explicación rápida y fácil que les indique una “causa” material del estallido.

Un estallido social es un acto multifacético de alteración del orden preestablecido que congrega a diversos actores, con sus propias dinámicas, que se sabe de antemano que tiene principio y fin, y que en muchos casos representa una “oportunidad” para hacer justicia por vía práctica y que incluso se puede vivir como un momento de fiesta y de carnaval.

Definir un camino y un horizonte común.
Como indicamos en un artículo anterior2 el actual estallido social en Chile se verifica en medio de la mayor crisis política, en el sentido de la distancia de la política tradicional y la sociedad (su desprestigio y perdida de legitimidad como producto de su vaciamiento político e ideológico), y por otra parte, que la movilización social –que recrea la política dotándola de nuevos contenidos- se produce en ausencia de un convocante central, de orgánicas tradicionales o de coordinaciones territoriales. Esta inédita situación, coloca diversos desafíos para todos los actores implicados en el conflicto.

En este contexto, para los sectores movilizados, uno de sus principales desafíos ha sido alcanzar mayores niveles de coordinación y unidad, pero también concordar el camino y el destino de la movilización. Este problema que, en otras etapas de la historia, definían los partidos políticos, especialmente de la izquierda, esta vez se ha ido concordando y clarificando por “vía práctica”, ya sea reconociendo el efecto de las propias acciones, así como por el desarrollo de diversas formas de asociación y de conversaciones, intercambios y debates por la base y la emergencia de coordinaciones de los gremios y movimientos sociales (los profesores, la ANEF, la CUT, No + AFP, 8 M, y otros). En términos generales, se podría sostener, que se han ido constituyendo tres acuerdos fundamentales:
1. La presión y la movilización social se debe sostener: “Sin movilización no hay cambios”.
2. El movimiento se debe fortalecer desde las bases, a través de encuentros, asambleas o cabildos. Distintas denominaciones para un conjunto de propósitos comunes: comprender el momento histórico que vivimos; articular las demandas; definir un horizonte político compartido.
3. La necesidad de una Asamblea Constituyente. Este es el horizonte mayor de cambios, que es por cierto resistido por la derecha y sectores de centro- izquierda, amén de que no es fácil de concretar. La mayor novedad, en los últimos días es que se ha propuesto la necesidad de convocar a un Plebiscito que invite a la ciudadanía a pronunciarse sobre la necesidad de una nueva Constitución como salida a la actual crisis social y política. La ventaja de esta propuesta es que apela a un mecanismo democrático para que sea el conjunto de la sociedad la que se pronuncie. Tiene que vencer escollos, el más importante es que se requiere reformar la Constitución y una ley que habilite la medida.

Datología

Qué: Artículo “Estallido social en el Chile neoliberal II: Represión, agenda social y la presión social que no cesa”.

* Quién: Mario Garcés, Historiador, director de ECO, Educación y Comunicaciones Miembro del Comité Editorial de LOM Ediciones.

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