De paseo a la Viña Santa Rita.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

Hace un tiempo atrás, tuvimos la agradable visita, mi sisterna Manucita y yo, de una querida amiga mexicana y el asunto es que queríamos sacarla a pasear, ya que a ella le gusta mucho Chile y sus alrededores, aunque solo conozca Santiago, Valparaíso y Viña (jajaja). Entonces justamente para salirnos de las rutas ya recontra recorridas, pensábamos en un lugar donde pudiéramos hacer lo que más nos gusta, conversar, comer, beber y ahí cada quien, ve a quién amar.

Aventurándonos a la aventura pero con el detalle de no contar con vehículo, decidimos que iríamos a donde se nos diera nuestra regalada gana. En el ansía aventurera, ocurriosenos la ruta vinitícola. Entonces surgió la 5º región y sus viñas, pero como andábamos en son vacaciones, la  idea sola de pronunciar aquella horrenda, asquerosa, maquiavélica palabra de “levantarse temprano”, desechamos Casablanca.

Entonces me pregunté ¿habrá viñas en las afueras de Santiasco? Como nadie me respondió, ni siquiera mi voz interna, haciendo uso de la tecnología le pregunté al sabiondo, amigo de la C.I.A. – Google, quien respondió raudo:

– No seas pendeja mija, obvio que hay viñas en la Región Metropolitana. Ahí te voy con algunas: Cousiño Macul, La Concha de la lora del Toro y la viña Santa Rita”.

E investigando en cada una de ellas ¿dónde quedaban?, horarios ¿qué precios tour?, precio entrada, hicimos “de tin marin, de do pingüe, cucara maca, de títere fue” y la ganadora resultó ser Viña Santa Rita, ubicada en Camino Padre Hurtado #0695, Alto Jahuel, Buin, Región Metropolitana.

De viñas.
Hay que decir eso sí que los “tour viñas”, están hechos para personas que gustan de gastar dinero a lo loco. Recuerdo años atrás, junto a mi sisterna Manucita, aprendimos sobre las “catas” no de aves sino que de vinos, de la mano de nuestro hermanito Antonito. Él, que es todo fifí, diez estrellas, que distingue Carmenere de Cabernet Souvignon y qué decir Chardonay de Souvignon Blanc, quería ilustrarnos en esas materias porque decía que era inconcebible que siendo oriundas de la tierra de las parras, no supiéramos de ellas, colores, temporadas de cosecha, maceración, vinos. La cuestión es que nos llevó hasta Casablanca, quinta región, a conocer la Viña Viamonte primero, Morandé después y en versión ecológica y por tercera y última vez, Emiliana.

Confieso que en la ignorancia de cómo se hacía eso de oler el buqué y después entrarle, me pegué una peda, borrachera de aquellas. Porque la catadora decía “bata el vino suavemente y después huélalo una y otra vez y después pruébelo”. Pues para el ítems beberlo, cuando íbamos en la tercera botella catada, simplemente lo mío era cine infantil al elefante rosado. Y bueno esa experiencia inolvidable la financió el rico MacAntonio, mejor conocido como mi hermano, o sea que ni supimos, menos nos enteramos que estos paseos son de lo “expensiv” a lo que sigue.

Pero el plan era agasajar a la amiga, que ama los vinos chilenos y pues ¿Qué hacer? Nos fuimos a Viña Santa Rita, donde tooodo iba al son de “gastar, soltar, gastar, soltar, dinero, dinerrito, dinerrito”, no digo que sea tacaña, coñeta, ni cosa parecida pero los antepasados vascos, invitan a ser precavida.

Pero entre nos y por si en un futuro lejano, bien lejano quieren o se tientan con hacer estos tour, les advierto que toooodo, tooodo, lo que tu ojos vean, se vende y tooooodo, todooo, a un precio que uno dice: “oye pero  ¿es de oro?”.

De tour y precios.

Nosotros queríamos hacer el tour “bagato” que costaba $14.000 por persona y que consistía en pasear en carreta por los predios de la Viña y chupetear un tinto y un blanco. Pero por supuesto no estaba disponible, lo que sí en versión lo más económico, era el tour “selección”, con un valor de $25.000 por persona, con derecho a cata de cuatro vinos, tres tintos y uno blanco, más quesos y galletas. Y además, al finalizar el tour sabríamos de otro plus, como lo era la copa en la que bebestramos los vinos, que lleva impreso las siglas de Viña Santa Rita, para no olvidar jamás y que comenzando a pelar finito, hay que decir que la copa en cuestión era de mala calidad ya que por más que la lavo con agua y jabón, como a Pinpon, no hay caso que aquella penumbra o telilla opaca, que quedó desde aquella primera degustación, emigre. Lo que se conoce como “material rasca”.

Pero no todo estuvo malo, el equilibrio perfecto era que las tres amigas siempre se las ingenian para sacar de lo malo, algo más que bueno y pasarla del one. Es decir, paseamos, disfrutamos a concho, revolvimos el gallinero en el tour cata, nos tomamos hartas fotos, aprendimos y lo  más importante, bebimos.

De lo malo, se lo paso a relatar con goce absoluto, que este comentario de viñas, más que aquello debería titularlo “Viña Santa Rita o si vienes a Santiago te despellejaré con placer”.

Primer guaracazo, que casi nos hace vomitar a mi hermana y a mí y de paso exigir la devolución del dinero y que se metieran el tour por el culo, fue enterarnos que la Viña Santa Rita, quien primigeniamente fue de propiedad de Paula Jaraquemada, la que albergó a los 120 patriotas chilenos, fue vendida a unos García Huidobro, que después la entregaron, seguramente en bandeja de la pobreza, a Ricardo Claro Valdés.

Por suerte en el momento que nos enteramos, no habíamos bebido todavía, porque escupir el líquido tinto o blanco sagrado, es pecado. Nos enteramos lo que se dice iniciando el tour, que la guía recitó de memoria: “este lugar hermoso es posible, viña y Museo Andino incluído, gracias a un hombre maravilloso, generoso, que compró todas las hectáreas que sus ojos puedan alcanzar con la mirada, para transformarla en lo que es hoy: Ricardo Claro Valdés”. Unos se miraron diciendo ¿quién, qué? Otras dos, mi hermana y yo, nos dio el soponcio y si no ha sido por Betty, nos marchamos hacer un escándalo de aquellos. Que eso nos pasa por pelotudas marca mayor, de creer que tras una viña no habrá ratas escondidas.

¿Por qué tanto alboroto? Pues porque no olvidemos que durante los años 80, en Chile pasaba una cosita menor, llamada dictadura y si existían personas que tenían con qué comprar una viña, tan grande como lo es la Santa Rita, era porque le hacían algo más que reverencias a Pinochet, como para tener dinero con el cual comprar, especular con el esquelético mundo del vino de esos entonces, ganar miles de pesos o escudos. Y es que Ricardo Claro Valdés, no es un cualquier y generoso señor, sino que el dueño de Megavisión, aquel que decidió poner micrófonos en los water, en el fono de Tatán y en complicidad de Evelyn Mathei, escuchar sus conversaciones. En fin, todo lo contrario a un gran hombre.

Para llegar a Viña Santa Rita.
Abruptamente continúo el relato por la viña, por si pese a todo lo antes dicho, igual quieren venir a pasear.

Las formas para llegar son variadas, les narraré las posibles de ser humano común, corriente y a pata y también las obvias sobre ruedas.

1.- Irse en metro, línea 4 dirección Puente Alto y bajarse en la estación Las Mercedes y de ahí esperar la micro, bus, alimentador, de color celeste, que los lleva y deja en la vereda del frente de la entrada a la Viña.

2.- Llegar hasta el metro línea 4, Estación Las Mercedes y tomar un taxi hasta la viña, con un costo aproximado de $12.000.

3.- La que hicimos nosotras, pensando en la flojera que predominaba ese día sábado, que fue en Uber. 45  minutos de viaje hasta la viña, con un valor de $20.000.

Y es que si no es en auto, llegar a la entrada de la viña, no es lo mismo que estar en la viña. Porque atención con esto, de la carretera, portón “bienvenido a Viña Santa Rita”, hay una diferencia de un par de kilómetros, a estar en la casona colonial roja, que dice “oficina, informaciones, Restorant Doña Paula, Panadería Cafetería”. Si eres buene para caminar, aquellos kilómetros se harán nada sobre todo de día, porque el paseo es hermoso, rodeado de los verdores de las parras. Si eres más bien del grupe de rodillas flojas, será lo más cercano a un suplicio.

De Santa Rita.
Una vez adentro de la viña Santa Rita, lo que se abre ante sus ojos es hermoso por donde lo vean, digamos que don Claro Valdés, supo hacer bien el negocio y mantuvo intacta la casona donde vivía Paula Jaraquemada, que tiene una parte de oficinas, otra de tienda y el resto de museo que visitas en el trayecto, como las bodegas donde Paula, resguardó a los 120 patriotas y que si te dicen algo los números entenderás por qué aquello de “Santa Rita 120”.

También está el Museo Andino, para que visites, que como su nombre lo dice no tiene mucha relación con las viñas, pero como bien dice en uno de los letreros historia, del museo, tuvieron que hacerlo porque escavando, encontraron restos  incaicos que querían pasar de largo y casualmente monumentos históricos estaba despierto y atinó y obligó a Claro Valdés, hacer un museo y mantener las piezas en el mismo lugar donde fueron halladas. Y ya que estábamos y son fundación y sabemos que por tal, dinero habrá, sumaron un set bastante interesante de espuelas, cintos, guitarrones y cosas que podrían haber utilizado los que colonialmente, habitaron el caserón de los Jaraquemada, Fernández Concha, García Huidobro y hasta Claro Valdés.

Si vas con hartos fajos de dinero, onda si eres narco o te gusta andar mostrando la plata o tus tarjetas doradas master y visa, puedes gastar dinero en la tienda del museo, también comprando comida, tipo snack en La Panadería Cafetería o sino almorzar y despellejarte con cariño, previa reservación en el Restaurante Doña Paula, que la viña ofrece.

Otra opción que también es permitida, es simplemente ir, llevar tu vianda, canasta, bolsa reciclable con víveres, comidas, sambiches y hacer un pic nic, en aquella inmensidad que cuentan se extiende “hasta donde tus ojos alcancen a mirar”, dígase el horizonte por norte, sur, este y oeste. Que la verdad es bien hermoso. Puedes comer en versión pic nic, echarte una siesta bajo una palmera o algún árbol, descubrir el Hotel Casa Real, que fue la casa de Fernández Concha y es lo que se dice un palacio, que el Cousiño le hace soberanos mandados.

El slogan que aparece en la página de la viña (www.santarita.com) dice que “… visitar Viña Santa Rita constituye un viaje fascinante por el patrimonio cultural de Chile y la tradición del vino chileno, a sólo 45 minutos de Santiago. Ubicada en la zona precordillerana de Alto Jahuel, en Buin, la viña está rodeada por un entorno natural único, donde conviven la tradición vitivinícola, la historia de Chile, la cultura y la gastronomía”.

De tour.

La viña está abierta de martes a domingos, de 09:00 a 18:00 horas. En materia de paseos, puedes encontrar el: Clásico ($15.000 por persona); Selección $25.000 pp; Premium $40.000 pp; Tour Carmenere $40.000; Ultra Premium $70.000; Bike and wine, ese me gustaría contemplarlo nomás para ver a estos pelotudos zigzaguear mientras conducen, salvan al mundo con su huella de carbono y empinan; Pic nic; Winemaker Experience que es la oda a disfrutar el vino y gastar como condenados en familia, con amigos, con los compañeros de trabajo y cuesta $35.000 y por último, Pedal Bar, que debería llamarse peda (borrachera) al pedal, tiene un valor engañoso de $15.000 por  persona, pero para quedar borracho, cada que agarras una copa para empinar, a lo lejos unas el repiqueteo de unas monedas cayendo en un foso sin fondo sentirás. Sumado a que además debes pedalear para pasear por el lugar.

La historia de Santa Rita.
Aquí fui muy aplicada y escuché atenta las historias que contaron sobre cómo se forjó la viña y esto fue lo que aprendí: Todo comenzó allá por el año de 1880 cuando don Domingo Fernández Concha, funda Viña Santa Rita en las tierras de Alto Jahuel, por razones que desconozco, la narración no es muy cronológica y pasamos con un pequeño salto de casi 110 años hasta 1970, que miedo años de la UP, en que el mismo predio, ahora propiedad de los García Huidobro no se sabe si en versión viña y productora de tal todavía existe. Entonces nuevamente saltamos como canguros en la historia de la viña hasta llegar a tiempos en que la oscuridad se ha apoderado del país, estamos en 1980, en los anteriores diez parece que no sucedió nada que mereciera ser contado. Pero tranquilos, todo va bien encaminado ya que la consagración de la bondad, doble pera-cuello incluido, de don Ricardo Claro Valdés, en conjunto con Grupo Claro y las garras norteamericanas, de Owen Illinios, compran la viña. Se constituyen como una sociedad de responsabilidad limitada y en 1982 lanzan la línea 120 de Santa Rita……que ya saben iba perdiendo medallas, en la medida que la rosácea sumada a la curadera iba en asenso.

Para 1985, en Chile seguíamos en Jauja, por lo que deciden abrirse paso en el mercado, más que  mal tienen a los socios gringos de Owen Illinios. En el 1987, la viña se apodera de la marca Carmen, con esa adquisición, que les trajo puro éxito y fortuna, el Grupo Claro, le hace un gallito a los Owen de Illinios y los manda de vuelta a casa, quedándose con el 100% de las acciones.

En 1992, el que viajaba, caminaba o pasaba por Alto Jahuel, Buin, sabe que en la más Scarlett O ‘Hará, de “Lo que el viento se llevó”, intentaba mirar hasta donde la vista te diera, dígase las 2 mil 860 hectáreas, propiedad del Grupo Claro, más que mal ya estábamos todos en caca democracia y bebíamos como paganos. Para 1997, hace 21 años atrás, el Grupo Claro con una sed solo comparable con los orilla de playa, deciden ampliar sus horizontes, crean la Sociedad Viña Doña Paula, en honor y ninguna gloria a los Jaraquemada, instalándose en Argentina. Del 2000 en más y para hacer el cuento corto, los Grupo Claro, tuvieron que pensar en construir una casa para adornar los muros con las medallas que año tras año, iban ganando, en este vino que de artesano no tiene nada y de industrial todo el rato. No olvidándose jamás de la mano que le echará su querido Pinochet, Grupo Claro, decide poner sede en Londres, justo en las épocas que el caballero quiso ir al doctor en Inglaterra y quedó prisionero, pero no fuera ser cosa que no tuviera vino para las comidas. Después vendría la sede en Miami y Shangai y onda que el mundo comenzó a quedarles chiquito. Y colorín colorado fui la estudiante aventajada, pero sin medalla del tour.

En fin si después de todo lo contado, le quedan ganas y quiere hacer uso de su libertad libre, seguir la senda que mi amiga, hermana y yo, recorrimos, pues haga como bien quiera y si tiene más aventuras que las nuestras, no sea male y comparta ¿ya? Sharola dijo la olla.

Datología
Qué: De paseo a la Viña Santa Rita.
*Quién: Colomba Orrego Sánchez. Periodista y transcriptora.

Dónde: Camino Padre Hurtado 0695, Alto Jahuel, Buin, Región Metropolitana.

Link: www.santarita.com

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