“La ruta del Malls”.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

Hace un tiempo atrás escribí sobre “las rutas del baño”, en esta ocasión tendría que ser “la ruta al Mall”, con la diferencia que el primero fue y es de gran ayuda, para los que como yo, siempre se andan meando o haciendo del dos. En el caso Mall, debo reconocer que es un relato mix, ya que lo diré ahora y seguro lo repetiré después, aborrezco con todo el corazón estos lugares, tanto por la concentración humana y yo sin armas, porque tienen un temita no menor con los aires acondicionados y/y calefactores, porque de las acciones que menos disfruto son las que incluyen probarse ropa, elegir, probarse ropa, elegir, para después decidir. En ese contexto prefiero tirarme al agua, gracias. Pero….. a la vez este relato al centro del consumismo tiene un objetivo mayor…. un acto de amor profundo.

La historia es así, últimamente la vida me sonríe, desde que recuperé a una gran y querida amiga y es que cando uno hace las cosas bien, a veces muy de vez en cuando, la existencia te premia. Y no es que reciba un regalo envuelto en papel y moño, sino más bien aquellos parabienes de los inolvidables.

Alegría, alegría de tener de vuelta a mi amiga, a la que perdí porque soy una soberana pelotuda y pasé mucho tiempo lejos de ella.Ella que llamaremos V y que es un encanto, entretenida, linda, simpática, inteligente, culta, no estoy enamorada aunque creo que la amistad es un poco amar y enamorarse de esas personas, seres humanos tan lindos que nos brindamos de ida y vuelta con nuestras presencias, esencias y características

Pero en materia de amor a los amigos, realmente la quiero mucho y además la paso tan bien a su lado y cual si estuviera de suerte, es generosa y abre las puertas a su casa, su familia, para compartir con sus hermanos, cuñadas, sobrinos y la encantadora, guapa, de su mamá a quien llamaremos L y de su querídisma y encantadora también tía, a quien denominaremos H. Y es que no están para saberlo, pero soy una persona muy sociable, aunque a veces detesto a la mitad del mundo. Me gusta la gente, las personas, rodearme un tanto de ellas, mirarlas, escucharlas. Aunque muchos y muchas no puedan creerlo, me gusta escuchar más que hablar, porque cuando soy la que lleva el micrófono, soy muy centro de mesa, pintamono, dicen algunos. Por eso prefiero disfrutar el parloteo de otros, pero parloteos interesantes, de historias vividas, de películas vistas, de saber narrar, porque cuando toca ocasión de fomes, obligada a sacar la voz.

Lo bueno es que con mi amiga y su familia, la fomedad no existe. Todos los ellos y ellas y elles, tienen algo entretenido que contar, narrar, soñar en voz alta. Y en esas lides de escuchar y escuchar, es que un día, escuchando historias de su mamá L, contó que una vez al mes, tras cobrar su pensión iba al Mall hacer compras, comer chatarra y ver películas. Lo encontré tan formidable que largué un suspiro tan hondo y profundo, que L me preguntó ¿Colombita, le gustaría acompañarnos un día? Obviamente que acepté sin necesidad de anillo.

Y es que estos paseos, aunque sean de compras, también son de acompañar, de estar con L, H y V, con quienes compartimos el placer de comistrajos y películas y cada que los hago, al terminar el día, no puedo parar de evocar los que hacía con mis papás en México, aquí en Santiago, así como también con mis abuelos paternos y que ahora, desde hace hartos años, los hago solita, feliz pero solita y feliz también.

De antaño.

En esos tiempos en que me llevaban de la manito, aunque los papás siempre la tratan a uno como si necesitara cruzar de la manito, mi papá me llevaba a los rotativos cines de barrio de Guadalajara, donde nos echábamos por lo menos unas tres películas al hilo. De las cuales cuando tenía como 12 años, hacía mi personal tuti fruti y entendía lo que podía y mezclaba todo, todito. Después fui agarrando experiencia y capacidad de separar una de la otra. Entonces fueron los tiempos de El Toro Salvaje, Rocky I y II. Porque eso sí, mi papá era temático, un adelantado al género cinematográfico y en México que tienen muuucho cine propio y le llega mucho de todas partes. Entonces junto a él y comiendo lenguas de gato-chocolate, aprendí de Robert de Niro, de box, de mafias, me enamoré de John Wood, después de James Dean y también sumé el placer absoluto por dejarse llevar por las bandas sonoras.

Entonces obviamente que la invitación para acompañar a la V, con su mamá L y la tía H, hermana de L, era realmente poético. Y cuando hay poesía de por medio, lo más seguro es que lo pasaremos de lujo, aunque sea en un Mall. En estos andares les contaré que ya llevo asistiendo tres meses de veces consecutivas. Y la historia parte cuando quedamos de juntarnos a las 14:30 horas frente al Pollo Stop, del patio de comidas, quinto piso, de Costanera Center.

¿Por qué Costanera?
La misma pregunta me hice, ya que siento aversión por los Mall y este que además tiene, perdonarán ustedes, apariencia de “pico”, pues es el único que no me gusta. En versión mexicana les contaré que con mi hermana le decimos “El pico de Orizaba”, que no significa lo mismo que aquí, evidentemente educadas en el país del albur 0 doble sentido, lleva su cuota de connotación sexual, producto de ser nacidas en un lugar, criadas en otro, ambos de lengua castellana, pero donde una palabra o término puede tener un alcance allá y otro acá. En el allá la punta de Orizaba, es un volcán jajaja.

Y en materias de Mall, cuando le pregunté a mi amiga V por qué iban a ese en particular, me respondió: porque está cerca de la casa de su mamá, que si bien se conserva hermosa, modosa y preciosa, tiene sus años y como concentra ese día para hacer todas las compras, este lugar para bien y para mal, lo posee todo. Además que aquí inicia aquello de “un acto de amor profundo”, que también hay que sumarle la cuota de agradecimiento hondo por la invitación. Porque como bien dice el Manuel de Carreño, a caballo regalado no se le miran los dientes. Entonces chitón la boca,  nadie quiere escuchar tus comentarios sobre tu aversión al centro comercial, otros tendrán en vez que leerte y ahí podrás desahogarte. Pero de frente y costado de mi tía L, voy en calidad de invitada, gustosa, encantada y agradecida por la invitación, que tan feliz, dichosa como mariposa me hace.

Porque la verdad estos pasillos y pasillos llenos de tiendas y tiendas y gente que te empuja, que no sabe caminar por un lugar y quieren cual si fueran autos o bicis, adelantar, avanzar, rebasar, me carga, me carga. Con decirles que de las tres veces que he ido con V, L y H, y sin ser del modo achacosa, siento como que me dan mareos. No porque paseemos generalmente por los mismos lugares, pero para mí siempre es la primera vez, no logro registrar ni tiendas, obvio que las marcas sí, pero no en qué piso estamos, por dónde seguir, dónde está la tal tienda, solo late en mi interior la punzada constante de querer salir corriendo, pero nada que respirar hondo y recordar la compañía que tengo y todo se desvanece, menos yo.

Tampoco pretendo dármelas de santidad consumista, ni cosa parecida, lo que pasa es que odio cargar en mis manos las compras y además en materia de ropas ya les comenté que no es un arte, menos deporte, que guste practicar. Si es por gustos, me encanta aquello del “menaje”. Vengan a mi todos los platos, platos para el pan, para la taza, la taza, los platones, las fuentes, los bol, las ollas, sartenes, tostadoras. Ahí sí que podría volverme loca. Un par de veces me ha pasado de necesitar comprar unos vasos, por cierta hermana que cuando lava rompe algo. Entonces voy por seis y salgo con 26. Después viene el problema que limita a este arte, que radica en ¿Dónde chuchas acomodo tanta cosa? Si tuviera una mansión, con alacena para los platos, otra para las ollas, para los vasos y la más grande para la comida, vaya y pase. Aunque a esa mansión hay que hacerle el aseo y es el momento en el que el globo se pincha y me quedo con mis pocas tazas, platos, bol, ollas y sartenes.

Pero en este caso voy de mil amores, invitada, regaloneada a más no poder y con la felicidad plena de saber que pasaré al menos seis horas con mis queridas mujeres: V, L y H.  Y es que no sé si les comenté pero un mucho, harto, bastante, de este paseo tiene que ver con aprovechar, en versión reparación de la mala conciencia, de hacer con las tías y junto a mi amiga, lo que me hubiera gustado con mis papás, con mis abuelos. Será que ya no me cocino al primer hervor y comienza a suceder que uno vive más mirando las nostalgias que lo que las produce. Aunque en mi caso, desde que tengo uso de razón he vivido así, de hecho de chica me inventé una historia, en la que mi hermano Antonio y yo, proveníamos de un lugar celestial. Porque comprenderán que a los doce años, no tenía mucha historia para mirar atrás. Entonces buena es la imaginación en esos casos. Y pues así es como disfrutándolo a conciencia y concho, aprovecho de conversar harto con las tías L y H, preguntarles de sus vidas, sobre todo escucharlas y la verdad que uno se siente mucho mejor. Además que la mamá de mi amiga es una enciclopedia – entretenida-, de la historia de Chile, de su familia. Es una mujer muy culta, inteligente y cuenta muy bien las noticias, las historias, su historia de vida, de su marido, padre de mi amiga, que era un enorme caballero. Me gusta tanto esta familia por la cresta.

Volviendo a las 14:30 horas.
Volviendo a la ruta, el asunto es que como  les comenté todo comienza cuando el reloj marca las 14:30 horas y estoy esperándolas frente al Pollo Stop, del patio de comidas, quinto piso, Costanera. Ahí es momento de preguntarle a las tías ¿Qué van a almorzar? Primero la jefa, dígase la que invita, es decir, la tía L. Que es tan modosa como encantadora y tradicional, que siempre pide pollo asado, papas fritas, empanaditas de queso, bebida de naranja y muchas salsitas picantes, en su añorado Pollo Stop. Será que le recuerda cuando iba de la mano con su pololo, después marido, más que mal ese local dice estar desde 1962. Después viene el turno de la tía H, que tiene el paladar amplio pero bien chileno, eso sí. Sus gustos oscilan entre pastel de choclo en invierno, empanadas fritas espolvoreadas con azúcar glas, jugo o bebida de naranja y…. postre. Además de mi, la tía H, es la persona más dulce que he conocido. Con contarles que no celebra su cumpleaños para ahorrar trozos de torta, que le prepara mi amiga V y que se come solita en su habitación. A continuación vienen los pelambres o en versión dosificada, podría ser una especie de consejos en materia de comidas chatarras.

“La ruta del Mall: Consejos en comidas chatarras”.

El que no haya comido alguna vez comida chatarra, no sabe el veneno delicioso que se pierde, así que si es vegano, tarado, anda en bici, cree que está salvando al mundo con su huella de carbono (que se la puede bien meter por el poto), si le gusta la comida cruda, le hace el feo al glutamato, al sodio, chingue su madre y no siga leyéndome. Porque esto es una oda a la chatarra, que como su nombre lo dice, es lo más parecido a basura. No es aconsejable hacerse adicta a ella, aunque tiene los ingredientes suficientes para lograrlo, pero un poco de control servirán.

Cierro los ojos y pienso en todos los momentos en que he comido comida chatarra y casi siento un cosquilleo en el estómago ¿o serán nauseas? Jajaja. Cuando llegamos a Chile en 1987 procedentes de México, solo existía una suerte chafa de venta en cadena de hamburguesas. Sobre todo pensando que en Guadalajara donde viviamos, era el paraíso de la caca norteamericana. Y de todas formas más de una vez las probé. Pero confieso que lo que me atrajo porque nunca había probado en mis tierras aztecas, fue el pollo rostizado, con papas fritas y sus empanaditas de queso fritas también. Eran realmente poéticas, todo tan salado, tan crujiente, que invitaba a gritos acompañarlo con bebida gaseosa. En esos años yo no bebía, de hecho comencé hacerlo a los 40 años y ya no pararé hasta mi muerte obviamente. Me recorrí Los pollitos dicen, el Pollo Stop, el Pollo Caballo, donde había pollo ahí estaba la Coli, sola, acompañada. Nunca he tenido problemas de soledad, puedo comer, estar, ir al cine, caminar, irme, volver, sola y también disfruto la buena compañía porque para lateres, ya saben “más vale sola que…”. Después llegó la caca democracia y este país se fue al carajo porque le vendió el alma al capitalismo. Entonces llegó McDonal, Burger King y su pelea tipo Colo colo  vs La Chile. En lo personal y después de ver “It” la película en 1990 comprendí que mejor me inclinaba por  Burguer King, porque las hamburguesas de la otra empresa competidora estaban hechas, de la carne que “It” dejaba de lado, los recortes que le dicen. Entonces daba guacala.

Obviamente que siempre le fui fiel a la Coca Cola y sus amigos, más que a la Pepsi que era bien mala, a menos que con más hielo que bebida. En Guadalajara comimos muchas pizzas porque había negocios como el Papa Bambinos Pizza; también le hice a los ahora seudo novedosos Subway, que eran unos kilometricos panes con rellenos varios. Todo enorme, todo invento de los gringos de USA que les gusta todo en cantidad, poca calidad como ídem sus neuronas.

Ahora en materias de comida chatarra, puedes encontrar taiwanesa como el Hocha o su símil que es venezolano Big Boba; también comida seudo china. Es que la comida chatarra se ha transformado en “seudo”, porque como es inclasificable las cosas que nos metemos a la boca, le ponen color, sabor, harto sodio, glutamato, sal, venenos varios, que los hacen deliciosos, crujientes, adictivos, blandos, suaves, dulces, encantadores.

Pero la modernidad y el TLC también cobra réditos a costa de los sudacas, tontacas, que aceptamos todo a ojos cerrados y boca también. Porque además de “seudo” con ellos encima, se las dan de “sectarios socio-económico-gastronómico”. Ya que en versión piso de comidas de Costanera, no es lo mismo comer en el “Food Garden”, que en los pasillos de restauranes. Caros todos y qué tanto, pero los primeros son pal pueblo o sea que reguleque y el otro, para el pueblo con ínfulas, tarjeta de crédito o pendejos a la vela. Como aquellos que van a restoranes y quieren a toda costa comer al aire libre, aunque este esté en la vereda, bajo una alfombra verde que simula pasto. Las apariencias son muy dañinas para la salud mental.

Asunto es que cuando  llegó el momento que V y Colomba eligieran sus comistrajos, la primera vez le dimos a MacDonal y Burguer King, con sus papas y aros de cebolla respectivos. Siguiente vez mi amiga linda, que siempre está feliz, tiene sentido de humor, se lo toma todo con andina, es inteligente, culta, vive la vida alegremente pidió nuevamente hamburguesa y en esta tercera vez, completos Dominó. Mientras yo segunda vez lo mismo que tía L, pero en versión 8.0 y la tercera ocasión pizza o palitos de ajo que los amo. Las dos ultimas muy malas elecciones, a diferencia de mi amiga que de ahora en más copiaré…. Dominó ven a mi, ven, ven a mi.

 

Foto: Osvaldo Villarroel / AgenciaUno.

“La ruta del mall: los peros”.
Como soy peladora por excelencia no puedo dejar de encontrarle peros, para nada a la invitación, para nada a la compañía, solamente al entorno. Porque una cosa es que odie los Mall porque me dan ganas de salir corriendo y otra cosa es no mirar las cosas como son. Primero, qué necesidad de mantenernos calefaccionados casi en proceso de secación, madre mía. Al menos una que no vive en una casa calefaccionada esa sensación de llegar vestida como persona normal y sentir que debo andar en traje de baño me mata. Sumado al hecho no menor de tener que cargar la chaqueta o suéter, porque puestos casi mejor ir a la notaria hacer el testamento. Odio, detesto, cargar, solo lo que cabe en mis bolsillos del pantalón o chaqueta, hace rato que dejé atrás el bolso, mochila, qué decir cartera. Por suerte mi amiga V, un poco me conoce y otro poco siempre va cargada, así que me ofrece llevar la chamarra o el suéter. Segundo, es ilógico que si nos tienen en la secadora ultra caliente, cuando uno entra al cine, pasemos a todo lo contrario. En realidad yo voy con abrigo para esta parte, porque hay tanto aire acondicionado frio, que si no me tapo me da bronconeumonía. Creo que la lógica esta ilógica en estos lugares, porque más bien debería ser que si estas en movimiento de compras y vitrineo estés con temperatura fresca y cuando entras a echar la yegua, como hace uno en el cine, pongan una calefacción mediana, no de asar patos pero no para congelarse. Tres, la comida de sus Food Garden, deja mucho que desear porque como tienen patios de comida, como que creen que los que queremos comer chatarra, no la queremos en cantidades y pues les explico que ésta fue inventada por los gringos de USA que todo es en cantidades enormes, menos sus neuronas.

“La ruta del mall: de salas de cine y películas”.

Como no todo es echar mierda, decía mi padre, debo reconocer que hasta el momento las salas de cine, han estado de ponerles un 10 más que un 7. Amplias salas, amplios y cómodos asientos, también así será el precio que tiene que pagar la tía L, para que seamos tan re felices.

De las tres veces que las he acompañado, digamos que nos hemos recorrido todo lo que en materia de salas de cine tiene Costanera. La primera vez, vimos una película que me sirvió para abrir la mente al mundo, en materia de ¿Qué ven los jóvenes? ¿Por qué algunos están tan tarados? De todas formas, en versión aprovechando todo, abrí los ojos al mundo de los jóvenes y digamos que si bien hasta la comenté por aquí, leyendo entre líneas, la película era espantosa e interesante.

La segunda vez, nos tocó una sala más grande que la primera vez, con una pantalla que parecía que se abrí más y más por los lados y es que era momento de ver la última de Tom Cruise. Jamás pensé que sobreviviría a ella, y eso que amenazaban con duración de tres horas y la pasé genial. El huevón de mierda ese de Tom Cruise, es un facho de su madre, se me sienta en el hígado pero su película facha, donde obviamente los malos son los rusos, era súper entretenida. Ni sentí las tres horas pasar hasta que salimos a la calle y estaba todo oscuro, oscuro de noche.

Y la tercera vez, ahí sí que nos sacamos la lotería y la tía L, perdió harto dinero. Porque entramos a una sala que parecía el living de una casa de gente rica. Primero, era la sala Premium del cineplanet, segundo, si tenías más dinero para gastar te pasaban el menú de comidas que podías mordisquear en al oscuridad, nosotros no hicimos tal. Y tercero, al llegar a la sala nos encontramos con que para poder comer y ver la película, al lado del sillón tipo me lo llevo a mí casa, había un velador con lámpara. Por suerte nosotros no hicimos tal y más suerte tuvimos de estar lo que se dice en primera fila, como  le gusta a la tía L, ya que si siento que alguien prende la luz, en medio de la magia de la sala a oscuras, aprovecho la luminaria para cornetearle.

Lo más chistoso es que para esa sala tan enorme, con sillones, velador, pantalla, en versión XXL, no veriamos ninguna cinta de acción, sino que una del género “arte”, nada menos que de Francois Ozon. Pero la más contenta, además de la tía L, fue su  hermana la tía H, ya que en esa enorme pantalla pudo mirar con detalle, como le gusta a Ozon, escenas de sexo. Porque a la tía H, le gustan las cintas de sexo sin consentimiento, harto sexo, maltratos físicos, pero sobre todo sexo, sexo, sexo. Y eso que tiene cara de modosa y nunca le gustaron Los Prisioneros.

Lo otro que es muy bueno en el Mall Costanera y no es que le haga el comercial al viejo de mierda de su dueño, son los baños. Le hago un homenaje a los baños, porque son escasos, porque la gente no los presta, porque en los negocios hay que pagar por usarlos, cuando derecho a irse del dos o del uno, está en la carta universal, es básico y fundamental como los seres humanos que semos. Y los de Costanera son poéticos, espaciosos también, cómodos, siempre con papel pal poto y para las manos, con sus jabones líquidos, excelentemente equipados. Si tuviera que ser supervisora de baños, sería la más fiera, porque vaya que por mi costumbre sana y saludable, de hacerme del uno y del dos cada que salgo, he conocido cada guarrada, cada poesía, cada mierda, cada espacio bello, cada chiquero.

El otro pero que sí tiene Costanera y que supongo que se deberá a que se parte de la base que las personas que entran a ese antro de la consumición, literalmente se entregan, es que los horarios del cine nunca corresponden a lo que dicen las páginas web, qué decir el diario. Ahí hay que ir, confesarse si eres católico, putiar verbalmente si no lo eres, porque querías ver una y te salen con otra. Pero en este entretenido paseo de una vez al mes, he aprendido, suerte la mía, a relajarme y recibir con agradecimiento eterno lo que se me da, que además que es genuino el agradecimiento he aprendido mucho sobre cine chatarra, de acción y cine arte ¿Qué más se puede pedir? En lo personal que cuando L, V y H, lean esto, entiendan que es una oda a ellas y que se los agradezco mil y que quiero seguir asistiendo todos los meses de la vida y más.

Datología
Qué: Crónica “De paseo por el Mall”.
*Quién: Colomba Orrego Sánchez.

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