El 11 de septiembre: la historia.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

Hace 45 años, un martes como hoy, pero de 1973, el Palacio de La Moneda, era bombardeado junto al gobierno de la Unidad Popular. Yo tenía exactos cuatro años de edad y por tal, mis recuerdos no son muy precisos. Pero a lo largo de mi vida, miles de veces he visto esas imágenes, las del bombardeo y en cada ocasión, no puedo dejar de estremecerme y sentir que algo no encaja en esa historia.

En la historia que me contaron de chica, cuando vivíamos en México, ya fuera en voz de mis padres o de mis  abuelos paternos, siempre estaba presente el hecho de aquel Chile provinciano, de gente amable, de un país ensoñado, donde sus ciudades capital y regionales, eran más pequeñas, así como sus calles y veredas angostas, por donde autos y personas transitaban apaciblemente, en un flujo coherente con los habitantes que eran.

Historias de tiempos en los que por esas mismas calles, alguna vez pasó el tranvía y de hecho, algunas rutas guardan vestigios de esos rieles. Sumado a las narraciones sobre los edificios que fueron construyéndose en Santiago, que muy capital sería pero sus horizontes rodeaban menos terreno que ahora. Aquello de las casas de Providencia, hoy de habitación, antes para pasar los fines de semana. Qué decir de las mansiones en costanera Andrés Bello, qué decir de las de Ñuñoa. Y en el centro, desde el corazón de Plaza de Armas, hasta La Moneda, los edificios y casas habitación, diseñados arquitectonicamente en estilos, copia europea, de estilos Art Decó, Art Nuvo, Bauhaus, Góticos y Neogóticos.

Porque en esos tiempos, la estrechez de espacios, calles y veredas, era proporcional a la cantidad de habitantes y de ellos, el número de vehículos. Es por eso que mirando las imágenes del bombardeo a La Moneda o de los tanques de guerra transitando imponentes por las calles, no dejo de pensar y sentir, que algo no encaja.

No encaja aquella historia que han tratado de contar, de un país viviendo en la zozobra y que no pudiendo más, el día martes 11 de septiembre, se desató la guerra. Supuestamente porque Allende tenía al país yéndose a pique. Entonces había que actuar y producir algo semejante a ¿Qué? ¿A la Iº o IIº Guerra Mundial? Una sin tregua, de solados atrincherados, una ciudad devastada. Pero la panorámica de nuestra guerra, mostraba la ferocidad de las bombas concentrando el fuego en un solo lugar y el paso de los tanques, que si no fuera porque el momento no ameritaba ironías, surgía la duda sobre si éstos no quedarías atascados entre los murallones que separaban una vereda de la otra. Estas escenas de la guerra acontecida en Chile, dejaban de manifiesto, la desproporción que iríamos conociendo y padeciendo, en los 17 años siguientes.

Y es que no puedo dejar de mirar y buscar similitudes entre las guerras, grandes, fastuosas que vimos en las clases de historia en el colegio, con la nuestra. Tampoco dejo de pensar en cada uno de esos sucesos que dio material para contar un relato, que se transformó en historia y donde uno puede concluir tantas cosas, en lo personal, que las guerras no sirven más que para matar inocentes soprepasados por el interés de unos pocos. Y si no lo cree eche un vistazo al mundo.

De estúpidas guerras, desproporcionadas, justas e injustas, es que van sumándose relatos construidos encadenadamenta, para dar vida a la historia. Aquella que la hacen los pueblos y recogen algunos y la escriben para su divulgación y así todes la sepamos, no la olvidemos y ojalá, las atrocidades no vuelvan cometerse.

La historia, nuestra historia, la conciencia por la historia nuestra. Pienso en la historia, en la mía forjada cada día, en la de mi familia, en la que nos heredaron mis padres. Será que pienso mucho en la historia, porque mi padre era historiador, porque formamos parte de una secuencia de hechos, acontecimientos, que nos fueron arrebatados junto a muchos y muchas más y que cuentan de un gobierno que duró tres años, liderado por un Presidente, elegido democráticamente que se llamó Salvador Allende, en un país muy, muy lejano de nombre Chile. Nuestro gobierno se llamó Unidad Popular y fue cobarde y bestialmente derribado, en un golpe de estado, que se transformó en dictadura, que duró 17 años y donde el resultado ni alentador, menos enorgullecedor, fue la detención, prisión, tortura, desaparición, de miles de mujeres, hombres y jóvenes, por quienes todavía no logramos verdad y justicia.

No dejo de pensar en esa historia, que es mía y de todos los ciudadanes que poblamos este larguirucho país. Pienso y no dejo de pensar en la importancia que tiene, tanto como la que mi padre le daba, luchando constantemente contra el olvido de otros, los cómodos, olvidadizos,  individualistas, preocupados en dar vuelta la página, alojando lo desagradable en la gaveta de la desmemoria.

Heredé de mi padre el ser pegada, así nos tildan en mi familia, porque tendemos a vivir de las nostalgias, siempre mirando hacia atrás, nunca olvidar los ocurrido, porque con ellos construimos y vivimos el presente. Es verdad eso sí, sin demasiado apuro por el futuro. Y es en este encariñarse por el pasado que desde hace rato, palpita fuerte en mi interior-exterior, la preocupación por la falta de conciencia por nuestra historia. O por el exceso de urgencia por olvidarla, desecharla, alojarla en un espacio donde nadie la saque, ni a colación, menos para pensarla, qué decir reflexionar cada uno de estos 45 años.

La historia mía, tuya.

Esa historia que comienza un martes 11 de septiembre, a las once de la mañana, que resultó en 17 años de despiadada dictadura y que en un trabajo nada sutil, durante 28 años han intentado taparla. Dejarla enterrada en un pasado al que mejor pisar, o dar vuelta a la página cual libro. Pero ese libro no tiene final, ya que para eso tenemos que lograr derrotar a la impunidad, que ésta no siga bailando con el olvido. Y eso se logra solamente con verdad y justicia.

Pienso en la capacidad que tienen muches chilenes –nada envidiable por cierto-, de meter la cabeza bajo la tierra “cuales avestruces”, decía mi padre y así borrar selectivamente lo que les acomoda. Por algo será el alto índice de Alzheimer en el país ¿Qué no? Hacer de la vida un continuo olvido, construido en un presente falso, soñando con un futuro de alegrías coloridas e individualistas, desde el cual continuar escapándose de la memoria.

Y sigo pensando en la conciencia por nuestra historia y me preocupa que sea a penas un tema en las clases del colegio, mucho más en las universidades, no tanto en la vida adulta. Pero la presencia de esos jóvenes y de los niños, niñas, adolescentes, adultos y mayores, familiares de víctimas de la dictadura, sumado a los que reaccionen y se acerquen, de pronto dejo de sentir temor al olvido, a que quieran borrar nuestra historia, aquella que muchos encuentran de dinosaurios, por vieja, añeja, a la cual mejor archivar. Y entonces surge fuerte la voz de les que se niegan, rechazan con energía ese olvido, porque por suerte, como bien decía mi padre, mientras existan los jóvenes, con su ímpetu y junto a ellos, los nosotres ya no tan diáfanos, esta lucha no está terminada.

Porque el tema de recuperar la historia, la conciencia por ella, hacerla fundamental, nuestra, viva, presente. Como cada hito que da forma a la historia de una nación, no es algo que debemos trabajar entre los que pensamos igual, con los que coincidimos, sino atravesar las comodidades y entrar en aquellos espacios donde se fue transformando en costumbre usar el olvido como escusa para vivir mejor, para no tener más preocupaciones… o porque “no me pertenece”, “no nací en esa época”, “no me atañe”. Y lo que más temor me da, es cuando escucho a los y las convencidos que aseguran que esto no tiene de dónde volver a repetirse jamás.


Y jamás es un absoluto a manejar con cuidado. Jamás y mira para todos lados. Jamás y mira bien tu ombligo, mira por la ventana de tu auto, de la micro. Jamás y mira hacia Europa y el racismo; Estados Unidos y su lujo de Presidente; qué decir el jamás está todo bien como en Brasil, como en Nicaragua y bueno, volvemos a caer en el fantástico jaguar que es Chile, aquello de la injusticia reinando el mundo, la inhumanidad.

Es por eso que qusiera que todes, los como yo, tu, ella y él, a viajar a donde quiera que vayamos, de la mano con esa historia, la nuestra. No solo la de la independencia, ni tampoco solo la de los gobiernos radicales, sino que también la de la Unidad Popular, con su bueno y su malo y más urgente todavía, la del golpe militar y la de los 17 años de dictadura. Que se vea, hable, analice en las escuelas, en los recreos, que sea tema entre los niños, niñas y adolescentes. Tema para conversar con la familia reunida.

Para que entre todes derribemos la impunidad, el  olvido y aboguemos por la justicia y la verdad….. recuerdo y late fuerte “Solo la verdad nos hará libres”. Que nadie se atreva jamás a negar que en Chile hay desaparecidos y ejecutados. No permitamos que sigan destruyendo nuestra memoria, ni los espacios donde la hemos cobijado como homenaje. Levantando la voz más alto, contra cada criminal de lesa humanidad que intenten liberar.

No permitamos que sigan tratándonos como rebaño de ovejas, que con visera nos indican de mirar pa delante, al progreso, en la ruta de la cantidad por la calidad y que siguiendo obedientes a un dedo indicando la ruta gritando: “el futuro es la solución, al pasado hay que pisarlo, dale pa delante, al progreso, la cantidad está llegando o viene en camino”.

Datología
Qué: El 11 de septiembre, la historia.
* Quién: Colomba Orrego Sánchez. Periodista, transcriptora y editora del portal.

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