Paseando por Parque Inés de Suárez.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

En temporadas de descanso, fin de semana, largos o normales, vacaciones de verano o invierno las artes de vagar, pasear, callejear, además de entretenidas, son de fácil hacer. Ya sea solo, sola, acompañado, en contingente, familia, pareja, o de a tres.

Como nos pasó el domingo pasado, cuando junto a mi hermana Manuela, mi pololo Diego, salimos para aprovechar el día despejado y así contemplar el cielo celeste, la cordillera blanquita de julio, respirar hondamente respirar, llenarse de hojas, árboles, texturas, aromas, formas, colores. Pura poesía.

Propusimos rutas. Por ejemplo mi hermana quería salir a donde pudiera encontrar perros, porque ella ama a los cuatro patas que ladran. De hecho, cuando era chica, bien chica, tipo siete u ocho años, como no teníamos mascotas, decidió que “si no le regalaban un perro, ella lo sería”. Y al suelo y en cuatro patas fue a dar. Como es la pequeña, la consentida, chiqueada, dejaron que hiciera lo que quisiera, como que se sentara a la mesa como perro, langüetear la comida como tal, en fin, pasé a tener una hermana perro. Como seguramente estábamos de vacaciones, le aguantaron el caprichito, pero ya se olía que los días de escuela estaban cerca y como más que perro es mula, antes que lograran hacerla entrar en razón ¿Qué pasó? Nos regalaron un perro. Desde ahí que mi sisterna, sí que sabe comunicarse con ellos, cuando se encuentran, se huelen de una forma particular, jamás le ladran, ni la muerden, a veces le han meado la pierda. Pero primero la miran fijo, uno que otro la embiste con la cola o la cabeza, onda como diciendo: “esta perrita fifi que se largue de aquí”. Porque los perritos son tan inteligentes que presienten cuando mi hermana quiere comerse sus pelets y si se descuidan, los comerá sin asco, ni temor.

En mi caso y el de mi pololo, era la búsqueda de espacios especiales, rincones, copas de árboles, troncos, ramas, hojas grandes, pequeñas o medianas, unas para recolectar, otras para fotografiar. Más bien todo, todo para fotografiar, sí lo sé tengo el mal taiwanés, coreano del amor por el clic, clic en exceso. Entonces ya sea en versión de rejas, puertas, ventanas, detalles, rincones, mojones, bellezas, ante mis ojos y con el celular en mano, todo es perceptible de ser fotografiado.  Y entonces ¿Qué será lo que suma entre árbol y perro? Parques, plazas, bosques, plazoletas, veredas con pasto y árboles. Así es como los pasos nos llevaron, de dos en seis hasta el rumbo más cercano: el Parque Inés de Suárez, en la comuna de Providencia.

De historias.
Allá por los años ´87 – 90, cuando vivíamos en la casa de mis abuelos paternos, en la calle Arturo Claro 1426, teníamos por rito con mi abuelo, ir a pasear a lo que en esos entonces no sé si llevaba por nombre Inés de Suárez, tampoco si era un parque en toda su extensión, ya que no tenía tanto espacio verde que recorrer.

Nosotros vivíamos a pasos de este pulmón verde, que era como ya conté la ruta que hacíamos en compañía de mi abuelo, a cumplir con diligencias varias. Salir de la casa, caminar por Arturo Claro hacia Antonio Varas, cruzar la avenida y entrar por el estacionamiento para llegar a nuestra primera parada, el montículo de tierra y ladrillos, conocido como montañita y que todavía existe. A veces lo subíamos hasta la cima, bastón y nietas en mano de abuelo, para contemplar smog, techos y con buena vista y suerte al San Cristóbal. Bajar y continuar ruta hasta El Pasaje Madrid, “el” centro comercial donde mi abulo hacía y deshacía.

En esos tiempos la ruta que hacíamos desde el estacionamiento hacia el interior, no estaba enrejado como hoy, ni tampoco rodeado de tantísimos y altísimos edificios que sí ahora. Pero en cambio, sí que estábamos en dictadura y esos lugares tenían aquel gris sórdido y oscuro de esos años, sumado a que eran habitados por uniformados diversos y sus familias y unos pasos alejándose de Bilbao por Antonio Varas, llegabas a las oficinas del entonces Fiscal Adhoc Fernando Torres Silva.

El Pasaje Madrid.

El pasaje Madrid, era un pequeño centro comercial, más no por ello menos cumplidor, al menos para satisfacer las diligencias varias de mi abuelo. De fachada sigue siendo un mojón, de menor tamaño u opacado por otros de mayor altura, de color rojo ladrillo, arquitectónicamente hablando lo más feo que imaginar puedan. Consta de seis pisos, cuatro desde la planta baja hacia el cielo y dos de subterráneos. En el sexto había una discotheque, que hizo fama a punta de incendios y sirenas de bomberos que por sus hitazos musicales.

Los menesteres que mi abuelo realizaba en el pasaje Madrid, constaban de revisar su casilla de correo en el primer piso, buscar la suerte en los juegos de azar en el piso -1 e invitarnos a comer un ave palta con coca cola en el 2º. A veces también lo acompañábamos al Almac, hoy Líder de la Plaza Pedro de Valdivia.

Volviendo al parque.
Actualmente el Parque Inés de Suárez, es inmenso en comparación al que visitábamos en los viejos tiempos con mi abuelo. En aquellos tiempos, además de la montaña, el parque contaba con un espacio de juegos infantiles, el cual fue construido dentro de una suerte de pequeño Coliseo, para que las mamás, papás y nanas, pudieran sentarse en el círculo de cómodos asientos de piedra y cemento, contemplando a los leones niños destruyendo a los romanos juegos infantiles o viceversa.

Actualmente el parque suma dos piletas o piscinas. Piscinas para perros juguetones, quienes sedientos se lanzan o los humanos impedidos de ingresar, les tiran palos, pelotas o la mímica del gesto y ellos tan guau guau como siempre, van en busca de aquello y de paso chapotear y hacer feliz y babosos a sus dueños. Y seguramente no faltará el espectáculo del dueño o dueña, pensando que “su bebé” corre peligro, internándose en aquellas aguas a las que no está permitido su acceso, todo sea por salvar a la mascota que salió hace rato.

Las piletas están acomodadas una al centro del parque, en los terrenos que antiguamente era “el” parque. El segundo lo construyeron a la entrada por calle Vasconia y cuenta con unos chorros de agua alineados, aunque todavía no hacen piruetas. Es que el parque ha crecido tanto en extensión que puedes acceder ya sea por la original entrada de Francisco Bilbao o por el otro lado de la manzana que es calle Vasconia. Ambas se cierran, rejas de por medio, a las 20 horas de lunes a domingo.

Y ya que estamos en versión plus del parque, también sumó cancha de futbol y de algunos otros deportes que desconozco, como el pingpong y quizás un tenis de poca cancha y existen baños, aunque parecen caballerizas o realmente lo son para los dieciochos.

En los tiempos que lo visitábamos con mi abuelo, no estoy tan segura que llevara por nombre Inés de Suárez. Me acuerdo que ya tenía árboles, pero no tan crecidos, robustos, ramosos, hojosos, como ahora, más que mal la memoria de la que les hablo, data de hace 30 años. Tiempo suficiente para que Plátanos orientales, Liquidámbar, Quillay, Peumos, Pataguas, Espinos, entraran en edad madura. Y en las caminatas con mi abuelo, no todas terminaban en el pasaje Madrid o en el Almac – Líder, sino que también muchas de ellas, las pasábamos caminando por el recinto verde, sentándonos alrededor de los juegos para niños o en alguna banca, desde donde escuchábamos atentas las historias que mi abuelo Titin, nos contaba sobre el barrio, la ciudad y su vida.

Con la llegada de la democracia, el feudo del Fiscal Torres Silva, fue vendido y los privados transformaron gran parte de ese terreno, en áreas verdes y por supuesto en muchos, muchos, edificios altos, modernos, amplios, quienes gozaban con el detalle no menor, de contar como vista panorámica para sus balcones y/o terrazas y como patio para juegos de sus hijos, con ese tremendo terreno verde. Lo que significó que las rejas comenzaron a nacer y rodear y rodear a los edificios, alejando el parque de los que no habitábamos las nuevas y privadas propiedades.  El único espacio de libre circulación para los transeúntes comunes y corrientes, fue el que podías hacer desde la entrada por Avenida Bilbao, hasta darte de bruces con las rejas, que separaban lo municipal de lo privado. Y en lo ajeno quedaban las dos piletas. Pero para el populo quedaba el espacio de juegos infantiles.

En la más resentida, podría decir que no todo fue miel sobre hojuelas para los propietarios del pulmón verde, ya que durante la alcaldía de Labbé, las maravillas verdes de providencia se manifestaban con caballos y sus eses, parrilladas, músicas hasta las horas nonas, gritos, botellazos, borrachos, toda la maravilla ecuestre, poncho, vino tinto, que trae consigo las fiestas patrias, militares. Lo bueno es que el resto del año podían disfrutar las mieles verdes, los aromas de las flores y la belleza de las aguas salpicando de pileta en pileta.

No sé cuando fue exactamente, pero un día el Parque Inés de Suárez, comenzó a llamarse y poder recorrerse desde Bilbao hasta Vasconia o viceversa. Si bien las rejas persisten y se abren en la mañana temprano y te puedes dar un rejazo si intentas entrar después de las 20 horas. Ahora si vas en sábado, domingo, festivo, vacaciones de verano e invierno, podrás contemplar el orden, limpieza que reina ahí. La oda a lo delimitado, ordenado, en fila por favor, los ejes de ciclovías, de senderos peatonales, las dos piletas. Si vas en verano podrás observar las actividades de los Hiptster, que conciertos, que parrilladas veganas. O como nosotros simplemente disfrutar de perros, personas y árboles.

De perros.
En materias caninas, hubo un tiempo en el que acompañamos a un tío, que llevaba a pasear al parque a su perro. Entraba por Vasconia y recorría con la Gita. Gita era su perra, una hermosura y cariñosa, a la que le gustaba le lanzaras un palo, una pelota y ella rauda iba a buscarlo, nunca lo encontraba pero algo traería de vuelta. Cuando no hubo Gita, con mi sisterna Manucita, comenzamos a ir al parque a mirar otros perros, mi hermana a intentar hacer contacto visual, orosal o de tacto con ellos. Porque verano o invierno, en las mañanas y qué decir en las tardes, es el horario de reunión de perros y de dueños hambrientos por echar el tejido (copuchar). Y sin creerme socióloga o antropóloga, ni sacar ensayos, menos conclusiones, el simple hecho de ver a la raza humana rodeada en torno a sus mascotas, es una actividad de lo más divertida.

Y qué decir la contemplación de perros, chuchos, perritos, quiltros, fifís, caras de engendro, hermosos, chicos, enormes, cojitos, la diversidad amplia perruna. Y qué decir de la diversidad de grupos humanos, los siempre destacables por el marco grueso de sus anteojos “Hipster” para ellos, los pañuelos vistozos a la cabeza para ellas; los que hacen yoga al aire libre, los que meditan en medio del griterío, los pelotudos que juegan futbol fuera de la cancha, los perritos que les roban la pelota y algunos nos cagamos de la risa. No faltan los que van al parque a romper las reglas, saliéndose de las ciclovías, los peatones caminando sobre las aguas, los perros lanzándose a las piletas, para después refregarse en el pasto, espectáculos exquisitos.

Un invierno se nos ocurrió ir de picnic con mi hermana, es que no gustamos hacer lo que la masa dice, entonces fue en invierno y un día particularmente frío, por suerte no lluvioso. Llevamos una manta para poner sobre el pasto, comenzamos sentándonos y terminamos roncando. Miramos perros, las copas de árboles, como ya distinguía rama de tronco, entonces jugábamos adivinanzas sobre quién de las dos sabía más sobre ellos. Comimos sambich, nos faltó agua pero como hacia frío ni falta hizo. En los menesteres sedientos, fue que descubrimos que el parque cuenta con baños para caballos, que después que Pepa los eliminó de las festividades, pasaron a ser para humanos. No olvidar la zona de juegos infantiles, aquello del coliseo que cuando llueve como hace unos días atrás, más bien parecía zona de juegos acuáticos, pero es parte del subdesarrollo que nos representa.

Otro día volvimos en la tarde, de hecho era bastante tarde, era verano el clima estaba agradable, pero el día comenzaba a ponerse y por suerte miramos hacia la reja que da a Vasconia y así descubrimos que estábamos a punto de dormir en el parque, encerradas bajo rejas y pues la verdad yo ya tuve una experiencia parecida, solo que en el Cementerio de Las Chacaritas, en Buenos Aires, donde no me pareció tentador dormir junto a Gardel, así que tuve que trepar un muro para poder salir y en la acción, se rajó el pantalón justo en la parte impropia. Es que el salto largo nunca fue mi fuerte.

De árboles.
En materias verdes, el Parque Inés de Suárez, es una soberana poesía. El orden de los productos es aleatorio, pero como son árboles y hermosos donde los plantas quedan. Y como fue hermoseado en épocas de alcaldías más bien tornadas a la derecha, no hay una hoja que no se mueva sin que se entere el mandamás y así también, no hay árbol, rama, que no esté formando una perfecta y alienada fila. Como las filas de los plátanos orientales, que siempre los plantan así, pero no es mérito de este país, sino más bien por un tema estético, para que sus hermosas cortezas queden a al vista, una detrás de la otra y la otra un poco delante de la otra y la otra de la de atrás y así hasta el infinito.

Pero qué tal las filas de Álamos blancos, Álamos simples, Acacios, Arces simples, filas de Patagua, de Quillay, qué decir de los espinos. No negaré que a veces esos órdenes logran unas sombras uniformes y hermosas. Aunque me inclino más por el libre chasconeo. La boca queda cerrada cuando ingresas por calle Vasconia y sientes que más que parque estás en Miami Beach, por la hilera de Palmas chilenas según el especialista arbóreo que hizo el parque, versus lo que he aprendido a través de los libros de Adriana Hofman, diríamos que son Palmas de Mallorca, pero bueno.  No por ello menos imponentes y pese a la rigidez de sus posiciones, no dejan de ser re chulas las condenadas.

Confieso que tuve algunas divergencias en cuanto a lo que ellos denominaron por palmeras, sobre todo porque para ser de México o de Miami Beach, dígase costa tropical, cocos no vi por parte alguna, sí en cambio unas extensiones de troncos allá por los cielos, porque digo yo cómo le haría un mono chileno para subir tales alturas sin marearse y sobre todo, danger, del verbo peligro si se le ocurre lanzar el coco, porque mínimo que si cae, no sea sobre nadie porque lo mata.

Otro aporte que suma el Parque Inés de Suárez y que lo pueden anotar como “aprendiendo en fin de semana, descanso y vacaciones”, es que cada especie de árbol, tiene una ficha con foto, historia e información de orígenes, realizados por la UTEM. Descubrimos que el dibujo y parte de la información está en lenguaje Braille. El pero o lo curioso es que para el invidente, llegar hasta el letrero va estar en chino porque casualmente ¿Qué? No ve poh. Y lo segundo, es que varios de éstos letreros informátivos, están puestos sobre montículos de adoquines, que ejem, ejem, perdónenme pero discúlpenme, si logra llegar, subir, quien sabe como saldrá. Si es que no se saca la cresta antes. Pero la intención es bien mona y se agradece.

Final de cuentas, una actividad entretenida, gratuita, diversa, para hacer picnic. Puede usarla de ruta verde si tiene que ir desde Bilbao a Vasconia o viceversa. También puede ir de pololeo, recostarse, sentarse, revolcarse sole o acompañade en el paste. Cuidado con los mojones de perro, porque aunque hay bolsas para recoger y retirar estos menesteres, como los dueños anda en modo “parque”, no los levantan. Y ahora que vienen las vacaciones de invierno, si no anda adinerado, si no puede salir del país, ni viajar al norte, sur, pues venga al parque, vaya de parque en parque, o de plaza en plaza, a mirar para el cielo, encontrar arboles, perros por el suelo, mirar gente, naturaleza, diversidad de diversidades, es gratis, es entretenido, diferente.

Nosotros así lo hicimos en nuestro día de descanso dominical, en vez de quedarnos echando la modorra en casa. Mejor decidimos poner patitas en marcha y el buen rato nos duró cuatro horas, las mejor pasadas, asoleadas, fotografiadas. Nos reímos del prójimo, de nosotros mismos y cuando el colmillo comenzó a salir de la boca, enfilamos para casita, como diría Palito Ortega, con el corazón contento, lleno de alegría, por haber disfrutado de un día inolvidable.

Datología
Qué: Paseando por Parque Inés de Suárez.
* Quién: Colomba Orrego Sánchez. Periodista y transcriptora.

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