Crónica de un tren en la memoria.

* Por Tamara Norambuena.

Los vecinos de Pudahuel sur hablan casi como leyenda urbana de un tren que se escucha por las noches .Ese eco mítico, que no se escucha en Pudahuel norte, me redibuja el mapa que tengo esbozado en mi cabeza, con la bulla, el gentío y el repicar de los años que en aquel Santiago gris de dictadura permanente; me llevaba en los rieles del tren que partía desde la Estación Mapocho, hasta la Estación de Llay Llay.

Tengo los ojos grandes, lo sé; en aquellos años nunca tuve una máquina fotográfica, ni menos un móvil para guardar tanto paisaje, entonces creo que se quedaron así de grandes para archivar los momentos de mi tren al norte.

Llegar a la Estación Mapocho, me conmocionaba; pues yo la recuerdo así caminando por la calle Bandera hasta General Mackenna, lejos de las expo y conferencias alternativas. Infestada de gente, vivita de fritangas del río, con lustrabotas y kioscos abigarrados de periódicos, dulces y revistas. Recibía mi pasaje de cartón grueso y con el timbre a destino, escogiendo los asientos de tevinil verde del automotor bien lejos del baño para hacerle el quiete a los orines del pueblo.

Podría recitar de memoria las estaciones que me faltaban por llegar y adivinar el momento preciso en que debía pasar revista, el señor que cortaba boletos con una pequeña herramienta que rugía como corta uñas. A veces, cuando las viejas llevaban una montonera de cabros chicos haciéndose los dormidos unos encima de otros; le vi pasar con una regla de madera para saber si estaban en el porte de pagar el pasaje.

Pasado Matucana, saliendo ya de la Capital, llegaba mi momento favorito: Malta, Bilz y Pilsen! gritaba el primer vendedor con esos canastos grandes de mimbre y un trapo para secar botellas colgando del hombro como un símbolo patrio. Malta, Bilz Y Pilsen nuevamente y los republicanos en el tiempo en que ya no existía la República, se mojaban el güergüero para amenizar la conversa, como los pollos que dialogan en el campo.

No me gustaban las bebidas y me siguen no gustando, pero me hacía feliz que pasara el canasto por los pasillos porque sabía que después el mismo señor, cambiaba de canasto para vender la golosina más preciada para mí en esos años: el Turrón Argentino, uno gigante y más largo que los mismísimos chicles jirafa, ese de envoltorio crujiente y en color calipso.

Así una vez, disfrutando mi turrón y pasado la Estación de Til Til, vi el busto del Húsar con una pañoleta y una corona de flores que anunciaba: Frente Patriótico Manuel Rodríguez, en mi alma de cabra chica, le pregunté a mi padre, me explicó y me alegré profundamente siguiendo mi viaje con una esperanza clandestina y conspirativa.

Saliendo de la Estación de Rungue abría más mis ojos, en una loma y toda solitaria se veía la Escuelita de Montenegro, una casona de campo con un árbol enorme al costado y mientras pasaba por ahí me repetía: algún día haré clases en esta escuelita…Aún no lo logro, ni si quiera sé si ya existe, pero me lo he jurado de por vida.

Al pasar la cuesta de las Chilcas, venía el momento más excitante…mirar desde la pendiente y colgando del riel, la famosa Pata del Diablo, donde otrora no era difícil encontrar uno que otro bus accidentado en sus quebradas, a orilla de carretera un almendro que florecía antes que todo para anunciar la primavera y la pintura de la publicidad de Dominal como un fresco en las rocas.

Ese desfiladero angosto y estrecho, me producía angustia como a los romanos, pero ya los dedalitos de oro en la línea, danzando al ritmo del viento-viento; me anunciaban que llegaba a mi destino…un par de kilómetros y se veía la Estación de Llay Llay.

Los trenes nunca sabrán ni se escucharán como los trenes de antes, el dictador cerró para siempre la Estación Mapocho y los pseudo demócratas la convirtieron en rentable para los brazos del mercado y los mercanchifles. Los trenes ya no se escuchan lamentando Platapapan y ya no despido a los pasajeros de otros trenes alzando las manos frente a la casa de mi abuela…Sólo queda la línea que unía la Estación Central con la Estación Mapocho y que se ve debajo de una casa abandonada frente a la Quinta Normal. Los Trenes que pasan por Til-Til ya no llevan pasajeros, ahora llevan mierda y a eso, le llamamos desarrollo.

Datología
Qué: Crónica de un tren en la memoria.
* Quién: Tamara Norambuena. Profesora.

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