Callejear, vivir la ciudad cuerpo a cuerpo.

* Por Vólker Gutiérrez Aravena.

“Cuanto menos camine uno por la ciudad más alarmante parece,
y cuantos menos caminantes,
más solitaria y peligrosa termina siendo realmente”.
Rebecca Solnit

“Andar y andar, siempre andando,
nada más que por andar”.
Facundo Cabral

 

Desde que la ciudad surgió -pequeña, mínima, aldehuela apenas-, de seguro no hubo trazado planificado de calles, sino que el uso de pasillos intersticiales entre las chozas o de antiguas rutas que comunicaban con poblados vecinos las crearon a punta de dejar huellas no más (“golpe a golpe, verso a verso”). Pero al expandirse los caseríos, en la medida que el sedentarismo y el intercambio comercial se afincaron, hubo que ordenar y dibujar. Así surgieron plazas y calles, elementos paradigmáticos que terminaron por definir al espacio público y a las urbes mismas.

Las ciudades llegaron a contener cientos y miles de habitantes (en algún instante de la Roma imperial vivió ahí un millón de personas; y en la mesoamericana Tenochtitlán, en medio de un lago, trescientas mil). Ya en aquellos tiempos existieron normativas para trazar las vías internas de las ciudades y muchas de ellas fueron despojadas del polvo y cubiertas de empedrados para facilitar el desplazamiento de gentes, animales y carruajes.

Fue en Grecia, específicamente en Mileto, donde Hipodamo propuso y diseñó el trazado con calles ortogonales que se cruzan en ángulos rectos, el más usado de los que conocemos. Pero también muchas ciudades se adecuaron a las circunstancias y a la geografía enrevesada en que se asentaron, de donde emergieron vías curvilíneas, como las que surcan los cerros en nuestro Valparaíso. Incluso, a inicios del siglo pasado, bajo la inspiración del austriaco Camillo Sitte, en el mundo occidental al menos, se promovió ex profeso distritos de calles serpenteantes, tal cual ocurrió en el santiaguino barrio París-Londres, que emularon la fisonomía de las aldeas medievales, buscando sorprender al paseante, como invitándolo a revivir un sentido lúdico del habitar.

Ya con el proceso industrializador en marcha, desde el siglo XIX, las urbes (y la vida urbana) se desataron por doquier, con un peregrinaje permanente y creciente desde las zonas rurales, ayudadas por ingenios como el ferrocarril. Barriadas diversas excedieron los estrechos moldes de los cascos históricos, y plazas y calles se transformaron en el alma de las nuevas ciudades. Pero muy pronto, los ciudadanos de a pie debieron compartir los espacios públicos con otro artefacto que pobló las urbes y asumió un rol protagónico: el vehículo a motor.

Amén de los automóviles y de la locomoción pública en la superficie, en las últimas décadas complejos procesos sociales, económicos y de otro orden han tornado más peligrosas a las ciudades y las han llevado a ensimismarse, a irse para adentro, privilegiando los espacios privados. Por ello, el italiano Francesco Tonucci dice que si antiguamente lo peligroso estaba en el bosque, afuera de la ciudad, hoy en día la amenaza parece venir desde el interior de ellas. Además, las ciudades y sus calles se han fragmentado de manera tal que, de constituirse en lugares de encuentro y sociabilidad, han devenido en sitios de mero tránsito donde prima la ajenidad.

Para muchos seres humanos de hoy, las ciudades han perdido encanto (en su sentido literal) y no son vistas sino como un frío receptáculo despojado del contenido que le daban las relaciones cotidianas entre sus habitantes. Recordarán algunos lectores que en la solicitud que un vecino hacía a otro de una taza de azúcar, de un hilo para zurcir o de un poco de aceite, más allá de la ayuda en la precariedad estaba también el valor de reconocerse en la solidaridad, en estrechar lazos comunitarios. En medio del tráfago cotidiano y del afán maximizado por producir, una figura surgida en las primeras urbes contemporáneas, el flâneur, el observador relajado del entorno, hoy parece no ser posible; es un personaje tan extraño y vapuleado como los antiguos ermitaños de las carreteras.

En este contexto de una realidad escindida, con relaciones interpersonales motivadas solo por un utilitarismo productivo, donde el cadáver de un hombre que ha fallecido intempestivamente en medio de un supermercado es escondido al interior de una carpa y no detiene las ventas; en estas ciudades privatizadas en que nos llenamos de rejas y vallas, físicas y mentales, para escondernos de los otros, pareciera que estamos también perdiendo la esencia gregaria que nos hizo enfrentar con éxito las inclemencias y peligros del entorno del ser humano.

Por lo mismo, hay actos que hoy en día, de ser sumamente naturales, han pasado a ser una suerte de resistencia al declive de la construcción colectiva. Así se puede entender la conversación distendida que solo busca establecer lazos comunitarios. Y de la misma forma podemos asumir el ejercicio de recorrer las calles de la ciudad sin otro motivo que reconocernos en ella, de asir su ser y su espíritu.

Vivir la ciudad cuerpo a cuerpo.

Las calles no solo cumplen el fin de llevarnos de un lugar a otro, de transitar hacia un destino cualquiera, sino que también están para entrelazarnos con la ciudad. Son ellas el recipiente, el cuenco donde mejor se cocina el amasijo entre el habitante y su urbe, a fuego lento, cara a cara, cuerpo a cuerpo. Muchas veces los padres reconvienen a sus hijos por pasar mucho tiempo fuera de las casas y los motejan de callejeros, de modo tal que el adjetivo, históricamente, tiene una carga negativa.

Pero hoy corren, o debieran correr, otros vientos. Frente al encierro de las ciudades y de los ciudadanos, callejear se torna un acto subversivo como dice el francés David Le Breton, quien también en su “Elogio del caminar” escribe que este ejercicio “es un modo de conocimiento que recuerda el significado y precio de las cosas, un rodeo fructífero para reencontrar el goce del acontecer”. O sea, agregamos nosotros, vivir buenas horas caminando las aceras, incluso con lluvia o frío o a pleno sol, nos lleva a bien ponderar las ciudades que hemos construido generación tras generación, a conocerlas en su justa dimensión para, de ahí, dar el paso sustancial de quererlas y protegerlas. Y con el cariño a la ciudad, necesariamente brota el afecto por sus habitantes, los ciudadanos, los otros con quienes debemos seguir transitando el mundo y su historia.

Callejear es la consigna. En un estudio se explicaba que de los resabios de los tiempos prehistóricos a los hombres contemporáneos nos queda la costumbre de caminar sin mirar hacia arriba (de donde antes no venía peligro alguno), por lo que hay muchas cosas del paisaje que no las vemos y no las incorporamos a nuestro acervo. Pues bien, la propuesta es deambular por las calles con los cinco sentidos en alerta, apuntándolos en todas las direcciones posibles, como escrutando el espacio infinito o una célula microscópica, al ritmo cardíaco que impone el cuerpo de cada cual.

Así reconoceremos las profundidades y extensiones de la ciudad, haremos descubrimientos por cuenta propia, sabremos mejor de sus fortalezas o falencias y, lo más trascendente, nos apropiaremos de ella, de su pasado y su presente. Y claro, si después opinamos, “metemos la cuchara”, nadie mejor que nosotros mismos, los callejeros, para decir lo que sobra o falta a la ciudad nuestra de cada día.

Es cierto que en las grandes ciudades actuales, donde apenas reconocemos a algunos de los que nos rodean y nos conviven, nos atemoriza la otredad. Pero el callejón sí tiene salida. Más allá de las acciones que dispongan las autoridades para resguardar la seguridad en los espacios públicos, con medidas que apunten sobre todo a la prevención y al cuidado más que al establecimiento de un estado policíaco, somos los propios ciudadanos, los urbanitas, quienes debemos tomarnos las plazas y las calles para que, en ese encuentro con los demás, nos demos el buenos días, nos apretemos las manos, nos preguntemos por la jornada anterior y por nuestros sueños. Y hagamos ciudades seguras en ese reconocimiento mutuo. Para ello, callejear es una alternativa plausible, además de económica, saludable y amigable con el medio ambiente. A la altura del ser humano, como dice Le Breton. Cuerpo a cuerpo.

Datología

Qué: Crónica “Vivir la ciudad cuerpo a cuerpo”.

* Quién: Vólker Gutiérrez A. / Periodista /Profesor / Fundador y Presidente Cultura Mapocho / Director Letra Capital Ediciones.

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