Comentario documental: “Venían a buscarme”, de Álvaro de la Barra.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

A veces sucede, al leer un libro o ver una película, que te dejan muda, como en trance, en shock. Sensaciones tan fuertes que impiden emitir sonidos y sin embargo, en el interior, las ideas y emociones revolotean a mil por segundo. Como cuando tienes la oportunidad única e irrepetible de contemplar el rayo verde.

Así me sucedió cuando vi, junto a mi sisterna Manucita, “Venían a buscarme”, el documental de Álvaro de la Barra. No están para saberlo pero ya saben que se los contaré, que ni bien me enteré que lo habían estrenado en la Cineteca, quise verlo. Porque me interesó y además porque cuando me contaron más menos de qué trataba, quedé helada, ya que esa misma historia pero sin que la protagonizara un niño, mi papá nos la contó muchas, pero muchas veces, a lo largo de nuestra vida infantil y adolescente.

Sinopsis.
Mis padres, militantes revolucionarios, murieron ejecutados en la esquina de mi jardín de infancia en una emboscada. Yo crecí en el exilio, clandestino y con la imagen heroica de mis padres como pareja y como luchadores sociales. Ahora, yo busco recuperar mi identidad intentando así, conocerlos a ellos.

 

Sobre el documental.
Esas cosas raras que pasan, tenía tantas ganas de ver el documental, conocer la historia de este niño, era como una curiosidad morbosa, lo confieso, volver a revivir en imágenes lo que mi papá tantas veces nos narró. Y sin embargo, cuando la vi, las sensaciones fueron tales de tristeza, desolación, que no sé, no me arrepiento en lo absoluto de haberla visto pero…

Sucede con esas historias tan personales, que uno se encariña con el personaje principal, en este caso Álvaro, el niño que ya creció y que ha vuelto a Chile, Santiago y Valdivia, en busca de la historia de sus padres. Su realizador, más allá de la historia, es realmente exquisito, tanto de niñito (como se ve en el afiche), como ahora que está grande, con ese tono de piel de quién vivió del otro lado de la línea del Ecuador, sumado a esos ojos preciosos y su acento tropical, como que dan ganas de ir a buscarlo, abrazarlo y quedarse para siempre con él.


Pensaba mientras la veía, que me gustaría conocerlo, alguna vez le comenté esta historia a un amigo, que ofreció ubicarlo para que le contará la historia que yo sabía, pero no acepté. Porque es la historia de mi papá y él ya no está para contarla con todos los detalles, los míos son solo recuerdos, ya que para ese entonces, yo tenía cuatro años de edad.

Si cierro los ojos y pienso en el documental, inexorablemente un aura de tristeza revolotea en el ambiente y cómo no va a ser así, si la historia es triste desde el principio: un niñito de tres años queda huérfano, ya que a sus padres los asesinan en la esquina de su jardín infantil. Sumado a que él hoy es un hombre grande, que ha vuelto a Chile, a reconstruir el vínculo entre sus papás y él y de paso, recuperar su identidad.

Las imágenes siguen sucediéndose, la voz en off del director, narra trozos de su infancia después del asesinato de sus padres. Se ha transformado en una suerte de hermoso objeto, que todos los amigos y parientes quieren cuidar y proteger. El peligro acecha por todas partes, lo llevaron donde sus abuelos maternos y al pasar los meses reciben un dato que es mejor llevárselo y a las horas llegan a ese lugar. Ha llegado la hora de sacarlo del país. Ahí es la secretaria de su tío quién lo inscribe como hijo propio para poder enviarlo a Francia, su primer destino, en casa de la tía… este objeto querido y preciado llega con instructivo de cómo debe ser cuidado y a qué horas hay que darle comidas y bañarlo.

Después el viaje que lo llevará hasta su destino más asentado: Venezuela, al cuidado de su tío Pablo, hermano del papá, quién lo criará y advertirá sobre lo que no debe decir, ni hacer: “me decían que no debía contar quien era, cuál era mi nombre verdadero, quiénes eran mis padres”.


De fotografías.
Y entre historias e historias, Álvaró también suma las suyas con el tema fotografías, por las casi ninguna que posee de sus padres, qué decir de una, al menos una en que los tres estén juntos.

El tema de la foto, en lo personal, es más que una constante. Recuerdo que fue en el docu sobre “Hornos de Lonquén”, que por primera vez en la vida, tomé conciencia sobre lo que significa tener una foto de tus seres queridos, sobre todo cuando éstos, han sido asesinados. En el caso de Lonquén, la señora de Maureira, no tenía fotos ni de su marido, menos de sus hijos. Y en base a retratos hablados, fue que le hicieron la primera imagen de esa familia que ya no volvería a ver más.

Después qué decir, a la hora de hacer la lista de los desaparecidos, de los 119, de los ejecutados. Uno que tuvo la suerte de vivir rodeada de familiares buenos para la fotografía y por tal, posee tantos, tantos, registros de lugares, cosas, árboles, abuelos, primos, tíos, familiares re contra muertos, onda tátara y recontra tátara no puedo dejar de sentir pudor o al menos, valorar lo que se tiene…

Entonces cuando Álvaro, habla, casi al final de su documental, de la tristeza que resulta ser hijo de revolucionarios, que en su clandestinidad constante, no hubo tiempo para tomar una foto de los tres. En vez y después de mucha observación, lo que posee es una foto de él bebé, cuando estaba comenzando a tenerse en pie y en la que descubrió que junto a él, hay un perfil de cuerpo, que vendría siendo su madre y la sombra del fotógrafo, que vendría siendo el papá.

Y vuelvo a pensar en cierto día en que me peleé con una amiga porque le dije que encontraba que los revolucionarios, eran unos estúpidos egoístas, porque si querían construir un mundo nuevo, pues si llegaban a esos momentos, ahí que se pusieran a tener hijos, porque dejarlos huérfanos y con este país que la verdad no se le ve el esfuerzo de esas vidas asesinadas, por ninguna parte. Obviamente que esta amiga me comió viva y dijo, además de insultarme al son de huevona y otros garabatos, que yo era una pequeña burguesa y que no entendía nada. A lo que picota respondí: que sí, que seguramente lo era y a mucha honra, pero que en todo caso, encontraba que si todos los niños del mundo, pudieran ser pequeños burgueses como yo, al menos cumplirían con lo exclamado por José Martí: “los niños nacen, para ser felices”, y no para tener unas vidas amargas, llenas de tristezas y desolaciones, ausencias y mucho, mucho sicólogo.

Que si no, miren el documental “El edificio de los chilenos”; lean entrevista a su realizadora Macarena Aguiló, aunque su caso es extremo; sumen cultura y vean “El terrón de azúcar” de la hija de Patricio Guzmán y antes que nada, no dejen de ir a ver a la Cineteca, “Venían a buscarme”.


Otra vez al documental.
En materias de séptimo arte, género documental, esta cinta realmente es muy, muy buena, triste, desoladora, pero no por ello menos delicada, tierna, cálida y buenísima ¿puede algo ser bueno y triste? Sí. Con mi sisterna lo fuimos a ver a la Cineteca. La están exhibiendo hasta el 4 de julio, en el microcine, hay que llegar con tiempo porque tal como lo dice su nombre, es micro y se llena con facilidad, cosa que es muy buena.

El estilo de narración mezcla la voz en off de Álvaro de la Barra, con imágenes de él encontrándose con familiares, amigos de sus padres; manteniendo conversaciones con todos ellos, con los cuales mirando a cámara a veces y otras conversando entre ellos, como si estuvieran en el living de la casa, le cuentan anécdotas de sus padres, de él cuando chiquito.

El ritmo es cautivante, atrapa mientras te secas lágrimas y suenas los mocos, porque la historia está tan bien contada, tan personal, intima, es tan impresionante todo. Álvaro, director, persona, hijo, es tan amoroso, lindo, guapo, simpático, lo que cuentan los entrevistados aporta a esta historia que mantiene, a los espectadores, en la punta de la silla.

Es del año 2016 pero vio la luz este 2018, tiene una duración de 84 minutos, que pasan como aguita por los dedos, guión y dirección es de Álvaro de la Barra, la fotografía de Carlos Vásquez Méndez, Inti Briones y Jackson Elizondo. Es un trabajo cinematográfico que no hay que perderse, tanto porque es la manera que tenemos de conocer nuestra historia, los parajes desoladores de ésta, como porque lo bueno hay que rescatarlo y hacerle mucha propaganda.

Y para que no digan que cuento las cosas a medias, porque si mencionas algo, debes justificarlo, aquí les dejo la historia que mi papá siempre nos contó sobre los De la Barra Puga….


La historia que me contaron.
Corría 1974, llevábamos un año y tantito más, sobreviviendo al golpe de Estado que derrocó el gobierno de Allende, cuando con mis padres, hermanas y yo, fuimos a vivir a una casa ubicada en Busto 2170, en la comuna de Providencia, que había sido de la primera esposa de mi papá.
La casa, era como las de esa parte de Providencia, es decir, grande, espaciosa, de dos pisos, con antejardín y patio trasero, con árboles en los dos espacios verdes, con porche adelante, de ventanales altos, techos ídem. Llegamos a vivir, un poco para desarmarla y mandar objetos y otros a Carmen, primera mujer de mi padre y también, para habitarla, ya que tenía el arriendo pagado hasta fin de año y como estábamos en la calle, de la amargura económica, tras la expulsión de mi papá de la Chile.

Y sucede que ésta casa, colindaba, desde el patio trasero, con las oficinas administrativas de la Embajada de Venezuela. Obviamente, al poco vivir ahí, nos transformamos en los vecinos más frecuentados del barrio, lo que también provocaba sospechas en la cuadra, por aquello que los habitantes de por ahí, sumaban en pro Pinochet, adoraban el toque de queda porque así podían dormir tranquilos y las señoras casi todas, vestían abrigos de pieles, algunos falsos otros verdaderos y mucho, mucho anteojo oscuro a lo mujer mosca y por fin, habían guardado las cacerolas, algo abolladas de tanto golpearlas, en el lugar adecuado. Pese al escenario, mi papá continúo haciendo de enlace con cuanto compañero comunista, amigo socialista, uno que otro mirista, para saltar la pandereta y quedar asilados en la embajada, ya que la DINA les venía pisando los talones.

Con ese oficio particular, que mi papá había adquirido, es que Don Pedro (De la Barra), como le decía mi padre y por quien profesaba un gran cariño y respeto, seguramente le debe haber pedido que intercediera con su hijo Alejandro y su nuera Ana María Puga, para que se asilaran también.

La historia que mi papá nos contaba, era justamente del día en que asesinaron a Alejandro y Ana María. Habían quedado de reunirse cerca de nuestra casa, pero como tardaban y la paciencia nunca fue su cualidad, decidió salir a encaminarlos. En esos pasos, es que escucha la balacera que estaba sucediéndose en Bilbao con Andacollo. Mi papá alcanzó a llegar hasta Busto esquina Rodo, porque de cordillera a centro, avenida Francisco Bilbao estaba acordonada y cerrada. Al día siguiente, al leer las noticias, confirmaría que los asesinados habían sido los papás de Álvaro de la Barra Puga. Pero el detallito que mi papá nunca nos mencionó, fue que éstos jóvenes tuvieran un hijo, no sé si porque no lo sabía o para no asustarnos.

De nuestra vida en esa casa, nadie volvió a visitarnos, tampoco volvieron a interesarse por conocer el huerto que mi mamá tenía en el patio trasero. Aquellas personas que entraban a la casa, nos saludaban, no se iban, pero tampoco las podíamos encontrar por ninguna parte, no volvimos a verlos más. En diciembre de ese año, dejamos Busto 2170 para marcharnos con rumbo a México.

Así que ya sabe, no pierda pisada y vaya al microcine de la Cineteca a verla. Y si le gusta, no deje de comentarla en familia, con amigos, para que más y más personas puedan ver y conocer esta historia.
Totalmente recomendado!!!

Datología
Qué: Comentario cine documental “Venían a buscarme” de Álvaro de la Barra.
* Quién: Colomba Orrego Sánchez.
Dónde: Microcine, Cineteca nacional hasta el 4 de julio – 19 horas / Sala K, Condell 1307, Providencia – 27 de junio – proyección y conversatorio con el director – 19 horas / “Insomnia Teatro Condell”, Condell 1585, Valparaíso – 3 de julio – 19 horas / Sala Microcine, Centro Cultural Municipal, Independencia 479, Ovalle – 28 de junio – 19:30 horas / Sala Artecón, Blanco 1213, Constitución – 28 de junio – 20:00 horas / Cine Club Universidad Austral de Chile, Campus Isla Teja, Valdivia – 28 de junio – 19 horas.

 

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