El lago de los cisnes: Ballet Nacional de Rusia en Chile.

Entre el 28 de marzo y el 8 de abril, el ballet nacional de Rusia, aterrizará en Chile, para que los amantes de la danza, puedan deleitarse como ni se imaginan puede hacerse.

Durante ocho días, el staff del ballet nacional de Rusia, viajará por diversos lugares de Chile, demostrando que pase el tiempo que transcurra, son y serán los mejores.

En esta ocasión vienen presentando “El lago de los cisnes” y las ciudades favorecidas para esta poesía son: Antofagasta, Copiapó, Viña del Mar, Coquimbo, Puerto Montt, Temuco, Concepción, Santiago.

Las entradas están disponibles en puntoticket y las funciones, en su mayoría son a las 21 horas.

El Lago de los cisnes.
Basado en el cuento alemán El Velo Robado de Johann Karl August Musäus y con la música de Piotr Tchaikovsky, El Lago de los Cisnes tuvo su primera función hace 100 años en Moscú y desde ese momento se transformó, hasta la actualidad, en la obra de ballet más importante y trascendente de la historia de dicha disciplina artística. La música, trama, coreografía, vestuario, entre otras cosas, la han empinado como una pieza de arte única.

El Lago de los Cisnes es la historia de amor entre el príncipe Sigfrido y la frágil Odette, a quien el perverso hechicero Rothbart ha condenado a ser cisne durante el día y bella princesa en la noche. Pese a los engaños del brujo y de su hija, la malvada Odile, el príncipe hará lo imposible para torcer el destino y sellar su amor.

La historia del Ballet Nacional Ruso.
La contemporánea formación del ballet, está dirigido por Tatyana Panteleeva, quien también tiene a su cargo la coreografía. La compañía está formada por 25 bailarines en escena.

Su aparición data del Renacimiento italiano. Posteriormente Catalina de Médici, una aristócrata italiana contrajo nupcias con el rey de Francia Enrique II. A causa del enlace, la reina consorte introdujo la danza en la Corte del país galo. Y fue otro rey, Luis XIV, quien sembraría la semilla de lo que es hoy el ballet clásico.

Durante los siglos posteriores este espectáculo estaba reservado para la nobleza. En Rusia ocurrió lo mismo desde su aparición en el siglo XVIII, hasta su posterior democratización 200 años después.

Marius Petipa, el gran coreógrafo francés, se marchó a San Petersburgo para enriquecer la danza predilecta de los zares. Creó un nuevo estilo que marcaría una época dorada entre los bailarines. El maestro alumbró el Ballet Imperial con un sofisticado sentido de la estética que sustituyó al romanticismo.

Petipa, además de crear las grandes coreografías, formó a grandes leyendas del ballet y a los futuros vigías de este arte -durante la revolución bolchevique y la creación de la Unión Soviética- hasta su muerte en 1910. Los teatros imperiales, como el Mariinsky (conocido como Kirov durante el periodo soviético) en San Petersburgo y el Bolshói en Moscú, fueron testigos de la obra magistral de Petipa. En esos espacios, símbolos de la burguesía y la nobleza, los mejores bailarines danzaron sobre las puntas de sus zapatillas, mientras dotaban de pasión a las grandes obras del maestro.

Las piezas de Petipa han definido la tradición del ballet ruso y también han determinado la hegemonía soviética sobre esta danza en Occidente. Hasta el día de hoy el legado de Petipa sigue teniendo eco en las grandes academias.

Tanto el ballet como el teatro constituían parte de los privilegios culturales de la burguesía y de la aristocracia. De esta manera, con el estallido de la revolución rusa en 1917, cualquier símbolo imperialista era antónimo a la soberanía popular.

La abdicación del zar Nicolás II dio lugar a un gobierno provisional que terminó con el ascenso del líder bolchevique Vladimir Lenin, un hombre muy ilustrado y empapado del marxismo. Una vez instaurada la República Federal Socialista Rusa Soviética (RFSRS), Lenin empezó a crear las bases de un nuevo modelo de gobierno. En el se buscaba democratizar aquello que el proletariado ni siquiera sabía que existía: el arte. Se buscaba un éxodo de aquella miseria ilustrativa que mantenía a las masas en aquel feudalismo obsoleto. Para ello el gobernante se apoyó en sus hombres de confianza, entre ellos Anatoly Lunacharsky. En él depositó la responsabilidad de reestructurar la cultura rusa y ponerla en bandeja a las masas para que estas pudieran disfrutarla de manera gratuita.

A partir de ahora la cultura sería un bien del Estado, para ello liberaron de impuestos a los teatros, y los grandes dramaturgos trabajarían y compartirían su genialidad para el entretenimiento y educación popular, eso sí bajo una fuerte propaganda comunista. Ambos coincidían en educar a su pueblo a través de las artes, o al menos estas jugarían el papel más importante en la difusión de los valores socialistas. Los mejores pintores, dramaturgos y compositores estarían al servicio de la propaganda del Estado.

Existía un gran número de radicales entre los bolcheviques que buscaban exterminar todo aquello que representó a la aristocracia. Sin embargo, Lunacharsky -quien ocupaba el cargo de Comisionado del pueblo para la Instrucción- se encargó de proteger espacios y prácticas que enriquecían la cultura. Uno de estos fue el teatro. Aunque Lunacharsky buscaba cuidar la tradición -para que todo aquello que disfrutó la burguesía llegara de manera inmaculada al colectivo-, Lenin trató de darle un nuevo sentido nacionalista. Buscaba un alumbramiento de nuevos espectáculos con temáticas proletarias en los Teatros Bolshói y Mariinsky.

Estas obras habían de tener principalmente un sentido nacionalsocialista que empatizara con la revolución y el espíritu luchador de la clase obrera. Para esta misión agrupó a los grandes maestros de la escena dramática, entre ellos Meyerhold.

Mientras Lenin y Lunacharsky se volcaron en el teatro, dos grandes visionarios apostarían por la danza. El empresario Serguei Diaguilev y Agrippina Vaganova (discípula de Marius Petipa) fueron los grandes responsables de que el ballet imperial sobreviviera a los bolcheviques.

El legado de Patipa sería rescatado por un visionario de las artes escénicas, el empresario Serguei Diaguilev, quien creó los Ballets Rusos. Lejos del ajetreo bolchevique, la compañía respaldó la formación y estelarización internacional de los grandes bailarines salidos del Bolshói y del Mariinsky. En esta academia se forjaron las leyendas del ballet clásico que triunfaron en Europa y que posteriomente dotarían de misticismo a los escenarios de la URSS y del mundo entero.

Entre ellos destacaron George Balanchine (posteriorme fue coreógrafo, el cual se hizo famoso por implementar el género neoclásico), Vaslav Nijinsky, Ida Rubisntein y Anna Pavlova (convertida en un mito en la historia del ballet por la muerte del cisne). Mientras los Ballets Rusos hacían giras por Europa recogiendo los vítores de los escenarios más prestigiosos, Agrippina Vaganova formaría a otras grandes promesas de la danza, bajo la oscuridad bolchevique.

La Unión Soviética, hasta su desintegración, controlaba toda la cultura del ballet. Casi no concertaban giras internacionales y con ello la danza allí no experimentó apenas ningún tipo de evolución; de esta manera, permanecía anclada en la tradición y en la estética de Petipa.

Este arte vivía un apogeo en Estados Unidos y en Europa. La danza contemporánea (fruto de la globalización y el intercambio cultural) se había convertido en el nuevo credo del movimiento. Todo se basaba en la estética y, por supuesto, en la innovación. Elementos en los que los coreógrafos se impulsaron para conquistar al público con grandes expectativas.

Sin embargo, tras la ruptura de la URSS en 1991 el ballet ruso sufrió un éxodo. Al abrirse las fronteras los artistas se dieron cuenta de una carencia en la retroalimentación con otros mundos, y su percepción en el exterior solo era fruto de la óptica del Estado. Lo que fue su coartada cultural durante el periodo soviético, una vez desintegrado el bloque comunista, la tradición parecía no tener ya ningún sentido. De esta manera, comenzaría el declive del ballet ruso.

A comienzos de este nuevo siglo las grandes compañías rusas como el Bolshói, el Mariinsky, Mihailovski etc, experimentaron un enriquecimiento cultural. Los coreógrafos nutrieron su visión en la danza mientras absorbían el impacto que ejercían los otros mundos sobre los grandes y pequeños escenarios.

La apertura al exterior y la incorporación de nuevos talentos permitieron a los coreógrafos resucitar el ballet de la URSS. Ellos otorgaron una mayor fluidez a este arte, comulgando con nuestro mundo dinámico.

De esta manera, las compañías sobrevivieron a los años oscuros de la indiferencia bolchevique y, posteriormente, a la celosa Unión Soviética. Gracias a ese don innato de los rusos, a la apertura, a la expansión y a la formación de nuevos bailarines que enriquecieron el arte del movimiento.

Fecha por ciudades.
28 marzo – Antofagasta – Enjoy Antofagasta – Puntoticket
29 marzo- Copiapó – Teatro Municipal de Copiapó – Puntoticket
30 marzo – Viña del Mar – Enjoy Viña del Mar – Puntoticket
31 marzo – Coquimbo – Enjoy Coquimbo – Puntoticket
3 abril – Punta Arenas – Casino Dreams – Ticket Pro
5 abril – Puerto Montt – Arena Puerto Montt – Puntoticket
6 abril – Temuco – Teatro Municipal de Temuco – Puntoticket
7 abril – Concepción – Teatro U. de Concepción – Puntoticket
8 abril – Santiago – Teatro Coliseo Santiago – Puntoticket

Datología
Qué: Ballet Nacional de Rusia: El lago de los cisnes.
Cuándo: Marzo: 28, 29, 30 y 31. Abril: 5, 6, 7 y 8.
Horario: 21 horas.
Entradas: Puntoticket
Patrocina: Embajada de Rusia.
Informaciones: ballet@unpanorama.cl
Link: http://redey.es/LagoCisnes2018

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