Abrazo de árbol.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

Cinco ramas / siete ramas / doce ramas / Así todos remando los remeros remadores.
Doce hojas veinte hojas y cien hojas / Y los remeros remando / los remeros remadores / remando vida arriba.
Una montaña al cuerpo de un árbol cabizbajo / Un arcoiris dejando una nube de mariposas tras sus pasos / Un árbol que se yergue y cierra el paso a la muerte.
(Vicente Huidobro – Poema para hacer crecer los árboles. 1975)

El inicio del año 2017, fue realmente más tremendo de lo acostumbrado para los árboles. Durante el verano, con eso del cambio climático o más bien, la sequedad del ambiente que provocan las altas temperaturas, aunque ya sabemos que también hay un poco de complicidad política en cuanto a los criterios mercantilistas de Colbun en el sur, de hacer uso ilimitado de los suelos para plantar árboles que erosionan la tierra y así al poco tiempo talarlos, molerlos y transformarlos en materia prima para papel. Pero el asunto es que inicio el verano, dígase febrero del año pasado, temporada estival para muchos ciudadanos chilenos y los que nos quedamos en la capital, planeado a dónde encaminar nuestros pasos, nos vimos en la disyuntiva de quedarnos a achicharrar literalmente por las llamas de los bosques incendiados de Santiago o bien, migrar hacia el sur donde estaba sucediendo lo mismo o, enfilar al norte a tomar un poco más de sol, mirando el mar.

Y hoy que estamos en pleno aniversario luctuoso de esos malos días, caminando en un nuevo verano instalado pero del 2018 y al menos, en mi comuna, Providencia, más seguido de lo que quisiera, escucho la sirena de los bomberos pulular. Y no puedo evitar pensar, no tanto en las casas o edificios, que deben estar ardiendo, sino que en los árboles quemándose.

Todos aquellos miles de árboles que el verano 2017, desde finales de enero y durante febrero, murieron bajo las llamas de manos irresponsables, sospechosas también, que no llegaron a pasar una hora tras la rejas, mientras las miles de hectáreas muchas milenarias, transformados en carbón, no volverán a enverdecer jamás.

Y es como un dato anecdótico, las personas comunes y los medios de comunicación lo hablan como algo que pasó hace mucho tiempo y sobre todo, como si nunca más pudiera volver a suceder.

O quizás, porque les vale madres, o porque no tienen conciencia de la gravedad e importancia del hecho. Pero a mí no me da lo mismo, sí me importa y no puedo, no he podido dejar de pensar en ello. Así como tampoco he logrado escribir sobre el tema, intentando modesta e ingenuamente, influir, enseñar, concientizar, sobre la importancia y el valor del ser vivo, árbol.

Mi historia arbolaria.
Si nos remontamos al ombligo egocéntrico, les contaré que comencé a tomar conciencia de la existencia de los árboles desde chica. Siempre he vivido, para mi suerte, en lugares en donde ya sea cerca o rodeada, he tenido árboles para mirar. Y en aquella acción repetida, de quedarme mirando hacia un punto fijo, aparentemente sin que me vuele una mosca. ¡Sorpresa! No se me iba una. Fotografiar mentalmente todo lo que me rodeaba, casas, personas, calles, lugares, letreros, árboles. Para después usarlos como migas de pan para el regreso a casa, o para escenografiar mis sueños oníricos.

En materias familiares, también los árboles han estado muy presentes. Ya fuere en las infancias pater and mater, al son de los lugares de veraneo, fueren estos campos invitados o fundos propios, rodeados de verdes frutales y ornamentales. Sumado a las historias de bisabuelos y sus casas rodeadas de Ginkgo biloba, Liquidámbar, Pataguas, Catalpa, Olmos, etc.,

La primera vez que supe aquello de la flora nativa, fue en 1987, cuando recién habíamos regresado a Chile, mis padres y yo, viviendo de allegados en la casa de mis abuelos paternos y en las caminatas que hacía con mi abuelo “Titin”, por las cercanías de la casa, un día le pregunté por el Plátano Oriental, que ornamenta por parejo, las calles de Manuel Montt, Miguel Claro, Antonio Varas y Román Díaz y me contó que pese a su belleza de tronco, altura, las ramas semejando una mano extendida con sus cinco o seis dedos, la forma de sus hojas , no era oriundo de Chile, sino que de países más cálidos, donde no le faltaba ni humedad, menos agua y sus semillas, al secarse, no volaban por los aires expandiendo alergias. A diferencia de otros que sí son locales, también ornamentales y que son de hoja caduca como el Peumo, Patagua, etc.,

Después vendría la pasión y placer por abrazarlos, que mi culta e informada sisterna Manucita, me contaría que es costumbre milenaria hacerlo, sobre todo para descargarse de malas energías, que ellos se comunican entre sí, siempre lo intuí, si lo hacemos nosotros por qué ellos no. Y parte de esas certezas llegaron al son de películas como Bambi, El libro de la selva, La historia interminable.

Años después, participaría en un taller de sueños e interpretación de los mismos, al son de Junge, en donde el símbolo “árbol”, es vital, tan vital como él mismo.

Llegando a un tiempo actual, de unos diez años a la fecha, en la que el amor a por ellos es sincero y profundo, donde no pasa un instante que no los piense, toque, mire y admire, pinte, dibuje, hable con ellos y de ellos, fotografié y escriba.

Deseos para el futuro.
En mi otra vida, quiero ser árbol, pero uno feliz.
No de Chile, sí de las inumerables plazas – parques de México, como también de Argentina, qué decir de los bosques en versión cuento o realidad de Europa, en Yellowstone, India. Quisiera ser Ailanto, Alcornoque, Alerce. Uno de gran altura, lo que se dice enorme, de tronco robusto, ramas y hojas frondosas, verde rojizas cafés, y echar raíz en un lugar templado, lejos del hombre, junto a miles más yo – mi árbol. Dar flores, fruta, color, aromas. De corteza suave al calor, rugosa al invierno.

Bañarme con el rocío de la madrugada, la lluvia de invierno y verano, sentir un calor abrigador, que no asfixie, ni peligre la sequedad desértica a un chispazo de incendio. Eso quisiera para mi otra vida, y eso QUIERO para esta, hoy, presente, ahora, vida de todos los árboles de Chile y el mundo.

Beneficios de los arbolados.
Si al mundo y la vida sólo se concibe en tanto beneficios obtenidos, podría contarles, que si no existieran los árboles en los espacios habitados por humanos, además de no contar con sombra, el aire se sentiría menos, porque la brisa poética que levanta el calor y se lo lleva, junto a una que otra falda y sombrero, no sería tal sin una palmera, árbol, arbusto, de altura y frondosidad, capaz de traer y llevar aire en el vaivén de sus ramas hojadas.

Si no existieran los árboles, no podríamos treparlos, usar sus ramas sólidas para columpiarnos. Los que dan flores no las conoceríamos, los que producen naranjas, pomelos, limones, damascos, duraznos, guindas, limón, no los probaríamos.

Si no existieran los humanos, el mundo sería mucho mejor sin duda, pero aquí estamos interviniendo y jodiéndolo todo.

De las caminatas, que hago a diario, doy fe, que no es lo mismo caminar a las 19 horas en veredas y calles arboladas, frescas, con brisa, sombra, que las que ni la altura de los edificios, logra capear a Don Sol.

Cruzada por los árboles.
Pero mi caso, el de la que mira árboles, los piensa, estudia, distingue e individualiza, además de querer y valorar, no es precisamente el de mayor porcentaje. Por eso es que a través de todo este discurso, intento invitar (los – las) a levantar la mirada del suelo o el ombligo, y llevarla lo más alto que el cuello les dé, topándose, encontrándose, con los árboles. Véanlos, mírenlos, tóquenlos, si se atreve y no sólo si está pasado de jarras, abrácelos, relájese y siéntalo.

Y cuando vuelva a su casa, mire el jardín, vereda, antejardín, patio, descubriendo si tiene uno o dos árboles o quizás un arbusto, lo más probable secos, tullidos, enroscados, arrinconados o talados. Y piense en la brisa posible, la sombra agradable, los aromas florales, el gusto al paladar de frutos y entienda que si no riega no crece, sin agua no hay vida y en cambio las posibilidades de chispear incendios se multiplican.

Que salir a la vereda a regar pasto, arbustos, árboles, tipo 19 – 20 horas, es bien agradable, el ambiente se refresca por doquier. Y si no tiene nada verde, trasplante pues, que de un esqueje (tallo, rama o retoño de una planta que se injerta en otra o se introduce en la tierra para reproducir o multiplicar la planta), saldrá vida agradecida.

Las veredas, antejardines, jardines enrejados, patios ídem, llenos de altos, frondosos, robustos, cafés verdores, hacen todo más hermoso.

Si pasa por mi vereda de antejardín, le doy esquejes de laurel condimento, laurel flor rosada, cactus, suculentas, maguey gris.

Plantemos árboles nativos.
Plante un árbol nativo, perene, dígase que las hojas no se caen y nativo que es de Chile. No hay que tener millones, no hay que tener potreros, hasta en versión maceta se puede hacer.

Es por eso, que en el proceso de aceptación y convencimiento en materias arboladas, de ahora en más, en versión de “Abrazo de árbol”, les contaré sobre un tipo de árbol, su historia, en latín y español, origen, clima, si es de fruto u ornamentación (adorno, supuestamente). De hoja caduca (que se cae) o perene (que no migra). Si es de beber mucha o poquita agua, de sombra o al sol. Periodos de poda, recolección de frutas y flores, etc., hasta que como yo terminen adictos, amantes, protectores, de los hermosos, encantadores, sublimes….árboles.

Cinco ramas siete ramas doce ramas / Doce hojas veinte hojas y cien hojas / Sube y sube y sube / Y aletea y rema adentro de sí mismo
Subiendo en su oscuro / Sube a su piel / sube por sus paredes funestas subidoras / y por su llanto / y por sus efervescencias de ángel perfumado / por su respiración de piedra silenciosa. (V. Huidobro)

Datología
Qué: Crónica “abrazo de árbol”.
*Quién: Colomba Orrego Sánchez. Periodista, transcriptora y editora de Hoy en Santiago.

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