El Tavelli: ¿Nos tomamos un café?

*Por Colomba Orrego Sánchez.

En 1987, cuando mi familia y yo volvimos a Chile, vivíamos en la casa de mis abuelos paternos, en la comuna de Providencia y ya para esos entonces, la cafetería y pastelería Tavelli de Manuel Montt, existía. Tal es así que en los paseos que hacía por el barrio, cada que pasaba aprovechaba de mirar este amplio recinto, con algo más que curiosidad, obviamente, unas ganas locas de comerme todos los pasteles y helados que seguramente contenía, pero en esos tiempos de juventud, mi economía estaba más bien magra y la de mi familia, pues para qué les cuento que también.

Tuvieron que pasar hartos años, antes que pudiera poner un pie, después el otro, las dos piernitas y qué decir las nalgas en una silla, para comérmelo todo, todo. Porque en mi familia, el consumo de café, dígase de verdad, de grano, debemos hacerlo con moderación ya que nacimos un tanto energizados y nos potenciamos a un nivel que no se hacen una idea, invitándonos a pasar el resto del día y qué decir la noche, pegados al techo.

Pese a ello, el amor por el café, el de verdad, aquel capaz de traspasar el envase, con su aroma exquisito, sea molido o en grano, siempre ha estado presente. Porque en México, donde viví tantos años, el que no tomaba café era soberanamente pelotudo, si tomabas té casi que te extraditaban y si llegabas a ingerir nescafé ahí simplemente te quitaban el saludo. Entonces mamita sumó buenas costumbres, papá arriesgó ser extraditado y las “tres niñitas” se chupaban el dedo porque eran muy chicas, pero mientras los amigos lo bebian, olfatear, toquetear y mordisquear los granos de café, fue siempre un placer sublime.

El Tavelli.
Y en materias de Tavelli, pese a que no podía consumirlo, tampoco entrar por falta de recursos, no quitaba la posibilidad de observar lo más adentro que se podía, la vida que bullía en su interior. Empezando por el amplio estacionamiento, el caserón donde están ubicadas en mayor porcentaje las sillas y mesas, antes había una sección en versión baño sauna, una especie de carpa plástica para los fumadores, después cuando descubrieron que el humo al igual que el aire, transitaba, ampliaron espacio hacia el área terrazas que están al aire libre. Que mirando desde la entrada hacia dentro, las terrazas en cuestión, están frente al portón.

La terraza es esplendorosa, ya hablaré de ella más adelante. Porque sea usted fumon@ o no, en versión invierno y verano, es de los lugares más logrados de la cafetería.

En materia de comistrajos, les contaré que en la más leyenda barrial, se dice que el Tavelli, posee la mejor torta helada. Confieso que la probé, es bien helada obviamente pero por sobre todo…deliciosa. También cuenta con una torta de lúcuma, además de helados, entre ellos el de chocolate, que es tal, no milo, ni cola cao (jajajja).

Otro elemento que con los años, el Tavelli, sumó al igual que la moda, es la buena costumbre de tomar chocolate caliente, helado, frozen. Ya para esos entonces, que caminábamos por la mitad de la década de los 90, mi situación económica había mejorado y por tal, ya me había transformado en asidua y adicta a los productos del local.

Me acuerdo una vez que invité a una amiga a celebrar su cumple y tomamos la “once Tavelli”, que era realmente sublime. Así también hubo una época en que convertí al Tavelli de Manuel Montt, más que el del Drugstore, en mi sede de reuniones sociales, en horario de tarde, ellos, mis vínculos sociales a tomarse un café y yo más bien algo dulce, bien dulce.

Añales después cuando salimos de la casa de mis abuelos, nos fuimos pal centro, después pa Rosal y de ahí volvimos a la comuna, a nuestra última morada (o al menos, de donde ya dos han salido con las patitas por delante), dígase la casa de mis padres, misma comuna, ahí sí que el Tavelli y yo decidimos vivir un romance con todas las de la ley.

Confieso que las razones que me llevaron al Tavelli, fueron varias.
Cuando no tenía dinero, me dedicaba a husmear por los muros de su derredor, después lo usé varias veces como centro neurálgico para el baño. Que no lo lean al pasar, porque es un buen dato. Con esto que en Santiago no es bien visto tener los órganos sanos y querer ir al WC cuando a uno le plazca, porque te miran feo, no te lo prestan a menos que sueltes las monedas, que te llevarán al fin, al libre goce del estómago vació. Pues bien, el Tavelli es la papa para estos menesters. Ya sea porque está siempre lleno (bien para su economía) y los meseros no pueden saber con exactitud si la que va al baño, estuvo en una mesa o no, y en la ruta por si acaso, educadamente, siempre saludan. Para evitar malos ratos, hay que entrar con rumbo conocido como “Pedro por su casa”.

De tanto en tanto, invitaba a mi mamá a tomarnos chocolate caliente, con sellados de jamón queso, que suena fuerte, casi asqueroso, pero la combinación resulta optima. Después sumamos a mi hermano Antonio, que al lado nuestro, es más bien adinerado, así que ahí le vaciábamos la cartera a punta de comis y bebestrajos varios.

También confieso que lo usé como centro de encuentros amorosos jajaja, no, no es verdad, es que ahí nos dábamos cita un noviecito and me, porque su trabajo quedaba por los alrededores. Entonces cuando salía de ahí, me invitaba y como era de una generosidad esplendorosa, siempre me decía “mi Colombita, usted tome lo que quiera”. A lo que pensaba “mmm además de a ti, pues iré por algo dulce” jajajaja. Y así pasábamos largas horas, él tomando café como contratado, chachareando con aquel líquido al cuerpo, cada vez en un ritmo más vertiginoso, mientras la pausada, medida, encantadora, simpática, que escuchaba atenta, seguía siendo la misma que comía y comía y tan solo un jugo bebía.

Últimamente los pasos me han traído de regreso al Tavelli, en versión reuniones de trabajo, que terminan siendo más bien sociales, encantadoras todas. De hecho en este regresar fue que se me ocurrió que debería escribir un comentario “oda”, a este lugar, que tanta placer de paladar me ha dado.

Más que mal, si hablamos de armar una ruta de espacios típicos chilenos, o al menos tradicionales, este lo cumple completamente. Es un café bonito gracias a la casona donde está establecido, tiene esa terraza que les comenté que es una poesía, también varios y amplios espacios para los más friolentos y Wifi para los que no pueden dejar de conectarse o excusan el deber de enviar un email o “me gusta” de vital importancia.

La verdad creo que la terraza es de los espacios mejor logrados del café. Cubiertos por un techo que simula un parrón pero de enredaderas, miras un poco mucho a los autos, pero es cosa que te acomodes de forma de darles el costado o la soberana espalda. Y en esta época que el calor está de regreso, en las mañanas y tardes, corre una brisa que casi te remonta a alguna playa (de estacionamiento). Desde ahí puedo fisgonear a los que llegan y se van, a los que están adosados cerca mío y de paso, voltear la cabeza hacia el cielo y toparme con una que otra copa de árboles, como las Melias y Acacios, que rodean el recinto. Y lo mejor como cierre de oro, es que no habrá humo de pucho, capaz de entorpecer ese grato momento. Se los digo con fe de causa, porque tengo un amigo con el que me he dado cita ahí, que es casi “míster pucho” y por más que fumetea, su contaminación se va, se va, lejos de los dos.

La carta.
En materia de menú, en el Tavelli, puedes comer sándwich, desde aliado, ave palta, ave pimiento, sellados de queso o queso y jamón. También sirven almuerzos, ensaladas para los light. Hay panes diversos para los sándwich, desde el miga, el frica, pan de molde que usted pensará pero si ya nombraste el miga, pues bien le aclaro que una cosa es miga que no tiene orillas y el molde que sí las tiene. Esa lección de panes la aprendí en Buenos Aires con un sanguchero que casi me comió viva cuando hice la semejanza entre unos y otros, así que la aprendí bien aprendida.

En la carta podrás encontrar jugos de frutas, helados artesanales, las tortas para pedir con anticipación y llevarla a casa, sigue existiendo la “torta helada”, la de lúcuma, tienen una de merengue lúcuma que es para el secuestro.

Y bueno qué decir de los cafés, que cappuccino, que exprés, que cortado, que con una nube de leche, que si quiere la leche light o entera o con crema. Tiene ese café que es para dejarlo a uno pegado al techo, porque además le ponen chocolate y se llama “Mocaccino”. Súmele el chocolate caliente para el invierno aunque eso si es dulce, no le voy a decir que Milo, pero es dulce, porque en lo personal me gusta el chocolate amargo y traicionarlo con algo bien dulce, porque sino la traición se llama diabetes y la padezco solo yo.

La atención es muy buena, los mozos son solícitos, le muestran el camino al baño, a la caja, le traen a la mesa ni bien se sienta, su vaso de agua soda, si pide más, también le repiten el vaso. Podríamos calificarlo la atención con un gran siete. Los baños, que son casi mi segundo hogar, están siempre limpios, no son muy amplios pero uno sabiéndose acomodar, entra y además cuentan con todo lo que un baño que se digne ser, debe tener. Al personal, sin chistar, le ponemos otro siete.

De públicos y públicos.
Las personas que concurre al Tavelli, varían dependiendo el horario. Eso es una conclusión que he sacado después de estar varias horas observando la entrada y salida. Y es de la siguiente forma, con variaciones obvio. Si vas a la mañana, encontrarás más que nada gente trabajando, con el computador, con el celular, leyendo un libro y unos muy pocos escribiendo, por aquello que ya no saben por qué tenían manos con dedos. Para el medio día, al publico de la mañana le suma el de la tercera edad, que van a tomarse un café, otros se quedan haciendo tiempo y suman para el almuerzo, donde los clientes son más diversos tanto por edad y por género.

Entre las 15 y las 17 horas hay un bajón, es decir, se vacía y es realmente el horario en el que puedes ir para encontrarte con tu alma y el personal del café. Después a las 18 horas, comienza a llenarse de familias, mocosos de todas las edades, adolescentes, pololos, novios, gente sola. Creo que es el horario peack del Tavelli y donde los meseros ponen a prueba aquel siete que les otorganos, ya que se transforman en pulpos o vaya uno a saber, pero no dejan a ningún cliente esperando. Y eso, estimados y estimadas, es un arte, se los digo con fe de causa, ya que tamabien fui mesera y realmente, es una gracia que se valora ($$) y mucho.

Y después hasta las nueve de la noche, que es el horario tope y cierre, el ritmo va pausándose a como el de la mañana, vuelven los laburantes a meter sus ñatas a un libro, mientras se toman un café, una agua soda, a chequear su celular, el computador, aquí ya no encuentras a nadie que escriba con sus manitas, el papel y el lápiz.

En lo personal, todos los horarios me vienen bien, sobre todo cuando voy a juntarme con alguien, que seguramente se demorará, porque no sé qué será pero soy de una puntualidad inglesa, alarmante. Pero aprovecho el tiempo en pensar en la inmortalidad del cangrejo y en mirar a los otros clientes. Me encanta, adoro, mirar a los demás, sus modos, caras, relaciones e intentar descubrir quiénes son, a dónde van, de dónde vienen, en fin contarme historias, miles de historias.

Así que ya sabe, si no tiene un lugar a donde ir a tomarse un alguito, acuérdese de mi, del consejo cafetero que le estoy pasando y vaya, vaya, al Tavelli de Manuel Montt. Le prometo que no se defraudara y en una de esas quien sabe, nos encontramos y l@ invito a tomarse un café.

Datologia
Qué: El Tavelli ¿nos tomamos un café?
*Quién: Colomba Orrego Sánchez.
Dónde: Tavelli, Manuel Montt 1806, Providencia.

También te puede gustar...

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *