Cien años de la literatura infantil soviética.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

No se asusten, no haré un manifiesto sobre la revolución rusa, no cantaré la internacional, tampoco haré honores a Stalin (a ese menos que a nadie). Pero no puedo dejar de hacer historia, en honor a todo lo que me es fundamental, honor a la vida misma y en la vida, a la historia.

No les mandaré un ladrillo intelectual, sobre los muros, que a lo largo de mi vida, se han caído, uno, porque me deprimo, dos, porque no puede estar más lejos de la intención de este escrito. Simplemente quiero hacer un homenaje a los procesos históricos, sublimados desde la intensidad que me caracteriza y desde la única mirada posible….la mía.

No sé siquiera si lo imaginarán pero llevo todo el año pensando ¿Qué escribir para este día? Para este 7 de noviembre. Ideas iban, venían, se iban, regresaban, porque sabía que no quería y tampoco podría, escribir un testamento, largar palabras tipo ladrillo, ya que para bien o para mal, no puede estar más lejano a mi lenguaje habitual. Pero de lo que sí estaba segura, es que el objetivo era escribir sobre mi amado Lenin. La figura que de él construí en mi infancia, con la cuota de ingenuidad que por esos años cobijé, sumado a lo que siempre, Lenin, signficó en mi familia.

Por ejemplo, recuerdo que en el exilio en Guadalajara, Jalisco, México, mi papá tenía en la muralla del comedor, una fila de afiches que nos acompañaron todo el tiempo que vivimos en ese país y la cosa era así: un afiche de “La revolución Rusa y Lenin”, otro de Fidel Castro y por supuesto, el de La Moneda en llamas. Crecí supervisada por ellos, mirándolos de frente, de reojo, comiendo, viviendo, disfrutando y sufriendo la vida, bajo su lupa. Mirado con los ojos de hoy, no estoy muy segura que en ese tiempo entendiera a cabalidad los por qués, pero sí que estaban ahí porque mi papá los había puesto y si él lo hizo, entonces así debía ser.
Nunca fui (ya no creo que ocurra), la más matea de las “tres hijas”, no hice demasiadas preguntas, cuando mi papá nos contaba mil y unas historias, porque él, Andrés era su nombre, era tan culto, e inteligente, que todas sus palabras terminaban siendo una clase magistral, una ponencia.

De las herencias que al pasar de los años, reconozco de mi padre en mí, están la inconmesurable capacidad de azote emocional y la de atrapar -por siempre jamás-, aquel pasado sobre todo el nostálgico, especial, único e irrepetible, asirlo cual bandera roja y vivir de su recuerdo, por siempre jamás. Obviamente que otorgándole el romanticismo correspondiente, apañar al mil por ciento, la vida y figura de Lenin, qué decir la de Fidel…

Pero tranquilos, ya les dije que no les hablaré de ellos, Lenin, Fidel, como protagonistas fundamentales de este escrito y sin embargo, lo estaré haciendo sin decirlo ¿Cómo así? Bueno pues a través de echar mano a los aprendizajes, envueltos en añoranzas, nostalgias infantiles, que como verán quedé un poco varada en ellas, porque como bien decía mi padre, siempre fui la esencia de “Peter Pan”. De mis hermanas, la que no sólo no tenía prisa por crecer, sino que más bien, no tenía ningún interés en ello.

En este escrito quiero hablarles de mi infancia, la que siempre creí fue súper comunista, roja, soviética, cubana, mexicana, pionera, aunque más en el romaticismo, que en la acción que el exilio nos permitía. Pero eso sí, con mucha intención, corazón e intensidad. Y desde ese limbo, milité al son de los libros de literatura infantil rusa, cubana, mexicana, que mi padre nos compraba. Sintiéndome la o el protagonista de cada historia, fuera este un Oso, una Mashenka, una Masha, un Terioska. Adentrándome en sus aventuras, en el bosque, en la selva, en China, con los Osos Panda, con los guerrilleros, encaramándome a la Sierra Maestra. Porque la verdad, más que muñecos, más que juguetes, nuestra vida fue al son de los libros. Debido al espíritu de un papá culto, inteligente, Profesor de Historia, Geografía y Educación Civica, que sumado a su mal de Diógenes, nos alimentó al son páginas y letras, dibujos, historias, que de comida y bebestibles.

Para la infancia y adolescencia que las tres hermanas tuvimos, no nos pudo caer mejor que estar en México, ya que la manía de comprar y compretear libros, fue prolífica de una forma que no llegarían a imaginar, algún día tomaré fotos de los libreros, que en las piezas principales de la casa están y que van, literalmente, del suelo al techo, para que se hagan una pequeña idea de cómo estuvo la cosa. Sumado a que al regresar a Chile, le esperaban los libros que dejó, los que compraría, más los que se trajo de México.

Y es que la verdad todo indicaba que en ese país maravilloso, los libros llovían del cielo. Los había de todas nacionalidades, formatos, colores, géneros, edades. Unos gruesotes, también delgados, con tapa dura, blanda, de cartón, papel cuché. Y cual si fuera poco, desde esas latitudes tapatías (Guadalajara), al poco andar mi padre hizo amistad con otro chileno exiliado (Pedro Loyola), que trabajaba en el Fondo de Cultura Económica, donde mi padre se hizo, cliente “VIP”, sacando línea de crédito, la cual consistía en: “llévatelos al tiro y págalos a fin de mes”. Así fue como tuvimos el placer de adquirir lo más selecto, hermoso, sencillo, sublime de la literatura latinoamericana y por supuesto…soviéticas.

Estoy segura, que las intensiones de mi padre, al comprar tantos y tantos libros infantiles soviéticos, cubanos, mexicanos, no fue la ideologización, así en versión burda. A él lo que más le importaba y a lo que le entregaba un valor inusitado, es a que las personas y en ellas sus “Tres gracias”, fueran cultivándose al son de la lectura y si no, apañaras con el sarcasmo más aguja que jamás escucharas, al tildarte de “tonto o tonta”.

Y en materias de libros infantiles, teníamos al Fondo de Cultura, con sede en Guadalajara, la Gandhi y otras librerías cuando íbamos a Ciudad de México, las cuales todas, todas, contaban con una variedad, calidad, diseño, estilos, orígenes, tan increíbles, maravillosas, con las que mi padre si no rayó, al menos estuvo a un pelín de dejarnos sin comer, por comprar todos los libros del mundo, imagínense nomás la cantidad que logramos acumular.

De hecho, gracias a esas cantidades de libros, de los cuales ni contándoles se podrían hacer una idea, es que hoy, puedo hablar y no, de la Revolución Rusa y sus cien años, a través de su hermosa y diversa “literatura soviética”. Porque heredamos mi sisterna Manucita y yo, la manía de atesorar, guardar, recopilar, los nuestros libros de aquellos años.

Algunos libros infantiles rusos.
De los autores que se repetían y que mi papá no chistaba en comprar, estaban: Boris Zakoder y “Las canciones del lobo”; D. Tardzhemanov y “Shuktugan”; Vasil Jomchenko “Amapolas rojas”, que les tengo que contar que en la portada sale Lenin con un grupo de niños; N. Bogdánov “La sonrisa de Ilich”, sabrán a quién se refieren. Uno que fue siempre nuestro consentido es “Terioska”, que es un cuento popular ruso adaptado por A. Tolstoi, uno distinto al que tanto amé después; Nadiezhda Kalínina y “Los más pequeños”; A. Kuprin con “Yu – yu”, que son las aventuras de un gato y como a mí siempre me han encantado los mininos y en casa sólo entraban perros, pues al menos un libro sobre ellos. Galina Lébedeva con “Masha se pelea con la almohada”; otro atesorado casi de ponerlo bajo la almohada es “Mashenka y el oso”, que es otro cuento popular ruso, en este caso redactado por M. Bulatov y los dibujos por E. Rachev; una poesía para saber la sensibilidad hermosa de mi papá. De N. Guernet “Cuento de la luz de la luna”, que la portada es realmente un cuadro de una ciudad, un cielo azul maravilloso y la luna pues. Y para terminar “El león y el perro” de León Tolstói.

Porque obviamente después de todas estas hermosas lecturas infantiles, vendrían las de la adolescencia, juventud, madurez, ya que mi papá como que tenía un instructivo de qué hacer leer a quién, en qué edad, por qué, para qué estilo de espíritu, un soñado ¿Qué no?

Sobre los libros infantiles.
Y estos hermosos libritos, todos los antes enlistados y muchos, muchos, otros que dejé fuera para no amanecernos, tienen en común que son de tapas de cartón, portadas a colores, muy bien hechas, con mucho diseño, dibujantes de por medio obviamente. Las letras grandes para facilitar la lectura y en su interior, todas, todas, poseen más ilustraciones, ya que sabrán y si no les cuento, que si un niño no sabe leer, al menos puede entender la historia a punta de imágenes, porque los niños además de nacer para ser felices, son bien inteligentes.

Hay que recalcar que de todas las literaturas que leíamos, la rusa, cubana, mexicana, no se puede negar, que la rusa lleva implícita la poesía en su esencia. Tan hermosos son sus dibujos de portada o al interior, que por ejemplo, mi abuela paterna, la Marta, bordaba como las diosas y en este quehacer, hermoso por cierto, se especializó en los “Petit Point” que es el arte de bordar sobre una tela con agujeritos, a la que se le ha hecho un dibujo y con lana no hilos, vas armando una verdadera hermosura, que después podrás dar uso de cuadro, alfombra o simplemente una obra de arte. Y en estas labores hermosas, mi abuela bordó durante toda una temporada que fue a vernos a Guadalajara, las aventuras de un príncipe guapo, hermoso, generoso y valiente, quién decidió salvar a cierta doncella encarcelada, por quien profesaba un gran amor. Ese cuento, es el príncipe de Pushkin, que se los mostramos a continuación.

De Pushkin y sus letras.
Aleksandr o Alexander Sergeyevich Pushkin; Moscú, 1799 – San Petersburgo, 1837) Poeta y novelista ruso. Tal como solía ser habitual entre la aristocracia rusa de principios del siglo XIX, su familia adoptó la cultura francesa, por lo cual tanto él como sus hermanos recibieron una educación basada en la lengua y la literatura francesas. Publicó sus primeros poemas en la revista Vestnik Evropy. De tono romántico, en ellos se apreciaba la influencia de los poetas rusos contemporáneos y de la poesía francesa de los siglos XVII y XVIII.

Poco antes, en 1817, Pushkin había aceptado un empleo en San Petersburgo, donde entró en contacto con un selecto círculo literario que, progresivamente, se fue convirtiendo en un grupúsculo político clandestino. También entró a formar parte de la Zel’onaja lampa («La luz verde»), otro movimiento de oposición al régimen zarista que a la postre sería el germen del partido revolucionario que encabezó la rebelión de 1825.

Si bien su poesía, durante estos años de juventud, era más sentimental que ideológica, algunos de los poemas escritos por entonces (La libertad, 1817; El pueblo, 1819) llamaron la atención de los servicios secretos zaristas, que quisieron leerlos sólo en clave política. A consecuencia de ello, acusado de actividades subversivas, fue obligado a exiliarse. Fue confinado en Ucrania primero y luego, en Crimea, donde compuso varios de sus principales poemas: El prisionero del Cáucaso (1822); Los hermanos bandoleros (1821-1822); La fuente de Bakhcisaraj (1824). En mayo de 1823 inició la redacción de su novela en verso Yevgeny Onegin (1833), en la cual estuvo trabajando hasta el año 1831.

Escribió sus últimas obras mayoritariamente en prosa: Poltava (1829); Relatos de Belkin (1830); El caballero de bronce (1833); La hija del capitán (1836). Murió joven, a consecuencia de las heridas sufridas en un duelo al cual le incitaron varios de sus enemigos, pero a su muerte se le consideraba ya el padre de la lengua literaria rusa y el fundador de la literatura rusa moderna.

Ideologizando por las letras infantiles.
Obviamente que las letras soviéticas infantiles, llevaban implícito una cuota a veces no tan discreta de ideologización, que sino ¿Cómo convertir a sus jóvenes retoños en sucesores? En lo personal, como no estaba en la URSS y si así como nunca he podido escribir una novela, porque no puedo leer y analizar su estructura, aquello de la ideologización que entra por las letras, a mi no me penetró por esa vía, sino por lo que dictaba mi papá.

La costumbre durante mucho tiempo, era que a la tarde cuando mi padre llegaba del trabajo y no estaba hecho polvo, nos acomodábamos después de la cena, a leer, en la pieza de las “tres niñitas”, o sea mis hermanas y yo. Era una suerte de placer y de prueba, ya que pasábamos un par de horas soñando e imaginando esos mundos e historias, relatados en voz alta, cada uno de nosotros, dos o tres párrafos al menos. Entonces de paso, poníamos a prueba el “leer de corrido” sin equivocarse….. Que siempre provocaba un poquito de susto porque mi padre, aunque pedagogo, solía suceder aquello de “en casa de herrero, cuchillo de palo”.

También sumábamos a los abuelos paternos, cada tanto, que nos iban a visitar a Guadalajara. Ya para esos tiempos, que estábamos un poquito más grandes, agregábamos el ítem, comentar lo leído, onda como “comprensión de lectura” ¿estabas realmente atenta al libro o tu mente volaba quién sabe por dónde? Que como ya les comenté, era mejor que estuviéramos bien atentas y bien aterrizadas al momento de la lectura (jajajaja).

Desmenuzando la literatura infantil soviética.
Esos cuentos infantiles rusos, tenían particularidades que saltaban a la vista.
Primero, los niños eran muy importantes, tanto para sus padres, como para todos los que los rodeaban.
Dos, al igual que con los chinos, había mucho respeto por los ancianos, los abuelos propios o por adopción, siempre se les dibujaba como personas de pelos canos, con muchas arrugas en el rostro, con aspectos más bien campesinos, pese a la edad, todos trabajaban duro. El abuelo generalmente era el que hacía las veces de pescador, construyendo su lancha de madera, mientras la abuela, trabajaba la tierra y la cosechaba, además de hacer todo lo de la casa.

Tres, los hijos, fueran estos jóvenes o adultos, ayudaban en todas las funciones, obviamente dependiendo el género ya fuera con la mamá o con el papá.
Cuatro, existía mucha preocupación en los cuentos, por la educación de los niños, jóvenes y adolescentes. Que leyeran, fueran buenos, tuvieran respeto por todo lo que los rodeaba.
Y en este todo lo que los rodeaba, la literatura infantil rusa….
Cinco, hablaba sobre el respeto a los animalitos, todos, fueran para darnos un servicio como las vacas, los burros, los caballos, las gallinas, patos, chanchos. Como los que te acompañaban cual si fueran amigos, como los pajaritos, los gatos, perros.
Sumado a que en todas las ilustraciones, será porque Rusia debe ser así, muestran bosques mullidos, muchos árboles, frondosos, antiguos, de copas que casi tocan el cielo. Mucho rio en estos bosques, y pro esas aguas la posibilidad de navegarlos. Aquello que sucedía con las lecturas de adolescente, juventud y madurez, que eran todos autores europeos y la oda al bosque, a los árboles, a la naturaleza, los animales, era tan común como debería ser.

Otro detalle a destacar, es que en su mayoría, los libros de cuentos infantiles rusos, pensando en edades que van desde los 6 a los 15 años, es decir, que ya saben leer, son cuentos de materiales sencillos, cartón, papel. A diferencia de los para adolescentes, jóvenes y adultos, que ya son de tapa gruesa, también será porque tienen más hojas, menos dibujos.

Y en todos, las ilustraciones son maravillosas. De chica me acuerdo que cuando no tenía ganas de leer, por aquello de la flojera, lo más bien que se entendía la historia, tan solo mirando los dibujos. La imagen de Terioshka, de Masha y su conflicto con la almohada, los abuelos de Terioshka, el Oso amigo de Mashenka. Los papás estilosos de Sasha y Aliosha. Las casas, con sus detalles en el mantel floreado, las lámparas, las sillas más bien pisos de madera. La vestimenta de los que evidentemente eran de la ciudad y que se diferenciaban de los del campo. Las mujeres del segundo caso, no perdían paso sin tener sus cabezas cubiertas con pañuelos, mientras las mujeres urbanas, lucían el gorro ruso peludo chascón. Las mujeres del campo calzaban botas toscas, las de la ciudad con tacones. Las casas del campo eran más como chozas, con ventanitas, en la más Hansel y Gretel, las de la ciudad eran edificios de departamentos.

Y por supuesto, de todos los cuentos, el papá con carácter, que se las traía, que era el más guapo, era la personificación perfecta del mío y lo mismo pasaba con la versión femenina de la mamá. Porque nosotros éramos igual que ellos, solo que desde Guadalajara.

De libros e historias.
– El león y el perrito. León Tolstoi.
Aunque realmente es de una tristeza que deja traumatizado a chicos y grandes, también es bello, de aquella hermosura que no se olvida jamás. Es la historia entre un león enjaulado y un perrito callejero, que un hombre desalmado (como suelen ser) lo atrapa y echa a la jaula para que el feroz se lo coma. Pero se hacen amigos y bueno filosofeaban que da gusto y después pasan cosas muy tristes y desoladoras.

– Cuento de la luz y de la luna. Nina Guernet.
Este es de la literatura infantil con “intención”, mensaje o moraleja.
Dicen que es un cuento ruso, no sé qué edad tendría hoy Nina Guernet, pero…. Y narra la historia de aventuras de un pequeño gatito, quien sube a la luna después de hacer una travesura en casa, ante los ojos de su amo, un anciano doctor. Lamentablemente a diferencia de la fama internacional de Tolstói, de Guernet, no sale nada.

– Mashenka y el Oso. Cuento popular ruso, redactado por M. Bulatov.
En este caso ocurre que la historia, cuento ruso, ganó tanta fama que Rusia sacó un mono animado sobre las historias tales, que narran igual que el libro, las aventuras de la niña Mashenka, quien vive con sus abuelos y que un día le piden que vaya al bosque a buscar flores y es ahí en ese trayecto que conocerá al Oso, que la sacará de los apuros con los que se topará, regresarán juntos a casa y serán felices con los abuelitos.

– Masha se pelea con la almohada. Galina Lébedeva.
Siempre me dio mucha risa este cuento y que lo comprara mi papá para nosotras, porque yo amo a mi padre, pero era de un enojón y tenía un mal carácter, que si hubiéramos hecho cualquiera de las estrategias de Masha, no les cuento nada… O quizás quiso enseñarnos en forma dosificada, literaria, lo malo que era ser chiqueada (consentida), malcriada por lo tanto, como Masha.
Sobre el cuento: Es la historia de una niña que no podía dormir y decide salirse para buscar aventuras porque ya estaba cansada de siempre tener que acostarse. Era divertido todo lo que le pasaba, además creo que varios, de niños y quizá aún de adultos, nos identificamos con un personaje así. Alguien que prefiere estar despierto porque hay mucho por descubrir. Por si quieren buscarla es de Editorial Progreso….

– “Yu – Yu”. A. Kuprín. Dibujos de David Boroyvsy. Traducido del ruso por Cipriano González. Impreso en la URSS.
Este cuento de la autoría de A. Kuprín, quién se dedicaba a escribir historias sobre animales y su interacción con los humanos. Yu – Yu, es un gatito, o gatita, no lo sé, de color blanco con café. Que tiene problemas con que se adapten a ella, los niños le quieren jalar la cola, los muy mayores les estorba, hasta que llega a casa el papá de la familia, un hombre que se dedica a la escritura, al silencio, la concentración, es decir, el mejor amigo de un gato y viceversa. También es de Editorial Progreso, Moscú.

– “Los más pequeños”. Nadiezhda Kalínina. Editorial Progreso. Dibujos por V. Losin y traducido por J. López Ganivet.
Este era de mis cuentos preferidos, me encantaba por la portada, que muestra a una mamá vestida con un abrigo rojo de cuello negro, alto, el gorro típico ruso moteado en blanco y negro y acompañada por un séquito de chiquillos y chiquillas pequeños todos, abrigados como osos polares, entre todos tomados de la mano.
Esta historia cuenta la vida de los niños que viven en un edificio en Moscú, en el quinto piso habitan Sasha y Aliosha con sus papás. Llega el día que van al jardín de infantes donde conocerán a Lénochka, a Vera Ivánovna, a Kátienka y Olia. En el jardín infantil, saldrán a pasear con la profesora, conocerán la pecera con peces, un gatito. Después se reunirán para comentar el paseo y pensarán qué quieren ser de grandes y de ahora en más, no será un lio levantarse cada mañana porque todos querrán ir al jardín infantil.

– “Terioska”. Cuento popular ruso, adaptado por A. Tolstói. Traducido del ruso por Tatiana Tijonova. Dibujos de Yulian Korovin. Editorial Progreso.
Terioska, es la historia de dos abuelos, que no tuvieron hijos y que siempre quisieron cuidar y criar a uno. Entonces un día el abuelo, hace una figura humana de madera, se lo pasa a su mujer, quien lo mece y arrulla y fue tanto el amor que le daban a esta pieza de madera, lo que la abuela le cantaba y arrullaba, que terminó transformándose en un lindo niño, al que nombraron Terioska. El niño era inteligente y hábil, el abuelo le construyó una lancha, en la que salía a pasear volviendo a comer con los abuelos. Un día salió a pasear y se perdió, vivió muchas aventuras, se hizo más fuerte, más astuto y cuando logró vencer todos los obstáculos, regresó a casa con sus papás abuelos.

– “La sonrisa de Ilich”. N. Bogdánov. Ilustraciones de L. Ushakov. Traducido al español e ilustraciones, Editorial Progreso, 1977. Impreso en URSS.
Creo que esta es el cuento infantil más ideologizador que cayó en nuestras manos, comprado por mi papá obviamente. La historia es tierna, son los descubrimientos de Volodia Uliánov, quien a su corta edad se dedicaba a pensar sobre quién sería el más fuerte, el caballo, el elefante, quizás un barco, a lo mejor los maquinistas que hacen navegar el barco, el obrero, y ahí encontrarse con las huellas del “hombre”, un paso. Volodia iba con su hermano Sasha, caminando por el bosque siguiendo las borrosas huellas de un hombre, huellas de pies grandes, que por el tiempo se habían cubierto de follaje, con esas pisadas a las cuales seguían, evitaron caer al rio, tropezar con las trampas para los conejos, así como también encontraron una casita en mitad del bosque donde pasar la noche. Volodia estaba feliz y Sasha no entendía el por qué, sólo pensaba en que había que salir pronto de ahí, regresar a casa. Entonces le preguntó ¿por qué estas tan contento? A lo que le respondió con otra pregunta ¿y tú no te has fijado en nada? es agradable que antes que nosotros pasara un hombre muy bueno, que dejó todos esos bienes para que nos protegiésemos…

– “Amapolas rojas”. Vasil Jomchenko. Cuentos sobre V. I. Lenin. Traducción del bielorruso por Carlos Sherman. 1978. Mastatskaja Literatura.
Aquí estamos ante otro libro sobre Lenin, este aunque también de tapas de cartón, pero más cuché, de hecho es más gordo que todos los anteriores, tiene menos dibujos en su interior, más letras y las imágenes que aparecen son en blanco y negro. Y trata obviamente de un chico, hijo de un soldado ruso, que tiene la suerte de conocer a Lenin, su legado. Y lo de las amapolas rojas, es por el lugar donde está la lapida de Lenin, donde todos los años, en abril, crecen estas hermosas flores y de ese color, supuestamente como cuenta la historia, gracias al trabajo de ese niño que al crecer se transformó en jardinero…

– “Shuktugan”. D. Tardzhemanov. Dibujos de A. Kelléynikov. Traducción al español Editorial Progreso, 1975, por J. López Ganivet. Impreso en URSS.
Otro cuento un poco triste, que narra las historias de un pájaro carpintero quien en actitud frívola o más bien dicho, un tanto desorientado de cuáles son sus funciones, se divierte imitando a otros animales, los insectos comienzan a matar a los árboles del bosque. Finalmente, su abuelo le enseña la forma de ganarse la vida del pájaro carpintero.

– “Las canciones del lobo”. Borís Zakoder. Editorial Progreso, 1969.
Cual obra de teatro pero en versión infantil y con letras, tres historias sobre un gallo y un pavo real; un zorro; y un lobo con una voz terrible.

Por ahí una vez un amigo me contó que Lenin, dentro de las reformas que realizarían en Rusia, para mejor de la población, para marcar una diferencia con la vida de los zares, no incluiría arrasar con ciertas literaturas seudo zaristas, como lo era Tolstói. Porque al hacerlo no quedaría huella de Rusia, de su historia, porque este escritor poseía la característica maravillosa, de describir al país, costumbres, personajes, arquitectura, como nadie. Así que no crea todos los cuentos que se dicen en estas materias, sobre los supuestos lobos y los otros corderos. Que siempre existirán aquellos pocos que fieles a sus principios, murieron o los mataron defendiendo la cultura, palabra y tema tan manoseado y mal comprendido, entendido por otros miles ¿le quedó el saco? Pues….

!!! Viva mi URSS por siempre jamás VIVA!!!!

Datologia
Qué: Cien años de literatura infantil rusa.
*Quién: Colomba Orrego Sánchez.

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