Sobre día de muertos.

“Para mis ausentes-presentes,
que no estando – están siempre,
como antes, sin saber que los miramos,
como ahora, sin saber que somos,
seguirán siendo esencia de vida”.

* Por Colomba Orrego Sánchez.

El otro día me puse a pensar en que hoy es 2 de noviembre y en mis nostalgias, la fecha evoca viajar a las festividades, conmemoraciones, que se realizaban en México.

Como alguna vez les comenté, viví en ese hermoso país desde 1975 hasta 1987, en la ciudad “tapatía” de Guadalajara, Jalisco, México. Es decir, mi infancia y adolescencia y si bien mis padres adentraronse a la vida de por allá, hubo algunas actividades que nunca las vivimos tan a concho como nos hubiera gustado.

Una de ellas fue día de muertos. Sería que pese a todo lo abiertos, entregados, cariñosos, cálidos, que fueron mis padres, con la ídem recepción que tuvimos durante esos doce años en México, su esencia chilena se mantuvo intacta.

Esa reticencia no significó que más de alguna vez, asistimos a las festividades que por tales acontecimientos se celebraban en los parques de la ciudad. Como que las calles de Guadalajara, una o dos semanas antes iban impregnándose de “Día de muertos”, las tiendas sacaban sus calaveritas de azucar, el papel picado para adornar, las florerias las ídem para los altares, las panaderías el seco, incipido pero no por ello menos masticado “Pan de muerto”. Y ya para el 1º y 2º de noviembre, no había rincón de los alrededores y lejanías, que no pintara de muerto.

Lo que sucedía en los parques, era cuento aparte. Porque generalmente las familias que sí conmemoraban y celebraban estas fechas, estarían en sus casas preparando los bártulos y comidas para ir el día 2 al cementerio. Pero para los otros, los nosotros, los sin familia, los borrachos y otros, buenas eran las actividades que los parques armaban. Como si se adelantaran las festividades decembrinas, sacaban los juegos como el carrusel, el tiro al blanco, la infructuosa tarea de atrapar al pez con un cordelito al que le colgaba un imán y debía introducir al animalillo para que aquello de “por la boca muere el pez”, y sin embargo después de dos o tres oportunidades o pagabas de nuevo o devolvías la caña. También estaban los negocios de algodones de azúcar, de calaveritas del mismo dulzor, a las cuales podías “macabramente” pedir que en tonos rosa, celeste rey, pusieran en la frente tu nombre.

Porque si hay algo que hace característico, particular, distintivo a México, es esa calma, tranquilidad, que le llamaría “sabiduría” para tomarse la vida y por lo tanto, la muerte. Por eso celebran más que conmemoran, a sus difuntitos, porque ellos en ese conocimiento desde los aztecas y más allá, que los hace inolvidables, particulares, increíbles, encantadores y en la más Dorian Gray, eternos, han aprendido a tomarse -casi todas-, las cosas de la vida, las buenas, malas, reguleques, esplendorosas, con andina diríamos aquí, que lo decimos pero no la practicamos.

Y así mismo en los saberes de origen, la muerte, pese a las formas, motivos o circunstancias, que hicieron que aquel cuerpo fresco, sonrojado, latente, que hasta ayer paseaba por la ciudad, hoy esté tieso, frio, quizás tendido sobre la calle, o sobre su cama, en la morgue o dentro de un ataúd, no hace que le quieran menos, que no exista sufrimiento por el que se ha ido, pero con seguridad ante lo inevitable dirán: “estaría tocándole irse”. Y entonces, los que nos quedamos, brindaremos a por ellos, comeremos sus platos preferidos, más de uno dará jugo emborrachándose hasta quedar más allá de atrás. En materias de ritos mortuorios, será tal y como la conocemos, pero a la hora de homenajear, de hacer memoria, de no olvidar….. Los mexicanos nos llevaran siempre la delantera.

Porque no sólo está el hecho de mantener las fotos de los deudos, presentes, en los veladores del dormitorio o en el mueble de la consola en la sala (living), sino que además, el día del aniversario de su muerte y qué decir el día de muertos, toda la troupe familiar, asistirá a ofrendar al o los que ya no están.

El día de muertos.
En particular el día 2 de noviembre, día de muertos, la familia desde el día anterior se dedica por completo a preparar la comida, que más le gustaba a sus muertos, el plato de fondo, el postre y por supuesto, el licor, alcohol, bebida, para brindar por ellos y con ellos.

Entonces, más tarde que temprano, partirán al cementerio, porque hay que decir que son contados los casos de mexicanos que te dicen “voy a llegar a las 14 horas y lo hacen”, es mejor volver a retomar la frase chilena de “tomársela con andina” y salir de casa a las 14 horas y así capaz no esperas horas y horas. Pero bueno, parten más bien tarde que temprano al cementerio, donde limpiarán y acomodaran el mantel sobre la lapida, las flores amarillas o naranjas (cempasúchil), los adornos de la ocasión.

Porque para estas fechas surgen: las calaveritas de azúcar con los nombres de los deudos y los presentes vivos, el papel picado con imágenes de La Catrina, de La Llorona, de diversos personajes de la historia de México en versión “cadavérica”.

Volviendo a la mesa, las infaltables servilletas (porque los mexicanos son ultra higiénicos) y cubiertos, plato, vaso, copa, por cada uno de los comensales vivos y los festejados “tiesos” de ese día. Y al marcharse, a eso de las altas horas de la madrugada, unos más pedos que otros, dejarán servido el plato con más comida, por si al muertito le da el antojo y quiere volver a repetirse algo o beber a solas un buen trago.

Y bueno, de estas costumbres tan arraigadas más del pueblo mexicano, mi familia and me, mientras vivimos en Guadalajara, nunca vivimos a concho. Tanto porque no se nos murió nadie, como porque tampoco nos invitaron a comnpartir con el muertito de algún amigo, en el cementerio, que supongo será porque tales acontecimientos serían en “familia”,onda privados también ¿qué no?

Y sumado a las actividades de los parques, estaba la del mero, mero día de muertos, en el centro cerca del Palacio de Gobierno, que se instalaba el mega altar de muertos. Tal actividad daba pie para hacer competencias de quién hace el altar más lindo, más grande, más chido. Más creativo, con más detalles. Entonces como se acomodaban en filita, podías caminar e ir observándo cada uno de los que competían y sacando tus propias conclusiones. Porque en materia de altares, podían ser simplemente en honor a la Santa Muerte, para algún pariente fallecido, o sino para algún artista que ya no nos acompañaba en cuerpo presente o por el simple hecho de continuar con las tradiciones.

Y ya que estábamos, al igual que en los parques, pues buenos y necesarios, salva hambre y glu, glu, eran los negocios de venta de comidas típicas como las calacas de azúcar, o el pan de muerto, en Guadalajara se sumaba el atole, que es una bebida dulce hecha de maíz con sabores que pueden ser frutas o nuez, chocolate.

En materias de calaveritas, como mi familia era muy dada a guardar (Diógenes), puedo confesar que todavía poseo la que alguna vez me compraron y que lleva tiernamente mi nombre en la frente y que en su calidad de azúcar, se ha mantenido en el tiempo, gracias al baño de esmalte de unás que le di, que sino, las hormigas chilenas hubieran hecho patria al son de ella. También tenemos otras, ya más modernas, que tienen en el mate una hendidura para poner velitas y así en versión humor al tema, matas dos pájaros de un tiro, tendrás calaverita para el adorno y la iluminación durante el día y la noche. Obvio que nosotros nunca dejamos las velas prendidas, no vaya a ser cosa que la curiosidad de los gatos, más que matarlos, incendie la casa….

Mi día de muertos.
Fue en noviembre de 1997, año en el que casualmente estaba viviendo nuevamente en México, tuve la oportunidad de vivir estas celebraciones, gracias a mi hermano Antonio y su entonces señora, mi querida y siempre amiga, Beatriz.
Entre los tres dimos forma a nuestro altar, colectivo. Ya que digamoslo de alguna forma discreta, teníamos una edad, ya no nos cocinábamos al primer hervor y por tal habemos muertos que recordar.

En versión ruada, el mismo día 2 de noviembre armamos nuestro altar. El lugar fue un mesón rectangular, que apoyamos contra la pared y cubrimos con un mantel azul porque mi hermano y el azul van de la mano. Y sobre éste cuanta chuchería al tema encontramos para adornar. Y digamos que en la pared, donde irían nuestras fotos, nos faltó espacio para tanto difunto que sumábamos, la verdad era yo quien marcaba la diferencia, porque no están para saberlo pero ya saben que se los contaré, que aunque joven y hermosa, tengo tal cantidad de ausentes que a veces me preocupa el estar despoblando la tierra.

Sumado a que nuestro altar, le dio entrada, cabida y espacio a las mascotitas que tan felices nos hicieron en vida y donde nuevamente la que sumaba más era ¿quién? Yo poh. Y como no de todos los fallecidos teníamos fotos, a la inteligente y escurrida de Beatriz, se le ocurrió que pusiéramos sus nombres, en papelitos de colores. No tengo fotos que demuestren lo que diré, pero nuestro altar quedó tremendamente hermoso y bien, bien sentido.

Habíamos comprado pan de muerto, el tema velas estaba solucionado porque en esos menesteres, mi hermano Antonio, tiene casi colección de veladoras. Que también es entendible, ya que en México como se vela la vida, al amor, los apagones, todo, todo, es como aquí el vino, se encuentra en todas partes. No hay negocio, almacén de barrio, Mall, tiendita, hasta en las farmacias puedes encontrar la “vela – veladora”. Porque allá no te venden la vela huérfana, sino que acompañada de vasito, frasco, florero, donde va adherida la susodicha. Entonces cuando ésta se derrite, queda para la colección vaso, vasito, florero. Para que lo sepan si alguna vez son invitados a un hogar mexicano y les sirven su tequila en un vaso más bien pequeño, de vidrio transparente y seudo cortado, tengan por seguro que como mi hermano, los hicieron colección.

Beatriz, de nosotros tres, era la que ponía al 100% el toque femenino, acomodó las flores, deshojo los pétalos de otras, esparciéndolas por el altar, además de acomodar algunos adornos, que en su mayoría eran objetos pequeños que habían en la casa, todos de manera ordenada y armónica.

Y bueno, lo mejor es lo de a continuación. Cuando los vivos le rendimos homenaje a nuestros ausentes. En versión hermanito, Beatriz y yo, fue literalmente al son de la tomatina. Porque mi hermano tiene un ojo para el buen, buenísimo tequila, de hecho casi podría exagerar que en su casa, el líquido vital es de graduación 45º y qué tanto!! Obvio que al tercer o cuarto vasito, estábamos bien pedos y tras contar alguna historia o muchas, de nuestros deudos queridos, llorar su buen, nos fuimos a dormir.

Porque al día siguiente, no tan temprano porque ya les comenté que en esa calma, tranquilidad que existen los mexicanos, el apuradito chileno, se las ve negras. Pero digamos que partimos cuando tuvimos que hacerlo.
El lugar elegido fue Xochimilco, es un pueblo que está dentro de la zona centro de la capital. Si no saben nada pues les cuento que en esencia será porque la ciudad se ha extendido, extendido, extendido, Xochimilco pertenece a las “Delegaciones de la Ciudad de México”, digase algo más grande que las comunas en versión chilena, será como Pirque, como Cajón del Maipo pues.

El asunto es que Xochimilco, está como a una o dos horas hacia las afueras de la ciudad. Si pudiéramos hablar de cine, les contaría que es el lugar donde nació “María Candelaria” del Indio Fernández, donde antes, mucho antes, las personas iban a comprar las flores, porque este pueblo está rodeado por el Lago de Xochimilco y sus oriundos, aprovechando esa agua, cultivaban las flores más hermosas, exóticas, las que se utilizan para día de muertos, las calas pintadas. Y en la más Venezia, por sus aguas la gente atraviesa, va y viene en “trajineras”.

Las trajineras, es un tipo de embarcación de fondo plano hecha con tablones e impermeabilizada con una goma de petróleo “chapopote”. Estas son utilizadas como transporte, las hay individuales o sino más grandes de hasta 15 o 25 personas, se usa en aguas tranquilas y poco profundas, como lo son las del Lago Xochimilco, con un puntal no superior a 30 cm y una manga de 3 metros, que se mueve por medio de pértigas apoyadas en el fondo de la masa de agua en que se desplaza.

Actualmente Xochimilco, es un sitio turistico, en donde puedes pasearte por el pueblo que es muy, muy, antiguo, sumado a su hermosa iglesia (no es que sea persignada pero tengo ojos), la plaza y un par de cuadras y san se acabó. Los turistas van a las trajineras, que son las barquitas antes mencionadas, para pasearse por el lago, mientras empinan el codo y comen bastante. Nosotros en esa ocasión, como íbamos de día de muertos, nos saltamos a las trajineras y pasamos directo al centro del pueblo. Dígase a la iglesia y centro.

Sin persignarnos porque somos todos bien comunistas (de otra parroquia), entramos a la iglesia que es de piedra, chiquitita, pero cumplidora. Y es que los origenes de ese lugar, se remontan a la época prehispánica y esta característica particular de cultivar flores, también les hizo ser productores agrícolas de lo que se consumía en Ciudad de México. Obvio que eso quedó en el pasado. Y bueno, saliendo de la iglesia, cruzando la reja que la protege, llegas de zopetón al centro del pueblo, donde cada 2 de noviembre, puntualmente, se instala ¿qué? su tremendo, hermoso altar de muertos. Esto sí que es un espectáculo poético de calibre grueso.

Porque si bien no hay competencia, solamente adoración, el altar es enorme de alto, de grande, de ancho, de largo y con la cantidad impensada, menos imaginada de detalles. Que sus flores anaranjadas y amarillas, que sus pétalos de las mismas flores, que una que otra Cala ya que estamos, que el pan de muerto, muchas, muchas, diversas y distintas calaveritas de dulce, de cerámica, pintadas, en blanco y negro, en solo blanco. Un espectáculo precioso. Las velas, velones, veladoras. Y por supuesto harto coreano haciendo clic, clic, clic, a toda esta belleza para inmortalizarla en fotografías que luego presumirán en sus casas.

De vuelta a casa.
No sé si este año con mi sisterna Manucita, pongamos altar de muertos. Creo que la esencia de nuestros padres, a veces nos penan, también será que el ritmo vertiginoso en el que los chilenos vivimos la vida, donde no le damos tregua, entrada a la sabiduría azteca, que invita a poner freno y detenerse en las otras cosas también importantes, como memoriar, conmemorar, celebrar a los que no están.

Porque siempre ocurre algo que entorpece los planes tales como hacer el altar, con todos sus detalles. Por lo que un poco en esa dinámica, hemos optado con mi sisterna, vivir en un constante altar de muertos. Es decir, cuando nos sorprende el 3 o 16 de abril, el 21 de enero, 26 de julio, 19 de septiembre, 28 de mayo o 30 de noviembre, el altar en sí mismo está instalado a la entrada de la casa, sólo falta poner la foto del deudo homenajeado, comprar flores, dejar prendida la velita, que más no sea durante el día.

Y para el 2 de noviembre, donde rememoramos a coro a todos nuestros ausentes-presentes, pues cortaremos algunas de las nacientes flores de la bugambilia, los adornos siempre están, y en materias de pan de muerto, hemos descubierto que es cosa que compremos un pastelito cualquiera en el supermercado, lo dejemos fuera del refri un par de días y listo, estarás cumpliendo con el rito a cabalidad.

Lo mejor es cuando nos damos el tiempo de contarnos las mismas historias de nuestros queridos ausentes-presentes, empinando el codo, ya sea con tequila, con cerveza o con el buen vinito tinto. Son esos momentos en los que uno realmente se conecta, después se conecta con su gente que cada día son más los que están en el cielo aburridos, en el infierno pasándola bomba y nosotros aquí comiéndonos el buey.

Algunos tips por si quiere unirse a la conmemoración y adornar su altar.
– Las calaveritas de azúcar.
Antes de la llegada de los españoles, ya era una tradición colocarlas, pues se creía que los difuntos volvían a sus hogares para convivir con sus familiares y disfrutar los alimentos que les prepararon. Con la llegada de los españoles empezaron hacerlas de azúcar, ya que era un producto que no consumían los indígenas mexicanos.

– Las flores para día de muertos.
Flores amarillas o naranjas, cempasúchil: Simbolizan la tierra sirven de guía. Y además de ponerlas en jarrones, floreros, estas flores son muy fáciles de despetalizar (sacar los pétalos) y estos verterlos por el altar.

– Las veladoras.
La luz significa fe y su flama la guía para que el alma visitante encuentre el camino. Se pueden colocar en forma de cruz, una en cada punto cardinal.

– Pan de muertos.
El pan de muerto tiene su origen en la época de la Conquista, fue inspirado por rituales prehispánicos cargados de simbolismos en cada detalle de su estructura. En México, principalmente al sur y al centro del país se coloca éste pan de fiesta en las ofrendas tradicionales para celebrar a los difuntos que regresan por la noche del 1 y 2 de noviembre.

Datología
Qué: Sobre día de muertos.
Cuándo: 2 de noviembre.

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