“El Ermitaño de Las Chilcas, el tren y el papalote”.

* Por Vólker Gutiérrez Aravena.

Viajar en tren desde Til Til a Llay Llay o a Valparaíso, cuando con mis hermanas no pasábamos los diez años de edad, tenía una amplia gama de entretenciones y aventuras, que comenzaban cuando en la boletería de la estación nuestros progenitores nos permitían comprar los pasajes, unos trozos de grueso cartón rectangular a los que, ya en marcha, un conductor marcaría con una muesca (¡qué ganas de conseguir uno de aquella época!).

Lo que más expectación y ansiedad nos provocaba entonces era el paso del convoy por una serie de tres túneles, de los cuales el del final era el más extenso y oscuro. Varios años más tarde averigüé que se trata de portentosas obras de ingeniería, realizadas poco antes de 1863, dirigidas por Enrique Meiggs y William Lloyd (este último, usando también una técnica ferroviaria, fue responsable de construir la iglesia anglicana del cerro Concepción de Valparaíso). De más está decir que un capítulo especial en la perforación de la roca lo tienen los trabajadores que, en lo principal, hicieron tal a punta de cincel y picota, aparte de la dinamita que dejó a unos cuantos enterrados ahí para siempre.

Los Maquis, Las Palomas y Centinela, ubicados entre los kilómetros 83 y 89 de la vía férrea, en medio de las estaciones Enrique Meiggs y Llay Llay, son los nombres de la trilogía de conductos subterráneos que permiten sortear los rocosos obstáculos en la cuesta Las Chilcas. Como señalé más arriba, con mis hermanas estábamos siempre deseosos de esos instantes en que el interior de los vagones quedaba totalmente en penumbras. Sin embargo, hubo una ocasión en que nuestros padres contaron una historia que nos dejó pensativos y pegados a la ventanilla del lado izquierdo del carro, lugar privilegiado para admirar un paisaje que sobrecoge, con la profunda garganta que mucho más abajo es surcada por la serpenteante carretera y que, en la ladera del frente, despliega unas rocas ciclópeas, entre las que la llamada “Pata del Diablo” se lleva los honores principales.

La historia novedosa, que modificó en gran medida nuestra infantil atención del viaje, nos habló de un señor, un ermitaño (tuve que preguntar el significado de ese nuevo concepto) que hacía su vida en medio de aquel paraje casi bíblico. Nos contaron que el hombre, al parecer, tenía su hogar en medio de los riscos, en una especie de cueva, de donde salía a deambular por el sector y a recoger las limosnas y comidas que los automovilistas y camioneros le compartían. No tenía casa, ni esposa, ni hijos, ni familia. Ni trabajo y, por ende, tampoco un sueldo, como estimábamos que era el día a día de cualquier persona adulta.

Desde entonces, cada vez que se repetía el viaje -hasta que el tren de pasajeros entre la capital y el puerto fue canallescamente terminado, en la segunda mitad de la década de los ochenta-, al llegar al sector de Las Chilcas aguzaba la mirada por la ventanilla, buscando algún indicio de aquel hombre que vivía a contrapelo de la sociedad y que llenaba su soledad de humanos, seguramente, con pensamientos demasiado inmensos para el resto de nosotros, simples mortales a los que nos habría abrumado convivir, de día, con esas rocas gigantes y desnudas como al inicio de los tiempos y, de noche, con la infinitud del mapa estelar.

Juanito. Así fue llamado también el Ermitaño de Las Chilcas. Siempre silente y de mirada muy profunda, provocó la mayor curiosidad entre los que supimos de su deambular al lado del camino o entre quienes, más afortunados, alguna vez lo pudieron divisar con sus andrajos y su enmarañado pelo a cuestas. Que yo sepa, nadie logró determinar su verdadera historia y por eso, como usualmente ocurre en estos casos, se tejieron muchos mitos en torno a su misteriosa vida. Ni siquiera los osados escaladores de roca que empezaron a ejercitarse en esa misma zona, algunos de los cuales se cruzaron en más de una ocasión con el anacoreta, obtuvieron un mínimo dato de su biografía o de la razón de su aislamiento.

El invierno de 1997 fue rudo, sobre todo en el mes de junio. Las precipitaciones en varias zonas del país superaron el doble de un año normal y la cifra de damnificados rebasó las ochenta mil personas. Como ya sabemos, luego de las lluvias viene el frío y con él, para algunos que no tienen buen cobijo, la parca. Tras unas cuatro décadas de deambular en solitario y subsistir de la caridad, el 17 de junio de ese 1997 encontraron sin vida al Ermitaño. Su funeral en el cementerio de Llay Llay fue masivo. De cierta forma, tal como escribió y musicalizó Silvio Rodríguez en la historia del hacedor de papalotes (volantines) de su ciudad natal, para este vagabundo de Las Chilcas “el día más importante de tu existencia fue el de tu muerte”.

El papalote* (*volantín)
(Silvio Rodríguez)

Será por tu vivienda,
hecha de ruinas y de misterios;
porque rompías la roca
para ganarte un par de medios;
o por tus tirapiedras,
los más famosos de La Loma*, (*barrio de San Antonio de los Baños, Cuba)
con la mejor horqueta
de la guayaba y duras gomas.

Será por todo esto
que mi memoria se empina a ratos
como tus papalotes,
los invencibles, los más baratos;
y te levanta en peso,
Narciso el Mocho, para ponerte
junto a los elegidos,
los que no caben en la muerte.

El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
Se va a bolina* la imaginación. (*caída del volantín)
Buena cuchilla* lo picó.
(*a la cola de algunos volantines se les ponía un trozo de cuchilla para vencer en las competencias)

Una vez de tus manos
un “coronel”* salió brillando. (*volantín grande)
Qué pájaro perfecto:
cuántos colores, qué lindo canto.
Ninguno de nosotros
iba a volarlo, ya se sabía:
era un encargo caro
del que mandaba, del que tenía.
Llevabas en el puño
aquel dinero de la tristeza;
dinero de aguardiente
de “El Sol de Cuba”*, de la cerveza; (*un bar o bodegón de San Antonio de los Baños)
y te seguimos todos
a celebrarlo, sucios y locos:
para ti “Carta Oro”* (marca de un ron)
y caramelos para nosotros.

El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
Se va a bolina la imaginación.
Buena cuchilla lo picó.

La gente te chiflaba
cuando en la tarde subías borracho;
tú contestabas piedras
y maldiciones a tus muchachos.
Eras el personaje
de los trajines de tu pueblo;
eras para la gracia;
eras un viejo; eras negro.

Una noche el respeto
bajó y te puso bella corona;
respeto de mortales
que, muerto, al fin te hizo persona.
Pobre del que pensó,
pobre de toda aquella gente,
que el día más importante
de tu existencia fue el de tu muerte.

El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
El papalote
cae, cae, cae, cae, cae.
Se va a bolina la imaginación.
Buena cuchilla lo picó.

En esta ocasión en particular, puedes escuchar este tema a través de: https://www.youtube.com/watch?v=a8o-FJ_N41Y y el texto original, con fotos variadas, que ilustran esta emocionante historia, a través de su blog: https://cavatinadas.blogspot.cl/

Datología:
Qué: Crónica “El papalote” septiembre 2017.
* Quién: Vólker Gutiérrez Aravena. Director Letra Capital Ediciones. Co-fundador Cultura Mapocho.

También te puede gustar...

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *