74 años cumple el Teatro Metropolitan de Ciudad de México.

Por Colomba Orrego Sánchez.

Un 8 de septiembre, hace 74 años, se inauguró en Ciudad de México, el Teatro Metropolitan y arrebatada al son de mis nostalgias, a por aquellos tiempos pasados, en los que fui tan recontra feliz, me dejé llevar y busquetea que te busquetea por aquí y acullá, encontré tanta información e historias sobre aquel maravilloso espacio cultural, de mi amado Distrito Federal (hoy CDMX), que quise pasar a compartirlo con ustedes ¿a poco no soy una monada?

Y es que el Teatro Metropolitan, más allá de mis aventuras, goces y alegrías, es un lugar que si uno viaja para a la capital azteca, no puede dejar de conocer, porque su belleza transita de “adentro hacia afuera”.

Primero, por su arquitectura, segundo, por su belleza, tercero, por lo bien tenido que está, cuarto, porque es un lugar impregnado a más no poder de historias.

La historia del Teatro Metropolitan.
La historia cuenta que se mandó construir para hacer de él una sala de cine, la primera y más sofisticada que tuvo la ciudad capital mexicana. Aunque ello quedara en el ayer, ya que después devino es espacio para teatro, danza y música.

Otro gran plus que suma, es el estar ubicado en el corazón de la ciudad, que como en todas las otras ciudades de nuestra América Latina, es donde se concentraba nuestra identidad, historia como nación, sumado al detalle, belleza, de sus arquitecturas envejecidas, otras restauradas, muchas desaparecidas, al son de los vaivenes terremotiales e inmbiliarios.

En lo personal, cada que voy a México, Ciudad de México o DF, si no visito el centro, el zócalo, el conocido centro histórico, como que no me hallo, ni encuentro y es casi como que no estuve, ni fui, menos soy.

El centro de la ciudad.
No deambular por el “Paseo de la Reforma”, hecho a pedido para la Emperatriz Carlota, que según mi papá, se paseaba en pelota, no sé cómo lo supo, pero a saber, quizás a Maximiliano le gustaba en estado natural la señora.

Continuar la ruta, mientras lanzas piedritas o monedas en cada una de las majestuosas fuentes de mármol, con estatuas de Neptuno, algún delfín, alguna hermosa, modoza y joven, escasa de ropajes o quizás, con los pechos al descubierto.

Tomarse fotos apoyados en sus majestuosos sillones de piedra de cantera rosada, ubicados en el costado norte del Paseo de la Reforma, adornados por aquellos enormes maceteros, también de piedra, por los que afloran verdores. Hasta topar con el más majestuoso de los palacios (con todas sus letras), el de Bellas Artes, encandilarse al son de su mármol blanco impoluto, aunque con algunas motas en gris, que funge como pared. O con la araña gigante de metal, que invita a adentrarse al palacio, o la estatua del caballo con jinete incluido, que galopa veloz al viento, enrumbado hacia la Torre Latinoamericana.

Y como decía al principio, busqueteando información del Teatro Metropolitan, me metí al Google map, que no es mi especialidad porque nunca entiendo nada, onda que las calles como que se multiplican y más que encontrar, encuentro que es más fácil perderse.

Otra cosa es al paso de los pies, algunos de las bicis y es que en tierra mexicana todo es diferente, no hay pierde y si lo hubiera, de alguna manera regresarás. Pero el tema es que entré a Google map, pinché y cual fantasía se abrió el plano de la ciudad y entre los miles de lugares…. Apareció el Teatro Metropolitan y de ahí simplemente la sensación palpitante de estar, de haber vuelto, vuelto, volver, volver.

Volver a sentir allá, caminando por esas calles, sentir ese aroma de smog, sumado al de alguna tortilla de maíz esquiva, e imaginar cada uno de esos rincones como el nada esquinero, menos pequeño Metropolitan.

La zona de los teatros.
El Teatro Metropolitan, está ubicado detrás del hermoso, sofisticado, maravilloso Palacio de Bellas Artes, específicamente en la Avenida Independencia no. 90, Cuatehémoc, Colonia Centro.

Que no les dirá nada, pero detrás del Bellas Artes, siempre en la colonia centro, del área postal Cuauhtémoc (por si un día quieren escribirle una carta), estarán sumergiéndose en la zona de “los teatros”. Si se toman la molestia de buscarlo por Google map, verán que por frente, costado, detrás, a un lado, allá, acá, lo que más hay además de estaciones de metro, son teatros. Como por ejemplo: el Nuevo teatro Silvia Pinal, Teatro Blanquita (del que pronto les hablaré), el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, y un poquito más allá, el Teatro Venustiano Carranza, al que la verdad, no conozco jajaja.

Y es que el mundo en una época estuvo tan bien diseñado. En aquella en la que el centro era el espacio donde todo sucedía, no por nada estaba la Catedral, el Palacio de Bellas Artes, el paseo de los domingos “Paseo de la Reforma”, la Torre Latinoamericana, iglesias para dar y regalar, el Sambors para ir a desayunar tarde, comer, cenar. Como debe haber sido con seguridad, en cada una de las regiones de Chile, que su centro era el eje de vida, de la vida.

Y en esa belleza e inmensidad del centro de Ciudad de México, cuando el tiempo sumaba a la década de los ´40 (más menos), fue que empresarios interesados en las artes visuales, dedicaron el negocio a construir y construir teatros y más teatros por esas zonas, para que los que habitaban la colonia Roma, La Condesa, la centro, acudieran a los espectáculos de variedad variada.

Volviendo al presente.
Les contaré del pasado, que cuando me tocó conocer el Teatro Metropolitan, fue del verbo “enterito”. Tuve la oportunidad única e inolvidable, como irrepetible de conocerlo de fachada, entrar por la puerta ancha, por la angosta y trasera también. Y es que por aquellos tiempos (1997 -1998), el teatro no hacía mucho tiempo que había vuelto abrir –definitivamente-, sus puertas. Porque las diversas crisis económicas por las que ha pasado México, hizo que los dueños en turno, más bien cerraran las puertas que otra cosa.

En esos tiempos que tuve a bien conocer el Metropolitan, yo las hacía de periodista titular de una banda de rock mexicano, lo que me permitía asistir a todos los eventos en los que ellos, la banda, participaban. Como fue el Vive Latino del ´97 y después del ´98.

Y en esa calidad es que conocí el teatro lo que se dice,
Por frente, costado, arriba y abajo. Porque les contaré un secreto…. El Metropolitan tiene una azotea espectacular y un subterráneo ídem ¿qué hacía yo por esos lares? Ya se los contaré.

Azotea y subterráneo.
No fueron precisamente los músicos del grupo, los que me acompañaron a husmear por los rincones, sino que el staff detrás de bambalinas, dígase técnicos, sonidistas y los encargados del teatro.

Si bien mis funciones eran de prensa y comunicaciones, cuando la banda para la que trabajaba: “Santa Sabina”, la invitaron al Vive Latino, el trabajo comenzó para mí y así también la diversión. Ya que la “sala de prensa” la instalaron en el teatro, convirtiendo ese sitio en mí segundo hogar.

Como no éramos de las bandas (grupos) más famosas, tenía que ingeniármelas para usar el teléfono, que me pasaran el computador y bueno, pues dialogando y amigándose, tanto que se puede lograr.

Mis amigos más leales y los que más me sacaron de aprietos, fueron los nunca bien ponderados técnicos, qué decir de los tramoyistas, sonidistas y el señor del aseo. Porque no sé si les comenté que los mexicanos, como seres humanos, son los más simpáticos, amables, cálidos, relajados, buena onda y a una que le encanta socializar y éramos todos tan jóvenes y energéticos, que obviamente no existió poder natural que impidiera mi permanencia durante todo el desarrollo de los festivales de música.

Y como ya éramos amigos inseparables, entonces más de una vez me invitaron a compartir sus vicios, porque sabrán que la ecuación: música + jóvenes = marihuana y en México, al igual que en Chile, es ilegal, maldita sea, sumado a que no a todos les interesaba llenarse de su humo. Entonces había que irse alguna parte y a la calle no, por aquello de las hordas de fans. Así fue como alguien comentó lo de “subir a la azotea”.

Temas de azotea.
Porque aunque el Metropolitan sea un teatro, en México no existe edificación que se digne de ser tal, que no tenga azotea. La azotea es el techo plano, sin tejas, que toda casa terminada debe tener. Y generalmente este espacio es utilizado como una extensión, hacia arriba, de la casa, donde puedes disfrutar de los frescores en épocas estivales o si tienes empleada, construirle una mediagua o si tienes perro y eres de los que no lo sacan por nada. Entonces le anticipas la jubilación enviándolo para la “azotea”. O si no puede servir para la sala de “lavado, planchado y secado”. O bien como bodega. Y en donde además está el “tinaco” que surte de agua a la casa, teatro, vecindad, edificio, construcción pues.

Entonces obviamente que el Metropolitan, no iba a ser la excepción a la construcción ¿no? Pero esta azotea en particular tenía el pequeño detalle que supuestamente estaba “clausurada”. Ya que cuenta la leyenda que “una vez, hace mucho tiempo”…. Alguien decidió lanzarse al vacio por la azotea. Entonces la cerraron, onda masonamente “tapiaron” y las llaves se las tragó el último dueño.

Pero eso era leyenda, porque en lo personal puedo dar fe que existe, hay una puerta, que atravesé, encontrándome una escalera que subí y por la que llegué al techo, azotea del lugar.

Pero cuando la necesidad tiene cara de yerba, no hay puerta con candado que no se pueda derribar. Y llegamos a la azotea, a la que un poco la habían convertido en una suerte de bodega o un soberano basurero, sumado a que en sus 74 años de historia, mis tocayas las Palomitas y alguno que otro pajarito, la convirtieron en su WC predilecto. Y recién en la década de los ´90 en más, los músicos nacionales o extranjeros, que se dieron cita en ese espacio, aportaron artísticamente, con una alfombra de colillas de tabaco y/o pitos.

Pero final de cuentas, esa azotea, con su vista, con ese cielo abriéndose ante nosotros, cada noche, cada tarde y hasta una que otra madrugada, fue siempre una poesía. Si bien Ciudad de México es impresionantemente enorme y tiene los edificios más grandes, de los grandes, grandes, El Metropolitan, que en sus tiempos debe haber sido de los enormes, no es que en la actualidad sea petizo, buenas eran también las luces que las edificaciones del horizonte, permitían contemplar. Sumado a que en México no existe la palabra frio, helada y todas las tardes, noches, mañanas, amanecidas, atardecidas, el clima, la temperatura, es absolutamente deliciosa. Y a esas alturas mucho más.

Y después de tantos diáfanos momentos en compañía de gente tan simpática, venía el descenso, que si bien el afán mío por esas latitudes era contemplativo, lo fumado por otros, entraba por narices aunque uno no quería y entonces a la hora del descenso por las angostas y empinadas escaleras que separaban la azotea de abajo, uno que quedaba con la motricidad fina un poco entorpecida, tenía que hacer de tripas corazón para llegar a tierra firme con dignidad y no transformada en una manada resbalándose en masa.

El sótano.
Otra cosa e historia, fue conocer el sótano. Según los conocedores del recinto, dicen que era la bodega del teatro. El espacio más que mal, en versión averno, media lo que el teatro en ancho y largo, por lo que era el lugar más amplio para guardar todo, todo, todo.

Desde las escenografías, los materiales con las que las armaban y desarmaban, los vestuarios de las obras de teatro, los espejos para los encuentros de danza. Allá abajo había un mundo aparte en cachureos, el azote de Diógenes.

No era húmedo, oscuro como boca de lobo, pero obvio que tenía unas poderosas luces para encontrar lo buscado. Y de hecho bajé reverendamente de metida, metiche, acompañando a la vocalista del grupo para el que trabajaba, quien estaba buscando alguna prenda entretenida para su concierto.

La historia del Metropolitan.
Y volviendo hacia atrás en el tiempo, les contaré que este edificio conocido como Teatro Metropolitan, que hoy suma 74 años de historia, fue construido por el arquitecto Pedro Gorozpe Echeverría, quien se encargó de darle forma a un proyecto del entusiasta escenógrafo Aurelio G. Mendoza.

De este modo, el estilo neoclásico del interior se conjugó armónicamente con el Art Déco del exterior, características que hoy en día hacen las delicias de los visitantes. Construido durante los primeros años de la década de 1940, originalmente fue concebido para funcionar como un glamoroso cine, el cual abrió sus puertas el 8 de septiembre de 1943.

En dicha fecha, la inauguración se llevó a cabo con una gran fiesta, donde se organizó la premier de la película “Los Miserables”, donde asistió lo más “Inn” del socialité capitalino, sumado a la presencia del entonces Presidente de la Nación, Don Manuel Ávila Camacho. Y obviamente que las luminarias del cine, en ese entonces de oro mexicano.

A partir de su inauguración, este edificio gozó de mucha popularidad entre las estrellas de cine nacional. Cada función se transformaba en todo un evento, no solo por la cinta a exhibirse sino por la cantidad de fans, apostados en la entrada, intentando ver de cerca a sus estrellas, tales como María Félix, Dolores del Río, Andrea Palma o Pedro Armendáriz.

Lamentablemente lo bueno dura poco y a medida que las mieles del cine mexicano, comenzaron a derretirse, este edificio maravilloso, también sufrió los embates de aquella decadencia y tuvo que cerrar sus puertas. Y como pasa con el desuso, el deterioró acabó por opacar la grandeza de antaño del Metropolitan. Otras cuantas décadas tuvieron que pasar, hasta volver abrirlo, gracias a un generoso presupuesto estatal de 10 millones de pesos, usado en su remodelación.

Fue así como el Metropolitan volvió a brillar. Retomando el protagonismo de ser un edificio de exuberante belleza arquitectónica, que sumado a lo bien tenido de su interior, lentamente fue ganando notoriedad y productores, empresas culturales, querían exhibir sus espectáculos única y exclusivamente en ese lugar.

Así sumó a su cartelera, que antes era solo de cine, también teatro, danza y música. Los primeros conciertos del Festival Internacional de Jazz de la ciudad de México, se dieron cita en el Metropolitan.

Después sumarian conciertos de música menos docta, como el rock, ska, electrónico, hasta metalero. Bandas locales como Caifanes, La gusana ciega, Kinky, Plastilina Mosh, hicieron de ese espacio su casa. Y ya para la década del ´90, es decir, cinco décadas después de su inauguración, es que el Metropolitan, alcanza su pick más alto, en cantidad de espectáculos ofrecidos, fama y fortuna, para sus administradores.

Actualmente el que no realiza un evento para tocar, cantar, zapatear o bailar, en el Teatro Metropolitan, onda, no existe, así de simple. Es “EL” teatro en el que todos quieren estar. Sumado a que tiene capacidad para albergar a tres mil espectadores, lo que en materias económicas, si logras llenarlo, te forras, porque te forras de billetucos. El éxito, grito y plata en el que se ha transformado, dígase “taquillero”, le ha obligado a la modernidad como lo es el sistema de entradas “Ticket Máster México”, que me vale madres, pero parece que en materia de “teatros del centro de la ciudad”, llegar a este nivel, es porque eres absolutamente la neta del planeta.

Del interior hacia afuera.
Este maravilloso recinto, es una memoria viviente de las antiguas salas de cine. Sus enormes escalinatas, que conducen al segundo piso, así como sus butacas rojizas, sus palcos y sus esculturas griegas fueron testigos de la época de oro del cine. Aquellos maravillosos tiempos en el que cintas de Pedro Infante, Tin tan, Jorge Negrete, eran estrenadas ahí.

El boom que logró en la década de los ´90, se la debe en gran medida a que fue transformado y administrado por OCESA, empresa dedicada a la producción de espectáculos musicales. Actualmente, en su sofisticada sala es posible admirar presentaciones y conciertos de importantes artistas, que van desde lo más selecto del jazz, pasando por el rock, pop, ska. Como el Vive Latino. Sumado a los encuentros de danza clásica y moderna y temporadas de obras de teatro nacionales.

Una “chulada” que si lo valora realmente y viaja a México, no debería dejar de anotar en su bitácora: “debo ir al Metropolitan”, que más no sea para admirar su arquitectura, apreciar su historia y quien sabe y hasta tenga la suerte de contemplar algún espectáculo, que transforme su visita en algo realmente inolvidable.

Datologia:
Qué: Viajando por el mundo: Historia y vida del Teatro Metropolitan de Cid. De México.
Quién: Colomba Orrego, editora general de Hoy en Santiago.
Para visitar: Avenida Independencia 90, Cuauhtémoc, Colonia Centro, o6050, Ciudad de México.
Metro: Línea verde, Estación Juárez.
Teléfono: +52 55 5510 1035

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