Donkame Yoko: la picada japonesa.

Por Colomba Orrego Sánchez.

Partiendo por el principio, debo decir que a la comida japonesa llegué por mi sisterna Manucita. Ella, en tiempos pasados, me convidó en compañía de su pololo de entonces, a comer al Yoko, que estaba en calle Merced. Una puerta insignificante en la vereda de dicha calle, un local angosto, con una barra, dos mesas y sus respectivas sillas y muchas felicidades.

En esos tiempos, no había llegado el boom de los Rolls, de hecho, ni se mencionaban en la carta, sino que sashimi, las sopas, los tallarines, los pocillos con arroz blanco, insípido, que remontaban en recuerdos al que debieron comer los ojirasgados de los vietnamitas cuando luchaban en sus variadas guerras.

El tema es que en ese lugar tuve a bien probar mi primer comida japonesa, que no sé otros, pero me descolocó fuertemente. Sobre todo porque el pesadito de mi cuñis, me hizo probar wasabi, excusando que era un producto oriental fundamental y delicioso y no sé si lo habrán probado, pero experimienté una apertura de fosas nasales y garganta que nunca, nunca olvidé y consideré una de las experiencias más desagradables experimentadas.

Para sumarle a las aperturas, los “sashimis” eran filetes de pescado crudo !crudo!. Hartas cosas raras, “distintas”, habíamos comido en México: huevos de caguama crudos, chapulines, sesos de mono, de vaca, pero crudo lo que se dice, “al natural”, la verdad que no y eso que en la playa me comí diversos moluscos y demases, cuando las olas me revolcaban.

Pero así son las experiencias y al menos yo, me abrí, de boca, mente, ojos, lo probé y fue curioso, el wasabi cuento aparte, el jengibre en rodajas, me gustó mucho. El pescado, de diversas variedades y en cortes cuales lonjas, al principio ne dio un poco como que no, después como que igual y ya después, sumado a la soja, me hice adicta.

Otra cosa fue probar las “sopas” japonesas, que en materia de “aspecto estético”, tenían muy poco de japonés, en el sentido que dicen que los japoneses nacieron con buen gusto, con lo propio, bien acomodado, sencillo, minimalista, ell@s de estaturas mínimas, sumado a las hojas de Acer japónico, los kimonos, sus zapatitos pequeños, las casas de madera. Aquello de sofisticado, delicado, del que los cuentos infantiles, las imágenes mostraban.

Estas sopas más bien con apariencia a “potajes”, tenían más remembranzas a los que preparaba mi papá, cuando regresaba hambriento del trabajo y que tituló, por su años en el Liceo Alemán, como “porrish”. Una combinación perfecta entre avena o arroz y todo, todo, todo, lo que “sobraba” en el refrigerador, sumado a un lanzamiento de huevo crudo, al finalizar la cocción.

Bueno, pues este “porrish” era lo más parecido a las vasijas en las que los japoneses, sirven y rotulan como “sopas”. El caldo y para que se vaya preparando están hechas en base a carne de cerdo, por tal, en más de una de ellas, encontrará unas pocas lonjas de éste animalito, sumado a algas (nori), láminas de cebollín, algunos con verduras también o con masitas de wantan, todo esto flotando en el caldo. Un color café ronda la sopa, será por la soja ¿a saber?

Realmente deliciosas, sabrosas, contundentes. Aquí el cuento del plato magro, estético, moderado, ¡mangos! La oda a la abundancia y en bajo precio, dígase la “picada japonesa” en su total esencia.

Donkame Yoko.
Y bueno, como les conté todo eso pasó hace años luz, pero para aquellos que estén babeando de ganas de probar, traigo buenas nuevas, ya que si bien Don Yoko, tiene su sucursal toda “fifi” en Manuel Montt, pero de esa no hablaré, su hija, decidió seguirle el vuelo, en versión más familiar, en horarios más relajados, sin tanto estrés, pero no por ello menos calidad, delicia, instalándose en plena avenida Bellavista, comuna de Providencia con su “Donkame Yoko”.

No tengo idea qué significa “Donkame” pero sí sé que con solo poner en el Google “restaurante japonés de Don Yoko”, aparecerán sus dos opciones.

En los cuales volverán a encontrarse, los que como mi sisterna Manucita y yo, añoran esos tiempos añejos.

En “Donkame Yoko”, no existen los Rolls, sí los sashimi. El pero, porque no todo puede ser maravilla, maravilla, es que generalmente siempre, son de salmón. Y no sé si lo sabrán, pero actualmente es uno de los pescados más contaminados, impuros. Producidos al mil por ciento en criadero, donde nada es lo que parece. Uno, porque el color es a punta de puro remedios que les dan, casi podríamos decir que el salmón, es como el chileno, bien hipocondríaco y le solucionan todo desperfecto posible, a punta de variados pastillajes.

Será me pregunto, por la manera cautiva en la que nacen y crecen, pa morir bien luego, pero el tema es que si usted quiere comer caca, puede ir al WC o comer salmón.

Pero no todo está perdido, porque bien puede ir a la pescadería del barrio o al súper y comprarse otro pescado y hacerse el sashimi en su casa.

Pero volviendo a “Donkame Yoko”, no sólo de “sashimi”, se puede sobrevivir, ya que podrá disfrutar de los otros deja vu, que existían en el restaurante de antaño en Merced. Como aquellas maravillosas, deleitosas, sabrosas gyozas para la entrada o el arrollado primavera o quizás un plato de tofú asado, tostado, servido con láminas de almedra. Y ni qué decir con las suculentas sopas. Aquí las podrán encontrar van con tallarines, otras solo con verduritas, otras con pocillos del arroz blanco insípido, que pa eso está la soja. Y aquello de insípido, creo que es cuestión de gustos, a mi me encanta!

La carta.
La historia con “Donkame Yoko”, también comenzó de mano de mi sisterna Manucita, corría diciembre del 2016, era su cumpleaños y la invité a donde quisiera y fue aquí.

Como era la homenajeada, eligió el plato para dos, pa compartir y sentirse en los países orientales, a todo lo que diéramos. El plato para dos, consisste en una olla enorme, sobre un fuego eléctrico, que te llevan a la mesa, para que tu vigiles y tomes muuuuy caliente, un poco menos, fría, como quieras. Los pocillos para cada una, sumado a uno con arroz para cada cual. Y en la olla… puras sorpresas y maravillas.

El ollón “para dos”, de sopa deliciosa, está hecha, recuérdenlo, en base carne de cerdo, sumado a lonjas de carne del mismo animalito, verduras, algas, masitas de wantan, porque este plato, es “el familair”, el grande, el único pa compartir ($15.000) y con el que uno queda más que feliz, nada de enguatado a menos que lo comas como si te persiguieran. Sumado al arroz. Ese día y siempre, siempre, pedimos además, de entrada unas gyozas.

En materias de gyozas, hay que decir que en “Donkame Yoko”, sirven las netas del planeta, dígase las verdaderas, the “really” gyozas. Las que preparan cocidas al vapor, no fritas, las sirven calientes como para quemarse hasta el apellido y sin embargo, si no comes ansias y esperas, probarás una masa delgada y sabrosa, suave, blandito y a la vez un poco crujiente “magia japonesa”, un relleno de repollo y otros divino, hacerlas nadar en un aderezo de salsa de soja, con aceite de sésamo….poesía es un adjetivo magro.

Y como a lo bueno hay que homenajearlo, de tanto en tanto, volvemos.
En esta ocasión el tiempo había transcurrido, era 2017, lo bueno es que la carta seguía intacta con sus buenas sopas, la gyozas de entrada, tofu frito, entero, cocido, los pocillos de arroz con pescado (salmón = caca), con verduritas, sopas con tallarines, con verduritas, con masa de wantan y otras con algas (nori).

Como era invierno y una de esas tardes frionas, la idea planeada camino a, era pedir cada una una sopa diferente para convidarnos, pero los ojos, el hambre y el frío nos llevó a la misma ¿y qué tanto? De nombre impronunciable pero para dar datos cuesta $8.000 y consta de carne de cerdo, algas, tallarines, masitas de wantan y cebollín.

Sobre el local.
Una vez alguien me reprochó que no había dicho nada sobre el aspecto horrendo de un restaurante, al que le hice el comentario, de ahí en más, aprendí la lección y doy santo y seña, pa que nadie más me diga misa.

“Donkame Yoko”, es un local pequeño, de hecho es una suerte de cochera, encaramada en la avenida Bellavista, frente a la Clínica Santa María. Es pequeño de no sumar más de seis o siete mesas. Su fachada no es la más estética y hermosa del mundo, por no decir que si no conoces el local o si no vas con el número en la mano, pasarás de largo sin chistar, porque es realmente inaparente. Sumado a que en sus extremos hay otras alternativas, total y absolutamente diferentes, pero la vista busca y el hambre encuentra. Fachada e interior, es lo que se dice la oda a lo sencillo por donde se le vea, rustica, modesta. Un letrero de madera que anuncia que estás donde crees que ibas.

Una puerta – ventana de vidrio que invita a pasar. Y dentro, adentro la cosa cambia.
El espacio es estrecho, pero mesas y sillas no se topan con el resto de los comensales, cosa que hay que rescatar es un arte. La decoración es poética, al menos a mí me encanta, no puedo dejar de mezclar y sumar todo y pensar que Japón y China son la misma cuestión y que los gallos, los pescados, las mujeres con kimono, sus pelos negros recortados redondeándole el rostro, los dibujos de olas de mar, de barcos, pertenecen a un mismo todo.

Y obvio que no, unos, éstos, japoneses, son los de la isla que supuestamente está tan cerca nuestro y los chinos, son los otros que están en el oriente del mundo, cerca de mi amada ex URSS, comunistas también.

Y sin embargo inculta, ignorante seré, pero aire de oriente tienen todos, con sus culturas milenarias, delicadas y a veces no tanto, hermosos, detallistas. Con los cerezos en flor, de flores rosadas o blancas, las hojas del Acer enmarcadas y colgados en la muralla, con las telas de gallos, delgados, de color negro, de crestas rojas, adornando telas en forma rectangular.
Qué decir de los dibujos de caballos al galope, de los biombos de flores doradas, mujeres con kimono.

Un poco de toda esa decoración hermosa, delicada, encontrarán en “Donkame Yoko”, sumado a quien les da la bienvenida, que no es el gato dorado que mueve incansablemente su mano de la suerte, sino que un animalito, precioso, de identidad confusa, que podría ser un osito, quizás un koala, a lo mejor un ratoncito. Y que su función como en todos los animalitos (debieran ser) están ahí para recibir, dar bienvenida a los comensales y al dinerito que traen en sus bolsillos, que dará abundancia a los propietarios del negocio.

Este animalito de identidad singular, es lo primero que verás si observador eres, porque está parado sobre una mesa y la figura en sí, lo muestra parado sobre unos pergaminos, obviamente con muchas letras inentendibles, su carita muestra una expresión de estar sonando un “ohhhh” eterno. Viste su propio pelaje y lleva en la cabeza un gorro de cosechador de arroz, una monada.

De más detalles de la decoración, encontrarás algunos dibujos de animé japonés se posan en la base del refrigerador, lo que nos hace recordar que la dueña, es la hija de “Don Yoko” y que por tal, la juventud anda dando vueltas por el lugar.

La atención de mesas en Dokame Yoko, es realmente muy buena por cierto y eso que sólo hay una persona atendiendo todas las mesas. Una chica jovencita, de ojos rasgados, muy amable, muy linda, que viste un traje de punta a cabeza en color negro, lo que la estiliza y hace ver más linda aún, en contraste con su piel blanca y sus rasgos orientales. Aunque lo más bien que habla chileno.

El local, en su carácter diferente, familiar, pequeño, no tiene patente de alcoholes y sólo vende bebidas gaseosas de la CCU. Jugos Watts y por supuesto, unas hermosas teteras con tés variados.

Creo que es “LA” oportunidad, en la que uno puede volver al pasado y sentirse en casa, en confianza, con la alegría de probar, deleitarse con los platillos de la tradicional y sincera comida japonesa. Totalmente recomendado.

Datología:
Qué: Restaurante japonés “Donkame Yoko”
Dónde: Bellavista 376, Providencia.
Horario: De martes a viernes – De 13:00 a 15:00 horas y de 19:00 a 22:00 horas – sábado: De 13:00 a 16:40.
Precios: Entre $5.000 y $15.000

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