Un tufillo recorre la plaza

Por Vólker Gutiérrez Aravena.

En el corazón de la ciudad, mientras los devotos se confiesan al Hacedor, los turistas fotografían la Catedral de Santiago y los peruanos residentes recuerdan su tierra natal, a un costado de la principal iglesia nacional, el mal olor obliga a arriscar la nariz.

Que el esmog y el ruido forman parte de la elevada contaminación de la ciudad capital es una realidad que sus transitantes, los permanentes y los ocasionales, manejamos y sufrimos con no poca estoicidad. Especialmente, porque creemos entender que la solución a este moderno problema conlleva una larga, profunda y costosa tarea que incluye, entre otros, mucha fuerza de voluntad para modificar algunos de nuestros ya sempiternos malos hábitos. Requerimos, de seguro, una transformación como la encabezada en Santiago por don Benjamín Vicuña Mackenna, allá por la década del 1870.

Sin embargo, hay problemillas que no parecen necesitar más que un par de herramientas para dejar de serlo. Parece. Como ocurre cuando se nos tapa el lavaplatos. Es lo que pensamos quienes arribamos al pleno centro de la ciudad, ascendiendo por las escaleras de la estación del metro Plaza de Armas que se ubica en calle Puente, al costado poniente del edificio de Correos de Chile, mismo lugar que por siglos albergara la casa de los gobernadores y, más tarde, a los ilustres presidentes de la naciente república. O sea, una esquina de no poca trascendencia.

Pues bien, antes de toparse con la marea humana que deambula por el sector; antes de escuchar el barullo in crescendo de vehículos, comerciantes y paseantes; antes de reconocer las clásicas formas de la Catedral; por cierto, antes de observar el desgastado cielo que cubre la capital; antes de todo eso, un fuerte olor a descomposición nos cachetea y nos entrega la mal-venida a las históricas calles céntricas. Como para arrancar de inmediato. Si usted lector se imagina que exagero, lo invito (más bien lo desafío) a que haga el ejercicio de acudir al lugar. Quédese un par de minutos en la esquina, coloque cara circunspecta y observe las expresiones de asco de quienes pasan por ahí. Si no le basta ello, pregunte por “el problema” a los sufridos locatarios del sector, que deben tolerarlo por toda una jornada.

Se imaginan a un turista extranjero, importante o desconocido, asomando recién sus narices a esta ciudad -que pretende ser de clase mundial- y que reciba el saludo de este hedor. Tal vez por pudor o lo que sea, igual que varios cronistas foráneos que pasearon por la Plaza Mayor en siglos pasados, dicho turista no haga alusión a los vahos malolientes que emanan del lugar. Puede ser. Pero de que existe, existe.

Y por qué la referencia a los forasteros, se preguntará usted. Es que el problema no es nuevo, le respondo. No se trata de la misma situación, pero sí muy similar. Fíjese que al historiador nacional Guillermo Feliú Cruz, en “Santiago a comienzos del siglo XIX. Crónicas de los viajeros”, al tratar el tema de la Plaza de Armas, le llama la atención que escritores nacionales, a diferencia de otros foráneos, hayan plasmado en sus textos, con huella imborrable, algunos paisajes cotidianos y desagradables del centro mismo de la capital. Por ejemplo, de la pluma de Vicente Pérez Rosales en 1814, Feliú Cruz rescata que “era cosa común ver todas las mañanas tendidos, al lado afuera de la arquería de este triste edificio (la cárcel, donde hoy se yergue la Municipalidad de Santiago), uno o dos cadáveres ensangrentados, allí expuestos por la policía para que fueran reconocidos por sus respectivos deudos”. Huelgan comentarios.

También Feliú Cruz recoge las anotaciones que hiciera a principios de la segunda década del siglo antepasado otro ilustre personaje de nuestra historia republicana, el afamado compositor José Zapiola, autor del Himno de Yungay. En este caso, recordemos las palabras con que el músico retrató en “Recuerdos de treinta años (1810-1840)” esos problemillas que, casi doscientos años después, parecen no querer abandonar el paisaje olfativo de la Plaza Mayor: “… el resto de la plaza hasta la pila, decimos, estaba ocupado por los vendedores de mote, picarones, huesillos, etc., y por los caballos de los carniceros.

Ya pueden considerar nuestros lectores cuál sería el estado de esta plaza que sólo se barría muy de tarde en tarde, no por los que la ensuciaban, sino por los presos de la cárcel inmediata, armados de grandes ramas de espino que no hacían más que levantar polvo, dejándola en el mismo estado, pero produciendo más hediondez, como era natural”. Un poco más adelante, Zapiola suma agravantes a la descripción: “A esto hay que agregar una ancha acequia que atravesaba, como ahora, toda la plaza. Esta acequia, descubierta en su mayor parte, sin corriente, y no siendo de ladrillo, proporcionaba más facilidad para la aglomeración de cieno. Lo que había en sus orillas no necesitamos decirlo, pues para los vendedores no había otro lugar de ‘descanso’ (vaciar el cuerpo), de tal modo que, cuando el sol calentaba, se levantaba un humo denso producido por las evaporaciones de las inmundicias acumuladas allí”.

Si Pérez Rosales y Zapiola no merecen dudas respecto a la veracidad de sus anotaciones, lo que a Guillermo Feliú Cruz le pareció extraño fue que viajeros contemporáneos a nuestros ilustres personajes no dejaran referencias al poco glamoroso paisaje de la Plaza de Armas y, más bien, la pintaran como un agradable espacio en el que “ningún detalle afea la descripción”. Más todavía: sin fruncir el ceño, hubo algunos de estos visitantes del 1800 que la compararon a su similar de Lima, la Ciudad de los Reyes. No sería extraño entonces que ninguno de los muchos paseantes extranjeros, que por estos tiempos son llevados a fotografiar la Catedral de Santiago, realice alusión alguna al fuerte y desagradable aroma que inunda el sector señalado.

Consultados un par de quiosqueros de la esquina que forman las calles Catedral y Puente, señalaron que el problema del mal olor deviene de hace mucho tiempo y que su fuente se origina en la red del alcantarillado, cuya ferrosa rejilla alcanza a cubrir de la vista, mas no del olfato, lo que pasa por abajo. Agregaron nuestros compungidos amigos en que no deben hacer falta sofisticadas herramientas para detener este verdadero problemilla enclavado en el corazón de la ciudad capital.

Es decir, sintetizamos nosotros, que la autoridad edilicia tendrá a la mano lo mínimamente menester a fin de solucionar esta bicoca y dispondrá así de más energías para buscar remedio al problema mayor de la contaminación santiaguina.

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4 Respuestas

  1. Maria Elena Jaureguizar Lopez dijo:

    Genial me parece!!!

  2. Alvaro Rojas dijo:

    Que acierto a Volker Gutiérrez lo he leido en sus libros, es genial, un verdadero aporte. Felicidades.

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