Juan Gabriel Vásquez: El ruido de las cosas al caer.

Por Colomba Orrego Sánchez.

Decidí leer El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, porque investigando por ahí, supe que trataba de un misterio – secreto. Y en mi creciente pasión por la resolución de éstos, gracias a mis inspectores, detectives y policías escandinavos, que acompañaron mis vacaciones veraniegas, sentí que estaba bien sumar en lenguas castellanas.

También confesaré que me tentó de sobremanera, el hecho que fuera el último libro que le comprara a mi madre, una incansable devoradora de ellos, quién en su basta sabiduría y tiempo para investigar sobre libros y autores, fue la que encontró a Juan Gabriel Vásquez, encargándomelo para alguno de mis viajes por tierras, donde a la lectura, no le pesa el I.V.A.

Creo que la carga emocional, de adentrarme en la que fue una de sus últimas lecturas, cooperó en decidirme y además devorarlo, quizás en honor a ella, en tan poco tiempo, no siendo precisamente la lectura veloz mi característica personal. Pero creo que esto también se debe al autor, que tiene una pluma de dioses y se zampa con tal placer, que las páginas avanzan sin uno darse cuenta. Sumado también al encuentro cual detective, de flechas marcadas con lápiz de mina, en ciertos párrafos, o simples marcas, hizo que mi olfato sabueso, se hiciera tantas preguntas como ¿por qué esa flecha? ¿por qué esa marca? E intentar desentrañar los misterios familiares.

La novela, es realmente hermosa. Después de cada sesión de lectura, quedarme en silencio pensando en toda la información recibida, sentir el sabor de imágenes y sensaciones, era poético. Evocaba mentalmente a los personajes, los lugares en los que sucedían las historias y como le comenté a mi sisterna Manucita, todo el tiempo sentí el aire cálido, la vegetación verde brillante, animalitos pequeños y grandes volando, cruzando el aire, quizás algunas serpientes arrastrándose por el suelo, uno que otro animalote. Esa sensación que producen los lugares añorados, donde uno se siente o se sintió feliz y grato. De pronto rosaba por mis mejillas la humedad del tropico, volvía a ver los helechos enormes bailando al son del viento. Ese sabor mezcla de frutas, a plátano, a papaya de la anaranjada por dentro y fuera y de pepitas lustrosas, negras, que más de una vez me tragué. Recordar el acento de los bogotanos, de los colombianos todos, ese tono suave, delicado, bien pronunciado hasta para decir garabatos.

Y todo ese ritmo, esa generosa manera de evocar y trasladarse, a sitios que se cree conocidos, que se imagina que ya se ha estado ahí, es posible sólo cuando el escritor es un máximo para la descripción. He pensado tanto en este libro, mientras lo leía, después de terminarlo. Lo he pensado por la forma de escritura que tiene, la historia que cuenta, las historias que cuenta y como cada una y todas van entrelazándose, agrandando. Pero el lector no pierde el hilo, ya que siempre están presentes estas maravillasosas descripciones de espacios, casas, lugares, vegetación, ciudad. Pensé en la literatura decimonónica, volví a sentirme en casa, en la casa donde la imaginación echa a correr y envía imágenes, tras imágenes, sensaciones, olores, colores. Imágenes producto de mi imaginación, de lo que esas descripciones provocan y tocan en mi.

Aquel majestuoso deleite de explicarlo todo, explicarlo, contarlo todo acerca de una sobre personas, su vestimenta, las habitaciones, sus calles, barrios, pensamientos, sensaciones, reflexiones. Todas ellas que van fluyendo en gloria y majestad, de la pluma de Vásquez. Y en ese ritmo, uno va adentrándose en silencio, sintiendo los latidos del corazón de los personajes, de lugares como El Dorado, la selva, los senderos, carreteras de tierra, verdes encendidos, loros, cacatuas.
Cada frase suma imágenes, sensaciones. Las páginas suman capítulos que te hacen volver a Colombia, a su candencia, calor, verdor y al peligro inminente de la capital de los ´70 y ´80.
No tienen cómo saberlo, pero Colombia no es sólo un país para mi, es historia, ya les contaré. En 1975, cuando mis padres y sus hijas (yo), salimos de Chile a causa del golpe de Estado y que mi padre fuera exonerado de la U. de Chile, específicamente del Pedagógico, íbamos a la aventura. En busca de un lugar, otro, para vivir y para que mi padre trabajara. Y lo que se abrió como posible destino, fue Bogotá, Colombia.

Allá vivía un amigo chileno de mis padres, casado con una colombiana encantadora y generosa, quienes nos acogieron. Lo que les cuento es lo que más o menos recuerdo, sumado a las historias familiares sumadas a lo largo del tiempo, ya que por ese entonces, la que les escribe, contaba con cinco años y medio de edad y para colmo, mi llegada a la capital fue un poco agetreada. Una fiebre altísima indicó que tenía sarampión, del que seguramente me contagié, en el barco que nos llevó hasta Guayaquil. Es decir, mucho de realismo mágico y enfermedad, tienen mis recuerdos. Pero en ellos, atesoro la sensación a por las altas temperaturas, la vegetación verde encendida, que conocimos en los paseos que nos hicieron, por la selva, por la ciudad, durante los seis meses que alcanzamos a vivir allá.

Tal vez algunas de esas sensaciones, también sean producto de las escuchas todavía con fiebre, que los adultos mantenían delante de una, hablando de los tiempos que vivía el país. Ya que la década del ´70, en América Latina, se dividía entre las naciones que próximamente sufrirían golpes de Estado, versus los que servirían para financiar esos irrupciones militares. Ya que por órdenes del alto mando, dígase Nixon, en esos tiempos, como cuentan en “El ruido de las cosas”, Estados Unidos, cerraba las puertas al comercio ilegal de marihuana a México, abriéndolo a postulantes nuevos, entre ellos, Colombia.
Quienes internaban la droga en USA, a través de vuelos anónimos, que aterrizaban en Bahamas y de ahí a mover el material a Miami y después repartirlo entre los consumidores. Así comenzaron los primeros grupos de narcotraficantes locales y con éstos, las peleas de cárteles, en donde los que pagaban el pato, -como siempre-, eran los ciudadanos comunes y corrientes, que sin recibir beneficios monetarios, debían padecer la pronta inseguridad, los bombazos en recintos públicos y por tanto, el ostracismo de la vida social bogotana. Quienes preferían reunirse con amigos, amantes, parientes, en sus casas, antes que salir a las peligrosas calles. Después sumarían los atentados y asesinatos en manos de los “sicarios” motorizados, de candidatos Presidenciales “decentes”, políticos influyentes, honrados, que pretendían combatir el narcotráfico y los narcos enemigos.

Bajo ese contexto se desarrolla “El ruido de las cosas”. Tan pronto conoce a Ricardo Laverde, el joven Antonio Yammara , comprende que en el pasado de su nuevo amigo hay un secreto, o quizás varios. Su atracción por la misteriosa vida de Laverde, nacida al hilo de sus encuentros en un billar, se transforma en verdadera obsesión el día en que éste es asesinado.

Además de literatura decimonónica, encontré mucho de surrealismo mágico. De pronto sentí que no era solamente propiedad de García Márquez, esta gracia, quizás más bien, de todo aquel que le toca nacer y crecer, en países tan coloridos, cálidos, diversos, como México, Colombia. Unos, además por sus orígenes ancestrales, otros, por la selva, el clima, verdor, colores, olores y sabores. Y todos ellos, por esa manera tan sensual, natural, misteriosa y delicada, para relacionarse. De tomar el tinto mientras llueve a cántaros y el calor pega la ropa a la piel y la lluvia parece una cortina de ducha por lo copiosa al caer. Y al decantar, salen camaleones que confundiremos con lagartijas gigantes y escucharemos el croar de las ranas en el campo o arriba de una roca, zarandiamos las chalas antes de calzarlas, para que no se aloje en el fondo un alacrán, que al sentir el peso de la planta del pie, sienta la necesidad defensiva, de picarte su veneno.

La novela también es una apasionante clase de historia sobre la Colombia del ´70 al ´90. Un poco de ficción, realismo, imaginación, surrealismo histórico, vas entendiendo tanto a ese país, aprendiendo a valorarlo y quererlo, para no olvidarlo jamás y por supuesto, querer volver, sentir que cada uno de los personajes de la novela, guarda un poco de una y que tras leerlo, algo de una se queda en las páginas, entre los capítulos también. Como me ocurrió con “La historia de mi vida”, de Leonardo Padura, otro cálido literato, que sabe cómo envolver y atrapar al lector, cual droga a su adicto.

Y cuando llegamos al final, en ese silencio que exige oscuridad. Oscuridad para pensar, sentir. Sentir a la novela por completo y por separado, rememorar cada detalle, cada uno de los personajes, sus historias únicas y colectivas, sentí ganas de leerlo nuevamente. Para después y aceleradamente, volver a leer, “Cien años de soledad” y después, buscar otros libros de Vásquez y sellar esto, con lacre y oro.

Datología:
Qué: El sonido de las cosas al caer, Juan Gabriel Vásquez.
Editorial: Alfaguara.
Dónde: Feria Chilena del Libro, Antártica.

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2 Respuestas

  1. Maria Elena Jaureguizar Lopez dijo:

    Eres absolutamente tocada por las estrellas, Colomba Orrego, tienes una gracia para escribir y realmente dan ganas de leer este libro y García Márquez.
    Gracias hoy en santiago.

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