El día que el domingo de resurección, fue devorado por los huevos de conejos.

Por Colomba Orrego.

El otro día conversaba con amigos sobre las tradiciones católicas, a propósito de las que están en progreso, dígase semana santa. Pero más allá del Domingo de Resurección, lo que intentábamos dilucidar era sobre el domingo de Pascua, los conejos y sus huevos de chocolate. Que sabemos bien es el pretexto perfecto para zampar como condenados, hacerle una oda al dentista, un hoyo en el bolsillo y una porra al consumismo, pero no existe ningún contexto histórico, o si lo tiene, se lo contaron a dos personas y estas hicieron chitón. Y sobre todo, cual coro de iglesia, la interrogante es ¿Por qué conejos? ¿Quién les dijo que los conejos ponen huevos?

Obviamente que al no recibir ninguna luz al respecto, tuve que ilustrarme para responder las incógnitas. Basándome en que algo de realidad tuviera tremenda macabra historia, de los conejos pone huevos, comencé a filosofar e investigar. En el dime y direte pensé ¿Qué fue primero el huevo o la gallina? Independientemente de quién ganó la apuesta, el huevo representa vida, ya que de ahí saldrá un pollito o quizás sea pollita, que será gallina, pondrá huevo – vida, si no se lo quitan, será otro pollo y así hasta el fin de los tiempos amén.

Ya tenemos un hilo llamado huevo, heredero de vida. Y tironeándo de ese cordel – huevo, de gallina, porque la del conejo con huevo, nomás no aparecía. Me aferré al convencimiento que la historia de los huevos de pascua de conejos, tenía que tener una historia contada seguramente “hace mucho tiempo atrás”, en un “lugar muy lejano” nevado, boscoso, frío como heladera, seguramente en Europa o Estados Unidos. Y esto es lo que encontré…

La historia es así…
La tradición de los huevos, muy arraigada en Estados Unidos, centro de Europa e Inglaterra, empezó debido a que los cristianos católicos que seguían la abstinencia de la Cuaresma, no podían comer, entre otras cosas, huevos, ni productos lácteos. Los seguidores de esta tradición guardaban los huevos, y para mantenerlos frescos (porque no existían refrigeradores) los bañaban con una fina capa de cera líquida. Una vez terminada la Cuaresma, se reunían delante de la iglesia de su ciudad, y los regalaban. Con el tiempo, la iglesia católica fue cambiando las tradiciones, y hoy solamente recomienda la abstinencia de carne los viernes de la Semana Santa.

Sin embargo, la tradición de regalar huevos el domingo de Pascua, siguió en muchos países del mundo. La única diferencia es que antes, se pintaban y decoraban huevos de gallina y de pavo, para regalar en pequeñas cestas. Estas trasdiciones vienen del siglo XIX y la de los chocolates ahuevonados, es contemporánea, más bien a petición de los infantes, que no valoran las horas, que después pasaran llorando y sufriendo en el dentista.

Porque final de cuentas, los huevos representan “vida y fertilidad”, y tanto en Roma como en Grecia, se regalaban huevos pintados en las fiestas y festivales de primavera. Si hablamos de los huevos como símbolo cristiano, estos huevos tienen el sentido de una “vida nueva”, tal como significa palabra Pascua. Una vida que nos da el Jesucristo resucitado. Chuta que hemos aprendido ¿no?

Y claro, lo de los huevos de conejo, es decir, ¿Dónde entraron los conejos a escena? Eso ya es una soberana fantasía inventada por el sistema consumista, que sumó y atrapó a los papás y mamás, obviamente delirantes del chocolate. Que otros justificaran con “le estamos dando un poco de ilusión al domingo de Pascua”. Venga si nos ponemos con ilusiones y fantasías, podríamos cambiar la historia del mundo de un santiamén, sólo pa que los mocosos sientan deseos de aprenderla. Miedo.
En la patraña “huevos de chocolates paridos por conejos”, los padres le contaron a sus hijos que el conejo es el que trae los huevos, seguro dirán que además de monstruoso es ladrón y se los sacó a una gallina que estaba tendiendo la ropa.

Y entonces ahí comienzan las fantasías, ilusas de los padres para transformar las historias milenarias, escondiendo los huevos de chocolate en el jardín (maceta pa los que no tengan) o cerca de la araña rincón, para que los niños busquen estos tesoritos. Todo esto y acordándose un poco de la historia primigenia, ¿cuando? En el domingo de pascua. Una analogía que encontré husmeando y que me causó alergia y vómitos fue “los niños van a buscar los huevos el domingo de pascua, el conejo es un personaje de la pascua, como el Papá Noel lo es para navidad (caca)”. Chupalla lo que es tener imaginación y meter información innecesaria a los hijos. Que después comenzarán a pensar en el viejo barbas blancas y lo que pedirán de regalos para diciembre, pero en abril.

Si me preguntan, abogaría por la tradición de los huevos. Pero los de verdad, amarillos o blanco supermercado, o azules mapuches, aquellos lindos huevitos de gallinas felices o no tanto. Los cuales cocinamos hasta dejar duros y con su cáscara, para una manipulación óptima y para que nadie tenga que levantar el zafarrancho posterior. Transformamos el día domingo de pascua, del huevo de pascua, de resurección o simplemente de integrantes de casa, una actividad infantil, familiar, queriendo pasar unas horas juntos, pero no juntos cada uno mirando el celular. Sino que juntos, alrededor de una mesa, donde habrá huevos duros para decorar, cola fría, pincelines o plumones (como los conozcan), la tempera, acuarela y que cada quién deje volar su creatividad y posibilidades artísticas. Y así iremos decorándolos uno por uno, dándoles forma, cara, diseños varios, locos, tradicionales. La cola fría para embetunarlos y después lanzarle recortes de diario, revistas, challa, mostacilla, lo que tenga a la mano, también puede adornar con los pelets de las mascotas.

Una actividad familiar, rodeados al son del huevo, pero actividad comunitaria, más cercano al sentido – significado del domingo en cuestión ¿qué no? En mi caso personal, no soy católica, no tengo hijos, sobrinos todos viejos, pero demás que le entraría a esta actividad, por el mejor hecho de la acción creativa y para después regalarselos a otros. Así, que más no sea un poquito, dejamos de lado el gastadero de plata. Si tienen una mamá o papá más creativo, hasta podrían hacerse los huevos de chocolate en casa y después decorar los envoltorios ¿que no? Y si se profesa la religión, durante la actividad, contarle a los niños la verdadera historia y significado de los huevos de Pascua y que en realidad, es para regalar lo hecho a otros.

Aquella palabrita tan manoseada, pero que ni el significado saben: “solidaridad”. El verdadero hacer (y parezco predicadora), hacer una acción mutua, humana, sincera, para sumar a este mundo, sumar a los niños que algún día serán grandes y vivirán en este mundo de porca miseria. Y restamos esas historias macabras, donde los conejos dan a luz huevos, para colmo de un color negrusco, que no suenan porque están huecos y que chicos y grandes, zampan como condenados ¿Qué no?

Datología:
Qué: Historia de los huevos de pascua.

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