Café Arte Inés: Cuando el patrimonio arquitectónico entra por boca y ojos

Por Colomba Orrego

La de lugares, rincones, sitios, que uno puede descubrir cuando sales a pasear. A mí me pasó hace unos meses atrás, cuando en compañía de un querido amigo, fuimos almorzar por los alrededores de su trabajo, en el centro de Santiago.

No nos veíamos hacía un rato, por lo que la cháchara sería distendida y teníamos que encontrar un lugar donde pudiéramos echar la yegua, sin ser molestados, pero eso sí bien atendidos. En aquello que llamaremos descubrimiento y sorpresa, ocurriome que tras el reencuentro con mi amigo, pasarla del uno, comer como dioses, disfrutar aquel día y dejarlo por siempre jamás en la memoria, de paso sumé un poquito de cultura arquitectónica a la vida. Regocijo y satisfacción por saber más y constatar que el centro de la capital, como muchos otros centros neurálgicos en regiones del país, son los lugares donde más podemos aprender de nuestro larguirucho “paisillo”.

En mi caso, además de conocer un nuevo y particular lugar de comidas, goces gástricos, comer delicioso, quedar como para la siesta y vitrinear, que me encanta. Sobre todo si estamos hablando de menaje, ollas, copas, vasos, recipientes. Porque si pudiera salir a la calle con un par de copas en las orejas, unos platos tapando las partes pudendas, unas tazas en las rodillas o quizás una buena olla de sombrero, sería la ser humano más feliz del mundo. Encuentro que todos esos objetos son tan estéticos, coloridos, de superficies suaves como porcelana aunque sean de barro, los amo. Pero bueno, ya les había comentado o no sé si se habrán dado cuenta, que además de ser buena para el colmillo, me gusta caminar y observar todo cuanto me rodea, husmear por doquier, fisgonear a través de ventanas, puertas entreabiertas, mirar el suelo de las veredas, levantar la vista y contemplar la copa de los árboles, oliscar flores, pisar tierrita, qué decir del pasto, acariciar perritos y gatos domésticos o vagabundos. Todo en el mundo es una posibilidad para ver, mirar, observar, conocer, saborear, probar, deleitar, tocar, refregarse y no olvidar.

Así fue como después de mirar para los lados, arriba y abajo, conocí un espacio acogedor, hermoso, majestuoso y cual si fuera poco patrimonial. Lo que a la vista saltaba, era un caserón de aquellos hermosos, que todavía existen en el centro de la capital, exactamente entre calle Monjitas y Miraflores, ya que como dice su historia, no es una casa, si no que un edificio. Pese a ser conocida como La casa Puyó tal y como dice la placa que antecede al número 619 de calle Monjitas, estoy por contarles la historia de una edificación, que para los tiempos en que fue construida (1903 – 1919), la pensaron como edificio habitacional, sólo que en ese tiempo, éstos no crecían hacia el cielo, si no que a lo largo rodeando la manzana, es decir, Monjitas como Miraflores. Dividida en varias puertas – departamentos, cada uno de dos pisos, que en total suman 100 habitaciones.

La puerta que se abrió a nuestro paso, numerada como 619 de calle Monjitas, es lo que tendríamos que denominar como “edificiote o caserón” y en la palabra va pegado cual apellido, la distinción de “antiguo”, majestuoso, hermoso, maderoso, ventanoso con sus buenos par de balcones (uno arriba y otro abajo), con baranda metálica, estilo barroco. Toda aquella poesía que uno ya no ve, a lo más y con suerte, en algunas películas europeas. Aquí ocurría que para donde tus ojos viajaran, encontrabas techos altísimos, suelo de madera, muros sólidos, cornisas y guardapolvos de maderas nobles, en distintos tonos y alturas. Suelos sonoros a cada pisada, ventanales rodeando el patio interior, madera, puertas con ventanas, madera, ambas de gran altura. Madera, madera, madera, en el piso, en las ventanas, ventanales. Una casa como las que ya no se hacen, como las que muchos quisiéramos habitar.

El asunto es que antes de comer, revisamos el lugar. No dejamos rincón sin meter la ñata o nariz. Y descubrimos a placer de nuestros ojos, que el lugar, en vez de estar abandonado y apetitosamente tentador para los demoledores de cultura, historia y patrimonio – tradición, se ha transformado en galería de arte, habitaciones – tiendas de productos varios, diseño, ropa, carteras, souvenirs, salas para clases de yoga, Pilates, además del riquísimo Café Arte Inés, que fue hacia donde el estomago nos guió.

Café Arte Inés, es un lugar sabroso. Visualmente precioso, arquitectónicamente tentador, caserón edificio para habitarlo y su carta toda, para comérsela. Esas columnas, dos, que adornan y remarcan el lugar. A los cuales le sacaron el cascarón de muro en busca de la esencia, hasta dar con su raíz: los ladrillos. En esa suerte de destruc-construccion que tanto gusta a los arquitectos y la verdad a mi también, porque produce una sensación parecida a la de estar en el centro de un bosque, en este caso de muros, ladrillos, historia.

La carta de Café Arte Inés, está separada en dos fases: la cafetería y las colaciones. Las primeras están disponibles todo el día, desde el medio día hasta las 21 horas en que cierra, uno puede ir y servirse un delicioso café, de grano orgánico, que le otorga a esa taza un toque de gran sabor y aroma, el cual mezclado con una nube de crema o solo, queda sublime o acompañado de alguno de los pastelitos sabe mucho mejor. También hay café helado, bebidas gaseosas, jugos de frutas, chocolate caliente para el frío. Y por otro lado, están las colaciones, que cambian según el día y se sirven solamente en horario de almuerzo de 13 a 15 horas.

El café arte Inés, está ubicado entrando a la izquierda, si miras a través de los ventanales que hay por calle Monjitas, verás el café con sus mesas, sillas, lámparas y la barra donde se preparan las delicias. Y en la época estival también utilizan el patio interior para los almuerzos. De hecho nosotros nos acomodamos ahí, protegidos por el cielo radiante, la no brisa del verano, el calor delicioso que ahora extrañamos, más los ventanales que nos miraban de frente y costado. Un espacio acogedor. Al medio un ancho tronco de palmera, la cual seguramente batía sus ramas lejos muy alto, cerca del cielo, intentando topar con el techo del segundo piso, al cual por esta vez, no ascendimos.

Una antigüedad ilustre y hermosa. Y mientras comes y miras los productos de las tiendas, anotas datos para algún taller, te das cuenta que la casa está llena de vida. Que La Casa Puyó continua marcando a través de la huella artística. Porque la historia cuenta que fue mandada a construir por el doctor Puyó, para habitar con su familia y vivir de las rentas. Para lo cual, contrató al ilustre arquitecto Emilio Jecquier, quien diseñó y construyó la que se convertiría en su única edificación habitacional. Y cuando Inés Puyó, hija del doctor, creció éste le cedió la casa para que desarrollara su arte, la pintura, convirtiéndose en una miembro de la generación del ´28. Después en 1969 cuando se incendia la Escuela de Bellas Artes (MAC), Inés cede provisoriamente su casa para acoger a los estudiantes de arte. Posteriormente y durante 16 años la casa se transformó en el conocido “Taller 619”. Tras la muerte de la pintora, el edificio fue vendido. Actualmente está en manos de alguien que valora la edificación y que pretende mantener el legado de la artista que la habitó, arrendando los espacios, a personas con sensibilidad por la arquitectura y el arte. Para suerte de los que valoramos estos caserones hermosos, la construcción está protegida en el Plano Regulador de Santiago como inmueble de Conservación Histórica.

O sea que el dato está lanzado, salga, salga, salga a pasear y a comer y quizás le toque un día de descubrimientos y cultura a granel. El secreto está en abrir ojos, boca y oídos, para captar las bellezas que todavía nos rodean.

DATOLOGIA
Donde: Café Arte Inés
Dirección: Monjitas 619
Horario: lunes a sábado 12 a 21 horas
Estacionamiento: No.

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