La Bitácora de Mari

Por Mari Valdi

Mi abuela siempre me repetía que yo debía escribir. No porque lo hiciera bien, o tuviera facilidad para ello. Simplemente porque según ella no había conocido nunca a nadie que tuviera tanta facilidad para meterse en problemas como yo. Creo que el tiempo le ha dado la razón, mi abuela Amalia siempre fue una visionaria.

Era uno de esos días que estaba completamente sola en mi casa, salvo Marvin, era mediados de Enero, hasta la nana de vacaciones, donde cualquier persona normal se relaja y “hace nada”, una práctica que se valoriza cada vez más dentro de la gente normal. Sin embargo yo, que he descubierto que de normal nada, figuraba sobre una escala, aún en pijama (short muy cortos y parte de arriba mini también), limpiando la caja escala, cuando sentí el timbre.

Venían a dejar el pedido de agua envasada, antes de abrir, y por encontrarme en facha no muy presentable, me preocupé de dejar los bidones desocupados y el cheque correspondiente a mano, así es que por el citófono explique que entraran, hicieran el cambio y se llevaran el cheque.

Cuando sentí que cerraron la puerta, salí al jardín y me di cuenta que no se habían llevado uno de los bidones desocupados, como aún no partía la camioneta de despacho, sin pensarlo dos veces, corrí al portón de entrada con el botellón en la mano, no sin antes ponerme mis zapatos con tacos, “antes muerta que sencilla”, felizmente los tipos me escucharon y recibieron el bidón; agradecidos por el gesto, se despiden.

Fue en ese momento y no antes, que tomé conciencia de lo vulnerable de mi situación…y para hacerlo aún más evidente, siento que Marvin empuja el portón de entrada y cierra la puerta.
¡Ahí, literalmente, quedé en la calle! …Sin llaves, sin celular y prácticamente desnuda por la vida.
¡Qué horror!

“No creo que seas completamente estúpida, pero a veces haces lo posible por parecerlo” me dije. Tenía solo dos posibilidades para salir de ésta, la primera era ponerme a llorar al unísono con mi perro; él lloraba desconsoladamente detrás del portón, y yo por fuera. Pero a decir verdad, no era una solución muy efectiva, por lo que opté por la segunda.

Me di un toque de valentía, y decidí  “hacer como si”, estuviera vestida para la ocasión, mal que mal, Don Luis, el guardia de al frente tenía llaves de mi casa, y es muy respetuoso, ni siquiera se daría cuenta que andaba en pijama. Así es que caminé recta y crucé la calle, sin inmutarme con las bocinas de un camión que pasó en ese momento y los gritos del chofer diciendo “mijita rica”. Todo mi optimismo se vino abajo cuando al llegar a la caseta, me encuentro con un desconocido, que estaba remplazando a Don Carlos. El que claramente carecía de tanto respeto, porque sí se dio cuenta de mi escasa vestimenta. Y lo dejó en evidencia, cuando el muy sin vergüenzas me mira de arriba abajo y me dice con voz de conquistador: “y yooo, ¿qué puedo hacer por usted?”…

Claramente no era el momento de hacerme la ofendida, el papel de tonta me venía mejor para la ocasión, así es que le pregunto si ha visto a Don Carlos. Don Carlos merece un ítem especial, porque es todo un personaje en el barrio. Es lo más cercano al “hombre orquesta” que se puedan imaginar.  Cuida casas durante las vacaciones, de muchos de los vecinos del sector y tiene la confianza absoluta de ellos, razón por la cual maneja copias de las llaves de sus hogares, incluyendo las del mío. Además es nochero ciertos días de la semana, pasea perros, es jardinero si se necesita, limpia autos y los vidrios de las casas si así se lo requieren. Y bueno, si nos apuramos un poco, ahora estaba a punto de convertirse en mi salvador, porque no tenía más alternativa.

-“¿Ha visto a Don Carlos?”, le repito al extraño,
-“Pasó hace poco por aquí, andaba con 6 perros” me responde nervioso
-“¿Tiene cómo ubicarlo? le pregunto esperanzada
-“Tengo su celular, si quiere lo llamo” con esa respuesta, hasta me cayó en gracia.
-“Aló….. oiga!, aquí hay una señorita que quiere palabrearlo” lo de señorita, fue el bálsamo que necesitaba para continuar erguida y no colapsar en la espera, me pasó su teléfono.“ Don Carlos, soy la Señora Mari, necesito de su ayuda, me quedé afuera de mi casa y no tengo llaves para entrar” le digo un poco angustiada.
-“Ahhh, voy para allá, estaría llegando como en unos 20 minutos más, porque tengo que pasar a buscar a dos perros más”, me dice en tono bastante relajado.
-“Don Carlos, escúcheme bien, salí a la calle a dejar algo y se cerró la puerta de mi casa, estoy en pijama y la única persona que puede ayudarme es usted”, le digo urgida ante su supuesta calma.
-“No se mueva de ahí, voy volando” me responde reaccionando a mi súplica.

Ahora lo único que podía hacer era esperar y claramente no lo haría con el guardia suplente, que si bien es cierto al final me había ayudado, continuaba mirándome como trofeo de guerra. Por lo que decidí regresar a la puerta de mi casa. Cuando me expuse nuevamente a cruzar la calle, pasó el cartero y educado como siempre me saluda desde su bicicleta sin detenerse, pero en un tono lo suficientemente alto, como para alertar a un vecino que se subía distraído a su auto y no me había visto.

“Cómo le va Señora Mari, usted sí que anda “fresquita” vestida, ¿está preparada pa la calor de hoy?, anunciaron más de 30°”. No creo que hayan pasado más de seis minutos, sin embargo para mi fueron una eternidad. A lo lejos distingo una jauría de perros que avanzan a gran velocidad, levantando polvo y ladrando, a medida que se acercan distingo que quien lideraba al grupo, era ni más ni menos que Don Carlos, nunca había sido tan feliz de verlo, por poco corro a su encuentro.

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1 Respuesta

  1. Maca dijo:

    Jajajajajaj solo a ti Mari jajajajajaj

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