San Remo: La oda a las picadas

Por Colomba Orrego

Alguna vez cuando comenzó el verano – vacaciones, que si bien no siempre son palabras que van unidas, para mí pese a todo, lo van al más puro estilo escolar, pero bueno. Cuando se acercaba el verano y las posibles vacaciones, tuve la epifanía de armar “la ruta de la picada”. El problema era ¿con quién?, aparte de mi sisterna. Porque sabrán ustedes y si no se los cuento, que intentar reunir a más de tres personas, tres vidas, tiempos, trabajos, calendarios, es una proeza que en la mayoría de las ocasiones lleva a aborto seguro (con derecho, legal y las tres causales), sobre todo si la guía de turismo soy yo, porque suelen dejarte como novi@ de rancho sin aviso previo. Cosa que les advierto me mata, aunque después traslado el sentimiento a asesinato y corona de flores. Por lo que opté realizar la ruta a mí manera, ritmo, calendario, posibilidades y con la encantadora presencia de mi sisterna Manucita.

Una vez zanjado el asunto de las compañías gastronómicas, pasamos al tema que nos invita: la picada y San Remo. Partiendo por lo primero, al hablar de “picadas”, tenemos que aclarar que estamos en presencia de una palabra, absoluta y totalmente perteneciente al léxico “chilensis”, jerga, coa o como le guste nombrarlo. Porque si usted busca en el diccionario, el significado no tendrá mínima relación con el mundo del paladar. Porque “picada” es un término “criollo”, para referirse a: los restaurantes, fuentes de soda o cocinerias que ofrecen recetas típicas chilenas, con porciones abundantes y a buen precio. No sé qué dirán ustedes, pero en mi modesto conocimiento, creo que es más bien el pueblo chileno, quienes gustan de comer, si bien refinadamente, por sobre todo abundante en su cantidad y barato en su precio. O sea que la palabra picada, no está tan alejada del significado primigenio de “un punto en particular, que destaca por el dolor, enrojecimiento y deseos de rascar”, en el caso gastronómico, es también un punto, un lugar, que se destaca por la peculiaridad de sabores de las raíces nacionales, en abundancia y bueno, más que picor causa placer.

Con estas definiciones es que de la mano de mi sisterna, llegamos a San Remo. Un restaurant, picada, local, que existe desde los años ’50, solo que su historia se escribió desde el barrio de Matta y ahora último, a causa de la modernidad y el progreso, que casi siempre va asociada a destrucción, los desalojaron y mandaron a la mierda, pero como allá no se hacía referencia a las posibilidades laborales, buscaron otro lugar. Un caserón en la comuna de Ñuñoa, que si bien es distinto al ambiente tradicional del local, fama, fortuna, el boca en boca de las gracias infinitas, han hecho el trabajo de sumar más y más comensales.

San Remo, es uno de los restoranes de comida chilena por excelencia. En este caso, comida inclinada hacia la carne, en su mayoría al cerdo, aunque para los asquientos o boqui-junti, también están las escalopas kilométricas (sin exageración) que son de res, vacuno o como le conozca. Sumado al maravilloso puré de papa verdadera, con su buen toque de ají rojo, las papas fritas, ensalada para los poti-junti o papas cocidas para los tradicionales.
En San Remo, lo que más abunda es género masculino, dígase que en sus viejos tiempos allá por Matta, era un local masculino donde se comía, bebía, jugaba y al final gateaba. Con el tiempo entraron algunos hombres con sus señoras, novias, amantes, nosotras que no somos de corta personalidad comenzamos a visitar el lugar sin compañía masculina y se amplió el círculo.

En este local la fama ha saltado de la mano del “arrollado huaso con papas cocidas”, un platillo para campeones, que debe servirse con un vino tinto o morir más rato. El arrollado huaso es tremendamente sabroso y calórico será por lo mismo, a mi parecer las papas estaban un poco secas y tuve que empujarlas con harto líquido.

En San Remo, la atención es al son de sus meseros de siempre, incluido el dueño, aunque hay un par que son más jóvenes, con su tenida negra, delantales blancos a la cintura, muy amables, atentos. Con mi sisterna y conmigo tuvieron que tener cuidado a la hora de señalarnos de “damitas” que “comen poquito”. De hecho ya no nos dicen tal y cuando nos sirven los platos, hay un cierto mano a mano entre el mesero y nosotras como de “a ver si se la pueden” si fuera que el que gana no paga, el local se arruina a nuestro nombre.

Creo que si hay un espacio que comprende al buen comensal es San Remo. Y en materia de picadas, digamos que la que se preste de serlo, debe sumar a la carta la variedad de etílicos para acompañar tales platillos, sobre todo en el de las grasas que trae consigo el cerdito, es muy importante evitar el retorcijón y con una copa de vino tinto preferentemente, porque el frío del blanco o de la cerveza, lo harán ir al WC y acordarse de no olvidar que es mejor con el tinto.
A mi parecer, que si bien no tengo tradición chilena tan arraigada, pero en el mundo de la comida, le entro a todo y sin necesidad de abrazar políticos ni banderas, me hago la reina de la picada, les cuento que lo mejor de lo mejor entre todos los mejores, es sin duda, para mí y a ojos cerrados “la escalopa”, aunque todavía hay un pernil por ahí que debo probar. Mamá mía, que bondad y acompañado con papas fritas, puré de papa picante o ensalada o sino hasta sola, es realmente sublime. Y lo del tamaño es verdad, porque existen dos tipos de escalopa, el medio y el grande y éste es realmente es enorme, de esos tamaños que hay que buscar un plato tipo bandeja para que logre abarcar toda su santa extensión. Y hablemos del adobo que hace la diferencia entre escalopa y bistec. Dígase el aliño, alguien dirá pan molido, no lo sé, no sé cómo prepararlo por eso lo como con tal placer, pero sé que además de pan rallado, tiene ingredientes secretos, sumado al punto exacto de quedar crujiente y jugoso, no como suela de zapato. Además del tipo de carne de res (vacuno) utilizada, una blanda, rica, de fácil corte, para encajar el tenedor y que después la mandíbula no sufra en el mastique. Poesía, poesía, poesía.

El puré de papa, las papas fritas y las papas cocidas, es otro tema. Me inclino por sobre todas las cosas, por el puré y las papas fritas. El primero porque lo hacen con ají y soy una ferviente admiradora y probadora de él, aunque suene a albur, me encanta su picor, picante y al segundo, porque en fin, sale a pasear el imperialismo gringolandio de las frituras, que lamentablemente algunos llevamos inserto. Porque a diferencia de las papas de por esas zonas, éstas son de verdad, no hay que arrebatársela a los chanchos, sino que sembradas, cuidadas y cosechadas para el consumo masivo de la población que hace referencia a las picadas.

Finalmente creo que San Remo, en esto de poner calificación a los comentarios gastronómicos, merece tanto por ser una picada de lujo, como porque sus platos son sublimes, un 100. Eso sí, a modo de advertencia para que lo considere, cuando uno ingresa a San Remo, es literalmente un viaje al pasado, no se acepta redcompra, parece que cheques sí y obviamente el efectivo es la canción del local. No deje de ir, vaya en patota (otro término a analizar), en familia, sol@. Sume esta picada a su paladar y si conoce de otro compártalo conmigo ¿ya?

Datologia

  • Dirección: José Miguel Claro 2220, esquina Sucre (Ñuñoa)
  • Horario: de lunes a viernes de 12 a 23 horas
  • Estacionamiento: sí.

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