La bitácora de Mari

Por Mari Valdi

Quiero hacer un reconocimiento a todos los profesores, por su maravillosa labor, entrega y dedicación. Cualidades que sin lugar a dudas, muchos de nosotros sabemos, pero ¿han pensado en cómo se les carga la mano en esta época? Fin de año para ellos debe ser un caos, lidiar con promedios, notas, trabajos, presentaciones.

Tengo un hijo que sale de Cuarto Medio, pero junto a él, creo que los padres nos graduamos también, porque son tantas las actividades en que nos vemos involucrados, que es imposible no tomar conciencia del abnegado trabajo de los profesores, éstas dos últimas semanas prácticamente he estado de planta en el colegio, y cada día me sorprenden más.

Mi admiración hacia el profesor aumentó considerablemente desde que tuve hijos, los cuales confié en sus manos y se ganaron mi profundo respeto. Algunos más que otros, es cierto, pero los que soportaban a mis niños, eran lejos mis ídolos.

Los mellizos tenían solo dos años de diferencia con mi hijo mayor, y criarlos fue una experiencia ENORME (mejor dejarlo así, no ahondar más en explicaciones, mal que mal ellos ahora están grandes y podrían leer este artículo, no quiero que se enteren que en esa época, tenía un sueño recurrente que era arrancar y correr, alejándome lo más rápido posible). Lidiar con tres niños prácticamente de la misma edad y que sobrevivan invictos, es una gran misión para un ser humano. Recuerdo que noche tras noche, antes de dormir, le daba gracias a Dios por haber pasado un día más. En aquel entonces, sentía que el tiempo pasaba lento y que ellos no crecían nunca.

En una oportunidad fui a buscar a los mellizos al Jardín Infantil, mientras conversaba con la profesora, (seguramente me estaría felicitando por mis pajaritos) Escucho que una mamá grita enloquecida: “¡son dos, y se van a tirar!”. Al mirar donde ella indicaba frenética, sentí que moría de apoco, se trataba de mis dos angelitos felices, parados inconscientes sobre el techo. No era un techo cualquiera, se trataba de uno plano y sin barandas. El jardinero había dejado apoyada la escala en el muro, y eso bastó para que sintieran que era una invitación para subir, motivados por su desarrollado interés de investigar y descubrir cosas nuevas. Más tarde me explicarían que querían conocer el cielo.

Afortunadamente una de las cosas que aprendí con mis hijos, es a reaccionar en el caos. Como no, si vivían exponiéndose al peligro. Rápidamente las profesoras se movilizaron llamando a bomberos, y corriendo con colchonetas con la esperanza de amortiguar cualquier caída.
Como alma en pena, ajena a todo el alboroto provocado y al escándalo de las madres, que llegaban a retirar a sus niños y se unían en el griterío, me dirigí a la escala, y comencé a subir, el temor y la angustia no me dejaba articular palabra, cuando llegué arriba, el pánico se apoderó de mí, porque tome conciencia que una caída desde esa altura podría ser fatal.

Tenía claro que no les podía gritar y mucho menos llamarles la atención. Aun no sé de dónde saqué fuerzas. Entonces me reí con ellos y les dije que les tenía como premio un chocolate, que caminaran hacia mí. El primero de ellos avanzó, no sin antes exponerme a un ataque al corazón. Me decía: “mamá mira como yo hago equilibrio por el borde y no me caigo”, con los brazos extendidos, ponía un pie delante de otro. A esas alturas, de verdad yo no respiraba.
La gente abajo, incluyendo a los bomberos, inmóviles miraban impactados, como si se tratara del mejor espectáculo circense. Finalmente, después de los minutos más largos de mi vida, recuperé a uno. No tengo claro aún si cuando lo tuve en mis brazos lo tiré para abajo, o se lo entregué a la parvularia que estaba a mitad de la escala para ayudarme. Solo sabía que aún debía rescatar a otro de mis niños. Camino despacio a su encuentro y repito lo mismo que le había dicho al mellizo. Él me dice: “No mamá, yo no quiero chocolate, mejor me quedo aquí, todo se ve chiquito y no quiero bajar”. Sigo avanzando mientras le hablaba, y me acercaba poco a poco, hasta que finalmente lo tomé entre mis brazos y lo abracé fuertemente.

¡¡Qué experiencia tan horrible!! La vulnerabilidad, la inconsciencia y curiosidad de los niños, son una mezcla tóxica, que los pone en peligro una y otra vez, y bueno, a uno como madre la convierte en sobreviviente de las circunstancias. Después de recuperarme tras un vaso de agua, y recobrar la respiración, decidí que debíamos irnos.

Una amiga, que conocía de cerca la energía inagotable de mis niños, siempre temía que se arrancaran. Había llegado a mi casa justo el día anterior a lo del episodio de los techos, con unas correas similares a las que se usan para pasear perros, la idea era ponérselas a cada niño, de modo de tenerlos controlados.Tengo que reconocer que el sistema lo encontré espantoso, pero para su tranquilidad le dije que lo usaría y los guardé en el auto, sin tener intenciones de usarlos.

Sin embargo ese día, tras el incidente, todo cuidado me parecía poco, así es que decidí utilizarlos. Salí del jardín infantil, tirando con cada mano esta especie de carruaje que lideraba cada niño. Al cruzar la calle, justo en la mitad; ni antes ni después, comienzan a correr y a perseguirse entre ellos enredando las correas de tal modo que me dejan totalmente inmovilizada, perdiendo el equilibrio y cayendo al piso con la gracia de una morsa y ante las sorprendidas risas de la gente que se deleitaba con el triste espectáculo montado en la vía pública.

Ahora que lo pienso, fue como en esa época que ya empecé a perder poco a poco la vergüenza.

Si muchas veces no tenemos paciencia con nuestros propios hijos, ¿cómo lo harán los profesores para soportar, sin agredir a niños ajenos? Esta es una profesión donde la vocación es indispensable para sobrevivir en este entorno y poder brindarles dedicación, conocimientos y valores a sus alumnos.

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1 Respuesta

  1. Fabiola dijo:

    Lo que me espera… jijiji. Me rei muchisimo. Yo que los conoci grandes y tranquilos cuesta imaginarselos
    ..jajajajaja….
    Genial como siempre….!!!!

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