Crítica de Cine: La Cumbre Escarlata

Por Colomba Orrego

Recuerdo que la primera vez que vi anunciada CRIMSON PEAK o LA CUMBRE ESCARLATA, me fascinó y eso que todavía no sabía que la había hecho Guillermo del Toro. Después de ser atraída sólo por la apariencia del afiche, busqué de ella y descubrí que obviamente tenía que verla porque el vínculo forjado entre nosotros era indisoluble. Qué intensa que soy, a veces me doy miedo, pero después me acuerdo que me quiero y se me olvida jajaja.

El asunto es que LA CUMBRE ESCARLATA, como la llamaré pese a su nombre original (Crimson Peak), porque en esta ocasión en particular le prende y atrae mucho más en su versión castellanizada. Tiene una ambientación de época que amo, como es todo aquello que suena a castillos, tiempos decimonónicos y quizás más antiguos todavía, en donde la gente con sus lamparitas de velas, caminaban por el barro de las calles todavía no pavimentadas, las mujeres pisando ese barro mientras arrastran el borde de sus hermosos abrigos, vestidos, hechos en telas de seda, de varias capas, con colores amarillos dorados, celeste cielo, rojo escarlata. Los sombreros, tocados en sus ropajes. Aquellas personas de la clase alta o acomodada o quizás clase media, que vivían en caserones, con escalas majestuosas, donde la madera en pisos, muros y escalones, suenan y se hacen presentes todo el tiempo. Cenefas rodeando las cortinas de las ventanas. Muebles de maderas nobles, resistentes, brillantes. La opulencia al servicio del observador. Y es en medio de toda esta belleza estética, que además algunas personas, entre ellas Edith, nuestra querida protagonista, en su calidad de mujer sensible, hermosa, delicada, amorosa hija, tiene la cualidad o el defecto, de ver fantasmas. Fantasmas que hacen su aparición en las noches, de silencio absoluto, quebrándolo, para ponerla en aviso que tema de La cumbre escarlata.

La historia narrada en boca de su protagonista, nuestra querida Edith (Mia Wasikowska), una joven hermosa, de rasgos delicados, poéticos, perfectos para este tipo de historias y que además se gasta un cuerpo mandado a hacer para mostrar con gracia los increíbles trajes, sombreros, tocados y abrigos que se pone, le lucen maravillosamente. Pues bien, ella, nos cuenta desde la primera escena que vemos, que tiene la cualidad o defecto de ver fantasmas, escucharlos y si se es precavida, tomar nota de lo que te dicen, para así, evitar sufrir de más.
Porque en LA CUMBRE ESCARLATA, tenga usted por seguro espectador, que saltara del asiento más de una vez y querrá afirmarse para no caer al suelo.

En un tono armónico nos adentramos en la historia, Edith vive en Nueva York con su padre, un acaudalado empresario del área de la construcción. Ella en su calidad de dama, se dedica a la escritura, tiene en su poder una novela que no lo dice pero es autobiográfica, que narra historias varias y sobre todo de fantasmas, siempre introduce que los fantasmas en realidad son la metáfora de algo que va más allá, pero pronto sabremos que en parte sí, en parte no.
Obviamente que esta habilidad por escribir, la convierte en una chica atípica dentro del socialité norteamericano, lo que a ella digamos le vale madres. Tiene un pretendiente, un joven oftalmólogo (al igual que Conan Doyle), a quien ella quiere más bien como a un amigo.
Entonces pues llega el día, en que aparece ante sus ojos Thomas, un joven emprendedor, directamente desde el norte de Inglaterra, en la lejana Cumbria.

Él sin saber nada de nadie (aparentemente), es el único que muestra interés en los escritos de la joven Edith, los lee y encuentra buenos e interesantes. Obvio que no es necesario declarar que Thomas es la personificación de la belleza, como dice mi hermana el verdadero Manos de tijera. Un hombre de una delgadez llamativa, de piel muy blanca, ojos celestes, boca de labios delgados y un fuerte color bermellón, que provocan todo el rato estamparle un par de besos. O sea un guapetón a la antigua, que perfectamente podemos acostumbrarnos a él en la modernidad. Exagerando y qué tanto diré, el hombre más guapo y el que ose decir lo contrario, la envidia lo corroerá hasta morir.

Es así como además de todas las mujeres espectadoras de la cinta, Edith, cae rendida a sus pies. Tendrán un tiempo para conocerse, enamorarse aún más y tras encontrar algunos baches en el camino, porque lamentablemente no todo es color de rosa, el papá de Edith morirá y ella sola en el mundo, sentirá que el único capaz de protegerla es su amado inglés, contraerán nupcias y viajará a vivir a las tierras de su marido.

Hasta aquí todo bien, pero de ahora en más viviremos las zozobras de todo lo que uno pueda estar imaginando sobre el miedo, los castillos llenos de fantasmas, misterios, un poco de muerte y desolación y todavía un poquito más. Porque con la mano de Guillermo del Toro, su director, del cual no he dicho nada. Nada tanto como que es mexicano, oriundo de mi amada Guadalajara, que posee un culto por lo macabro, desagradable, a veces asquerocillo, que mezclado bien y armado de forma correcta, puedes hacer de un guacatelazo, la película más genial del universo. No por nada, del Toro, suma a su haber cinematográfico: Cronos, Mimic, El espinazo del diablo, Blade II, Helboy I y II, El laberinto del fauno, El orfanato, Rudo y cursi, Los ojos de Julia y La cumbre escarlata, entre otros. Y si usted ha visto alguna de estas obras, entenderá que entre todas ellas hay un elemento particular, que distingue a del Toro: la poesía para destacar la oscuridad, lo adverso, lo que nos da miedo, asco, los personajes ultra sensibles, que viven experiencia traumáticas, las que nos hacen más poderoso o morir en el intento.

Guillermo del Toro, es el maestro del guacatelas, sin que sientas deseos de vomitar. Por ejemplo en Mimic, creo que es el único director latinoamericano que ha hecho una oda a las cucarachas, existe el gringo que hizo lo propio con La mosca. A continuación tenemos Blade II que es maoma, pero igual habla sobre los “antihéroes”. Helboy I y II, la oda más justa para los monstruos, que son condenados a sufrir de desamor, aunque su corazón lata y tengan sentimientos. Después viene la escalada de cine español con todo el morbo, horror y maldad cosechado tras 40 años de dictadura en España: El espinazo del diablo, El laberinto del Fauno, El orfanato y Los ojos de Julia. La maestría para dar miedo, asustar de a de veritas, ese es Guillermo del Toro. Y al mismo tiempo la magia, la inocencia, la belleza sublime que el lado oscuro, pero no malvado, posee.

Obvio que ya se dieron cuenta que sufro de delirio con el cine de Guillermo del Toro, pero si se dan el tiempo y lo analizan, verán que llevo un tanto de razón. Y con LA CUMBRE ESCARLATA, sumamos un poquito más de todo lo antes dicho. Otro rasgo del director, que amo, es la de ir poniendo delicadamente, detalles alusivos a sus anteriores obras cinéfilas o a sus consagrados del cine mundial. Como la silla de ruedas de la mamá de Psicosis, la oda al insecto en vísperas de morir (Cronos, Mimic y El espinazo del diablo). Me encantan estos cineastas que además de crear sus propias obras, lo más original que el mundo actual lo permita, además realizan guiños de homenaje a sus directores y cintas entrañables y todas amadas. Una poesía ¿que no?

Entonces pues vaya a ver LA CUMBRE ESCARLATA, disfrútela, fíjese en todos los hermosos detalles, dirección de arte, ambientación, actuaciones, caracterización de castillos en destrucción, gócela y en un futuro no muy lejano, la comentamos.

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1 Respuesta

  1. pascuala dijo:

    esta claro:
    no puedo mas que verla. gracias por tan buen comentario.

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