Ayotzinapa en la memoria y en el corazón desde SCL

Por Colomba Orrego

Desde aquel 26 de septiembre de 2014, en que el mundo supo de la desaparición de 43 jóvenes estudiantes normalistas de Ayotzinapa, Iguala (Estado de Guerrero) mucha información ha circulado bajo el puente, pero nada parecido a verdad, menos justicia.

En una suerte casi majadera, el caso de los 43, dio para escribir y relatar toda clase de historias, reportajes y cronologías de los sucesos que precedieron y siguieron a la desaparición de estos jóvenes normalistas y lo peor de todo, es que ninguna hasta ahora ha arrojado nada claro. En la más desquiciante, intentan hacer creer a quien quiera escuchar, que se los tragó la tierra. Existe un punto en el relato de los testigos, donde –supuestamente-, nadie sabe qué fue lo que realmente ocurrió. Momento en el que los 43 jóvenes, suben a un camión (bus), el que en su ruta por la carretera rumbo a Ciudad de México, es monitoreado por militares y gente cercana al gobierno y de pronto, misteriosamente, se les pierde el rastro.

Con todo el cariño, amor y respeto, que siento por México, porque es un país maravilloso, hermoso, con una vasta cultura, que acogió a lo exiliados, un país de verdad generoso, que tiene como todos, su buena dosis de matices, es sin embargo, el único país de América Latina, que desde hace muy pocos años cuenta, con una Comisión de Derechos Humanos que vele por estos casos. Con todos los hechos sangrientos ocurridos en el siglo XX y ahora en el XXI, partiendo por el más bullado “Tlatelolco”, que no exista un listado de detenidos desaparecidos y ejecutados, es curioso a lo menos.

Los que padecieron detención, tortura, violaciones a los derechos humanos en carne propia, sí que saben, pero sólo algunos se atreven a levantar la voz y contar sus experiencias, porque la fuerza del Estado, ya ha demostrado su eficiente capacidad para aplastar cualquier intento de verdad y justicia. En Chile aunque tampoco somos ejemplo en materia de verdad y justicia, durante y post dictadura, se formaron organizaciones civiles y religiosas, que lucharon en esas materias. Actualmente, aunque nos falta mucho, se han recuperado centros de detención y tortura, transformados en sitios de memoria.

En cambio en México, en este presente triste y desolador por lo ocurrido con los 43 normalistas, recién están pensando decretar, a nivel de organizaciones de derechos humanos, el 26 de septiembre, como el día del detenido desaparecido. Esas contradicciones extrañas que uno realmente no alcanzan a entender, sobre todo viniendo de un país, que abrió sus puertas a los exiliados españoles primero y después, a los latinoamericanos durante las dictaduras de los `70 y que realmente los recibió, acogió, ayudó en todo lo necesario para que pudieran comenzar lejos de casa. Ese mismo país, con esos mismos gobernantes, estrechando la mano al hermano extranjero, ocultaba las atrocidades cometidas contra sus paisanos de tierra y sangre.

Las primeras versiones que surgieron de la desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa, responsabilizaban al gobernador de Guerrero, que pese a ser del Partido de la Revolución Democrática (PRD), al tiempo se descubrió que era un trigo turbio y bastante conectado con el narco. El cual fue detenido, encarcelado junto a su mujer, pero negó categóricamente estar comprometido en los hechos.

Apurado el gobierno mexicano por encontrar un culpable y dar vuelta la página a este asunto “desagradable”, sin interesarse demasiado por la opinión internacional, que no los dejaba ni a sol ni a sombra, dejaron caer toda responsabilidad en las espaldas de los grupos narcos de la zona, los “Guerrero Unidos”. Suspicazmente, a poco andar, surgieron caras y voces, quienes declararon lo ocurrido. Confesiones que dan muestra de una sangre fría, solo comparable con La escuela de las Américas de Panamá, relatos detallados de cómo habían detenido y asesinado, supuestamente, a los 43 jóvenes normalistas. Así fue como el gobierno de Enrique Peña Nieto, se lavó la culpa de “crimen de Estado”, delegándolo a un tema de “crimen organizado”.

En el camino por la búsqueda de verdad y justicia para los estudiantes de Ayotzinapa y sus familiares, algunos breves destellos de luz han aparecido. Por ejemplo, el trabajo de los peritos españoles, argentinos, guatemaltecos, quienes descartaron la hipótesis de que los normalistas pudiesen haber sido arrojados a una fosa y quemados, probablemente vivos, sin que nadie se enterara. Porque cualquier persona con una uña de frente, sabrá que si quemas 43 cuerpos, necesariamente el fuego largará una enorme nube negra, visible desde todo punto cardinal y con un aroma peculiar, que hasta un ciego con anosmia sentiría.

Intentando dejar atrás las pistas falsas, existe una historia no revisada sobre los 43 estudiantes, que sumando y restando, al menos, nos permite conocer un poco más de ellos. Saber por ejemplo, los motivos que los llevaron a querer convertirse en profesores normalistas y convertirse en la primera generación que estudiaba en sus familias, que dejaba el trabajo agrario desempeñado por sus padres, para irse a estudiar a la ciudad. Porque no es muy difícil comprender, que estos jóvenes, provenían de familias más que humildes, familias asentadas en comunidades rurales, con numerosas carencias, no solo desde el punto de vista de una total desorganización, sino que en el más amplio subdesarrollo. Sus niveles económico, social y cultural son apenas perceptibles. Muchos carecen de tierras de cultivo, otros de agua potable y comunicaciones en casi todas. Para los cuales, la posibilidad de estudiar, es un lujo al que no pueden acceder. Porque aunque la educación en México es gratuita, el traslado del campo a la ciudad cuesta un dinero que no se tiene.

La escuela normal, donde estudiaban los 43, lleva por nombre Raúl Isidro Burgos, en honor a quien fuera el primer director del establecimiento, con la salvedad, que cuando lo nombraron y enviaron a Iguala a trabajar en la docencia, no existía tal edificio educativo. Su antecesor, había conseguido que la Junta de Beneficencia de Tixtla, les donara siete hectáreas de lo que había sido la hacienda de Ayotzinapa, para la construcción del recinto, pero los recursos eran inexistentes por parte de la Secretaria de Educación Publica (SEP). Pero el señor Raúl Burgos, en vez de dormirse en los laureles, pidió un préstamo a la dirección de pensiones civiles de retiro, para la construcción. Maestros y alumnos aportaron parte de sus sueldos, así como sus becas, para que el 14 de marzo de 1932, finalmente fuera trasladada la institución educativa, a esos terrenos. En donde campesinos, alumnos y el propio académico se encargaron de colocar cada una de las piedras que dieron vida a la Escuela Normal de Maestros de Ayotzinapa. Porque las escuelas tenían un sentido muy profundo no sólo de enseñar las letras y las matemáticas, sino también eran los agentes de modernización, de las poblaciones en donde se instalaban.

Porque éstos jóvenes que llegaban a Iguala para estudiar, vivían en el recinto educativo, donde algunos recibían una suerte de beca para los chicos de escasos recursos, que les otorgaba educación, techo y comida. Con el transcurso de los años, este beneficio fue disminuyendo. Tanto por la falta de jóvenes que llegaran a estudiar, como porque la Secretaria de Educación Pública (SEP) y sus políticas educativas gubernamentales, decidieron bajar las cuotas, que permitían mantenerlos. Es así como cada año, alumnos y maestros de las normales rurales, salen de sus aulas, para exigir que se abra la convocatoria para que puedan ingresar nuevos estudiantes, pedir más recursos y material didáctico para seguir dando clases. Historia que no es ajena en lo absoluto, con la historia de injusticias de la educación chilena ¿verdad

Justamente es en esa lucha, en la que podría comenzar la historia de los 43 normalistas. Porque el plan del gobierno de Iguala, era que en vez de enfrentar los problemas económicos, dejar que las escuelas normales murieran de inanición. Es así entonces como el 1º de septiembre del 2014, cuando inician las clases en México, también comenzaba un nuevo proceso de demandas, por parte de los estudiantes y profesores de las escuelas normales rurales y urbanas del país (como Oaxaca).

Una primera hipótesis, sería que los 43 jóvenes, pretendían viajar a Ciudad de México, con la intención de sumarse a la conmemoración del 2 de octubre, la matanza de Tlatelolco y que su lucha, se mezclara con la de los demás jóvenes estudiantes mexicanos. Actualmente hay dudas que los jóvenes decidieran viajaran a la capital y que en realidad los detuvieron en otra parte, los metieron a esos camiones (buses) y los hicieron desaparecer.

Al principio, la responsabilidad estaba en manos del aparato militar del Estado, bajo ordenes del gobernador de Guerrero, después se traspasó la autoría a los narcos. La última interpretación de los hechos, es que efectivamente los militares del Estado de Guerrero, siempre estuvieron atentos a los movimientos de los normalistas, siguiendo sus pasos y sus acciones. O sea, volvemos a la incumbencia como “crimen de Estado”.

El tema es que mientras la verdad no salga a la luz, éste sábado 26 de septiembre, en el aniversario del primer año de la desaparición de los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, sus padres, que al igual que todos los familiares de víctimas de las violaciones a los derechos humanos en Latinoamérica, no descansan en exigir justicia, anunciaron estar preparándose para una nueva jornada de lucha y memoria. Es por eso, que los que llevamos a Ayotzinapa en el corazón, estaremos atentos para sumarnos a las acciones necesarias.

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